Un Código de Faltas para los que sobran

El código es una lista de cosas que responden a la necesidad de tranquilidad de un ciudadano conceptualmente muy determinado: uno que vive satisfecho con el curso de sus cosas. Los demás, cuidado y corrección, porque acecha la flagrancia.

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Un Código de Faltas para los que sobran

Ulises Naranjo

Crecimos donde pudimos crecer, con las cosas que teníamos a mano; crecimos como cazadores y recolectores de todo lo que a otros les sobraba: donde ellos tenían cazuelas de mariscos con Marqués de Murrieta Primer Rosé, nosotros teníamos arroz con menudos y damajuana de diez; donde ellos tenían playas en enero, nosotros teníamos zanjones cuando venía agua; donde tenían clubes, teníamos potreros; donde ellos tenían Honda, nosotros teníamos hondas; donde tenían clases de inglés, teníamos jergas denigrantes para con nosotros mismos; donde tenían comportamientos de protocolo, teníamos malos modales constitutivos; donde tenían pañuelos planchados por domésticas diligentes, nosotros teníamos escupitajos verdes y veloces; donde tenían Mozart y Rush, teníamos Quilla Huasi y Manal; donde tenían direcciones hidráulicas, teníamos, como Aquiles, pies ligeros; donde tenían lemmon pie y tés en hebras, teníamos sopaipillas y braseros en el invierno; dónde olían bonito, olíamos a albañil borracho el viernes por la tarde; donde reían con 32 dientes, reíamos con 8, a veces, con la mano tapando la boca, y a veces, no, según el contexto.

Ellos eran hermosos, píos y probos; nosotros, feos, sucios y malos.

Estas diferencias, lector de diario digital de última generación, te pueden parecer exageradas, pero toda diferencia es, esencialmente, exageración de lo mismo. Y no me pidas que te explique esto, se supone que no deba hacerlo, pues toda explicación es exageración del discurso.

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Vamos con más: te decía que ellos siempre supieron cómo comportarse; nosotros, no. Y esta ignorancia nos llevó a que siempre hiciéramos los peores daños a nuestros iguales. Bueno, y también los mejores. Igualmente, cierto es que nadie esperaba nada en particular de nosotros, porque nadie sabía ni quería saber de nosotros, los que crecimos en los bordes, esos que, cuando íbamos al Centro, nos reflejábamos con inesperada vergüenza en las vidrieras (ahora, el pobre ya no es así, señora, ahora, si es joven, te desafía con los ojos y te ofende con sus estéticas y catálogos y esto no te gusta, lo sé: la altivez y la cultura popular, por eso, suelen ser criminalizables; no así la servidumbre).

Nos fuimos de tema. O no.

Hace muchos años, como ahora, el mundo no estaba hecho para los humildes. Había que aprender a dejar de ser uno mismo, en medio de rigores: ser formal y cortés, cortándonos el pelo una vez por mes; había que mostrarse señorita sumisa y eficiente, obrero veloz, mañanero y decente, cocinera y limpia pisos y hasta dadora al señor de orgasmos rapiditos, luego, culpables; había que ser jornaleros manualmente eficaces, callados siempre, muy callados, lomos dispuestos, pardos y pardas, pero peinados, vivaces y hasta pintorescos, pero sin salir, jamás de los jamases, del corral.

A ver, detengámonos en la parábola o en las metáforas, como quieras, del corral. El corral es el orden establecido por los que establecen el orden; el corral es siempre una posible interpretación del mundo; el corral es el discurso -los verbos, ese látigo- del dueño del ganado; el corral es la ley; el corral es un modo elegante de exclusión y la consagración de la imposición de unos sobre otros; sin corral y sin el descarte en él, no hay institucionalidad.

Nuestros padres -no los tuyos, esmerado lector promedio, los nuestros, los padres de los bordes- jamás salieron de ese corral, pero dejaron sus mejores esfuerzos en ser buenos borregos, terneros y lechoncitos, para así ser recompensados con un salario y que sus hijos se probaran en eso del “estudio”. Y algunos de nosotros, los menos, logramos saltar la tranquera y, osados y bulliciosos, como gorriones, fuimos a olisquear el mundo de los opulentos. Y nos gustó ese mundo. Y nos fuimos del barrio en cuanto pudimos. Y, entonces, visitamos casas de dos pisos y comimos lemmon pie y escuchamos a Mozart y fuimos a comer afuera y nos pusimos la servilleta en el regazo y vimos cine-arte y hasta viajamos y, una mañana, torcimos el cuello para mirar cómo el cielo era penetrado por esa torre metálica y nos sacamos fotos y las subimos a Facebook, para que todos se enteraran de que habíamos conocido París. Y, después, además, fuimos padres y educamos a nuestros hijos en cuartos con bibliotecas y barbies y les compramos hamburguesas y los mandamos a inglés y a tela y a guitarra y ahí están: domesticados en corrales distintos a los nuestros, pero corrales, al fin.

La eficacia de los corrales se mantiene en pie: lo que antes se lograba con la sumisión de los modestos, ahora se logra con cercos eléctricos, guardias depresivos y códigos de faltas. Son medidas adecuadas al paso del tiempo; y es que, siempre, siempre, hubo que tomar recaudos para aquellos que buscan asomar el hocico al mundo de los acodados sin ser, por las dudas, castigados. Crecer socialmente es, en su génesis, un acto de obediencia: el primer acto de comunicación eficaz de una persona sencilla con una favorecida, es la obediencia. Respeto le llamamos a eso y a la suma de respetos la llamamos convivencia, pero cada uno en su corral, está claro.

Este nuevo Código de Faltas no trae nada nuevo: es, de hecho, hasta una redundancia respecto de letras preestablecidas: es un código de faltas que no hace falta. Es, además, una lista de cosas que responden a la necesidad de tranquilidad de un ciudadano conceptualmente muy determinado: uno que vive satisfecho con el curso de sus cosas.

Así, la manifestación de insatisfacción o de necesidad, en varios de sus casos, es considerada una falta. Es como exigir que todos tus gritos cuando garchás sean mudos, para no molestar a los vecinos, que no garchan; es como manifestar el descontento con actitud contenta; es como responder a lo que considerás injusticia y cabronada, como lo haría un cínico lord inglés y ni siquiera.

Acá, a esta altura, debo hacerles una confesión.

Yo mismito, este que escribe, y que viene del zanjón, el brasero, el potrero, el escupitajo y las puteadas y piñaderas, ya no soy el que era. El tiempo ha pasado y -gracias a la educación pública, inicialmente y al empleo privado y público, después- dejé de ser una persona pobre. Ahora, si bien me cuesta llegar a fin de mes y acumulo deudas gordas, trabajo en un escritorio, con aire acondicionado, y tengo un estupendo auto y un perro concheto e implantes dentales y disfruto de Monteverdi, cuando lo canta mi mujer, que es rubia auténtica, por supuesto, y voy a un club con mi hijo y vacaciono en Chile y mal que mal sé cuando un vino es de puta madre y cuándo, no y compro helado de a un kilo en Grido y voy a cines de shoppings y todo lo que tengo lo gané con mi esfuerzo y aquellos levantan el parquet para hacerse un asado y mirá las villas con antenas de Direct TV y son muy ratas, pero todos tienen celulares.

Ahora, tengo varios amigos que conocen Praga y la Sixtina y Disneylandia y enemigos que no leyeron a Foucault ni van a leerlo y que leyeron el Martín Fierro y oyeron a La Negra, pero ya no se acuerdan. Como verán, he cambiado y me falta poco para ser de los que nominan a Abel Albino para Nobel de la Paz y votan a Mau, pero, bueno, uno tiene sus límites. Por ahora.

En este instante zen, por ejemplo, escribo, mientras bebo un sorbo de té Amazonia Mango. Escribo, sincero, que este código de faltas me viene de maravillas para esto que soy: no hay nada en él que un tipo como yo vaya a faltar. Nada de lo que ahí se prohíbe se me cruza por la cabeza cometer. Y si así lo hiciere, bueno, hallaré la forma de que no se enteren o de que no se me inculpe, llegado el caso: es lo que hacemos los que podemos. El castigo legal, la condena, es bozal y picana para chocos cimarrones y, si no, vean que en las cárceles el 99% de los enrejados son pobres y dejaron la escuela (pública, por supuesto). Otra vez me voy de tema, pierdo mi equilibrio, me voy de mambo, me pongo zambo y grasa como Rambo y quiebro mi armonía universal con este todo divino que integro y me contiene.

Esta es mi síntesis: antes, hace mucho, yo era un delincuente; ahora, soy un ciudadano ejemplar.

Ahora, me voy a descansar, a disfrutar del silencio de mi invariabilidad interior. Paz y amor para todos. Empatía, excelencia, fe en un futuro mejor, caridad siempre, ah, y como dijo Osho: “Nunca sacrifiques tu vida por cualquier cosa. Sacrifica todo por la vida. La vida es el objetivo final”. La puta que vale la pena estar vivo.

Besis, dulces sueños, reina, armonizate, rey, comulgá, hacé deportes y donaciones, leé a Pilar Sordo, a Vargas Llosa y a Durán Barba, dolarizate, hacé la postura chakrasana, planificá tus vacaciones, llená el freezer y escuchá a tu corazón. ¡La primavera ya explota en todos los rincones! ¡Vamos! ¡Hay que abrazar un árbol! Y la familia es lo primero.

Ulises Naranjo.

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