¿A quién le importa una india feminista muerta?

Antes, muerta que sometida. Ella es Macia, hermosa y altiva, extranjera enamorada de un huarpe que eligió morir, antes que humillarse. 

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Ulises Naranjo

A ver: si creyera en algo trascendente, claramente, no sería en Dios, por petulante y egocéntrico (por la misma razón, en mí mismo, tampoco); no creería asimismo en un paraíso, esa cínica exageración burguesa, ni en vírgenes que conciben morochitos judíos ni en mares que se abren como piernas y, mucho menos, en abuelos gordos de rojo capitalismo erecto o en la revolución de la alegría o en la preciosidad de las piedras.

Esta necia obstinación por persistir durante un brevísimo, absurdo, lapso de tiempo -digamos, ocho décadas, si hay suerte-, esto que llamamos nuestra vida, encuentra única legitimación en el hecho ineludible de que, a nuestro alrededor, hay otras cosas vivas, plantas y animales -y quizás todo un planeta, Gea- que siguen procesos semejantes a los nuestros: nacer, crecer, hacer dos o tres estupideces y morir.

 

Una forma de la vida es igual a toda forma de la vida, a cualquier vida: un malvón es igual a una ballena; un mosquito es tan maravilloso como un águila y una nena rubia de la Quinta Sección es igual, aunque se lo dude, a una nena morocha de La Favorita (si creyera en Dios, se los juraría).

Por eso, si en algo creyera, bueno, sería en algo que escapara a esas jerarquías con las que hemos sido educados: una lechuga vale menos que un cordero y la lechuga y el cordero valen menos que un empresario de Wall Street y todo un racimo de multimillonarios valen menos -apenas un poco menos- que Dios, que vive en el cielo, echado en el sillón como el Tío Grandpa, aburrido de los serafines que le tocan blues con sus trompetas y asqueado con los discursos de los profetas que dicen representarlo.

No, si creyera, no habría jerarquías, porque todo, también los dioses, paran la pata en determinado momento. Creería, por ejemplo, en el eterno retorno de lo mismo, en la nada como propósito, en la garganta del sinsonte, en la obra que cada quien haga en la Tierra o en la consideración de que seremos eternos en la continuidad de la vida planetaria, hasta que explote -como corresponde- este podrido mundo y todos sus collares y también sus vidas, en las que permanecemos, ya sin recuerdo de haber sido, luego de morir. En esto creería: en la construcción de un paraíso sencillo e igualitario, pero en la Tierra.

 

Qué hermoso día, la puta madre.

Tales pensamientos -vanos, como todos, porque los pensamientos se piensan a sí mismos- me dan vueltas, como remolinos, bajo esta mañana de oro: es otoño y estoy solo, casi perdido, en un camino al que arribé, luego de un deambular fabuloso entre caminos finqueros al oeste del Valle de Uco.

La ruta, descubriré, me llevaría hasta el Manzano Histórico, pero, antes, me detuvo en un paraje con un chañar, un altar modesto y una leyenda: la Leyenda de la India Muerta.

 

¿A quién le importa una india muerta, encima, feminista? Eso es lo primero que te podés preguntar, pero, bueno, esta vez no lo hagas.

Ingreso al predio y me siento frente al altar: una casita enrejada y breve con techo piramidal, junto a un chañar añoso, un cartel con falsas flores de auténtico plástico, una botella y un bidón con agua y, adentro del hogar, un papel escrito por un alguien, ordenando que nunca falte agua en el bidón, para regar el chañar y mantener viva, en especial, esta leyenda sobre una muerta… Vamos a bella y joven Macia y su desgracia, digna de que creamos en ella, pues vive en luchas semejantes de estos tiempos curiosos.

 

Resulta que Macia -valiente y decidida- vino del norte y se casó, enamorada, con un huarpe. Con su hombre, transitó una modesta satisfacción, tras superar el hecho de alejarse de los suyos y asentarse al oeste de sur, en tierras amables, habitadas por tribus serenas.

La recrearemos, por capricho, hermosa y altiva y, por qué no, veremos, empoderada y naturalmente exótica. Quizás, también, feliz o, quizás, triste (en realidad, es lo mismo, en toda tragedia, la felicidad y la tristeza son tesoros que, irremediablemente, habrán de perderse, para dar paso a la memoria o el vacío).

Huarpes.

Una mañana, Macia abandonó la cañada donde vivía junto a un grupo de familias, contra una ladera de un cerro, para ir a juntar leña. De lejos, oyó bramidos desde el cacerío. Al acercarse, vio que estaban siendo atacados. Entre unos matorrales, halló a una sobrina llorando, acurrucada; ella le dijo que se trataba de unos indios del sur, pehuenches o tehuelches, y que estaban matando a los hombres y llevándose a las mujeres.

Marcia decidió inmediatamente su destino: no se entregaría para ser pasto de salvajes, no procrearía bastardos ni cocinaría para asesinos. Antes, muerta que sometida. Eligió la huida, con lo puesto; su sobrina, en cambio, se quedó. Así, Marcia corrió hasta que sangró, hasta que no pudo más y, al amparo de bosquecito de chañares, tal vez por tanto espanto, encontró la muerte.

 

En ese lugar, estoy. Con el tiempo, el paraje trascendió y es conocido como Los chañarcitos de la India Muerta y hasta hay quienes le rezan a esta heroína que antepuso su dignidad y su libertad, a la sumisión. Le atribuyen dones divinos, inlcuso, quién sabe. Y, además, le piden milagros -ingenuos y modestos- a la que, muerta de sed y de pavura, pagó con su latido. Por eso, siempre hay agua: para que beba Macia, la India Muerta, quien -no cabe duda- vive aún en la sabia de los chañares que la velaron y en la memoria genética de estas tierras, aunque ya sin nombre.

Una mariposa llega, en este precioso momento, y se posa sobre un ramo de flores.

 

¿Qué nos impide pensar que Macia vive en su aleteo, al igual que aquel Cristo judío vive, por ejemplo, en una liebre o un cascarudo o que Hitler o Atila viven en un policía que acribilla a un niño de trece años? ¿Qué nos impide pensar que habitamos un todo integral y somos, a la vez, partes constitutivas de ambos lados de toda grieta y también oxígeno, verbo y caída, pues, al fin y al cabo, la vida no posee valoración moral alguna, sino apenas sugerencia de tránsito..?

Un poco más allá de la mariposa, hay unas tunas o nopales, donde algunos imbéciles han tatuado sus nombres en sus pencas carnosas. 

 

Buscaban, los imbéciles, trascender a partir de su ego, pues no lo lograrán. Nadie, dentro de cien años, sabrá que existieron, mientras que Macia seguirá viva en cada mariposa pasmada que quiebre el aire o en ese chañar al que jamás le falta agua, porque jamás falta un penitente que recuerda a la india muerta y se entrega, por un rato, a su legado.

Ulises Naranjo (texto y fotos).

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