Buenas prácticas docentes: qué hacen los profesores para mejorar el aprendizaje
Detrás de una buena clase hay mucho más que vocación: hay método, evidencia y una decisión de mejorar constantemente lo que ya se hace bien.
No es un diploma que se obtiene una vez y para siempre, sino un ejercicio de revisión permanente.
Archivo MDZCuando se habla de "buenas prácticas" en cualquier campo profesional —la salud, la gestión pública, la empresa— se hace referencia a un concepto que nació en el ámbito del management (las good o best practices del mundo anglosajón) y que con los años se trasladó a la educación, la inclusión social, el desarrollo comunitario y decenas de disciplinas más. En los docentes, esa idea adquiere un significado muy concreto: se trata de un conjunto de acciones, estrategias pedagógicas y metodologías que los profesores implementan de forma decidida y sostenida, y que producen una mejora demostrable en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
No es un detalle menor esa palabra, "demostrable". La literatura especializada coincide en que una buena práctica no es simplemente algo que "parece funcionar" o que un docente cree que da resultado. Es una intervención que puede evidenciarse, documentarse y, sobre todo, replicarse. Como señala la investigadora Liliana Pantano en un trabajo publicado en la Revista Inclusiones, una buena práctica es ante todo "acción o conjunto de acciones" que responde a una necesidad, cuenta con un cuerpo que la ejecuta, tiene respaldo institucional, satisface a quien la recibe, es sostenible y flexible, y —el punto que más le interesa a cualquier escuela que quiera crecer— es replicable.
De la intención al hecho
Uno de los riesgos que más se repite en los discursos educativos es quedarse en la buena intención. Se declaran principios, se escriben proyectos institucionales, se dictan capacitaciones… y después, en el aula, la práctica cotidiana no cambia. Por eso los especialistas insisten en que una buena práctica docente exige "llevar a la práctica, implementar" aquello que se predica, y no limitarse a enunciarlo. La diferencia entre un discurso pedagógico actualizado y una buena práctica real está, precisamente, en el pasaje del dicho al hecho: en la acción concreta, sostenida en el tiempo, evaluada y corregida cuando hace falta.
Esto no significa que buenas prácticas sea sinónimo de "recetas". Todo lo contrario: quienes estudian el tema advierten que no existe un único modo correcto de enseñar, y que cada docente, cada grupo y cada institución construyen sus propias formas de hacer las cosas bien, que además van cambiando con el tiempo. Lo que sí parece haber es consenso sobre ciertas características que comparten las prácticas exitosas, más allá de la disciplina o el nivel educativo en que se apliquen.
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Los rasgos que las distinguen
Entre esos rasgos suelen mencionarse el impacto comprobable en el aprendizaje de los estudiantes; el trabajo conjunto entre distintos actores —docentes, equipos directivos, familias— más que el esfuerzo aislado de un profesor; la posibilidad de sostenerse en el tiempo sin depender de un golpe de entusiasmo puntual; y la capacidad de adaptarse al contexto sin perder su esencia. También se valora mucho el intercambio entre pares: compartir lo que funciona, discutirlo, ajustarlo con otros colegas, en lugar de guardarlo como una fórmula personal. La idea de fondo es que la buena práctica no vive en la cabeza de un docente aislado, sino en la cultura de una institución que decide, colectivamente, hacer las cosas de una manera mejor.
Otro concepto que aparece con fuerza en esta discusión es el de "transformabilidad", que según explica el investigador Gerardo Echeita Sarrionandia —citando a Hart, Dixon, Orummond y Mc Intyre— remite a "la firme convicción de que la capacidad de aprender de todos los estudiantes puede cambiar y ser cambiada a mejor como resultado de lo que el profesorado puede hacer en el presente". Dicho de otro modo: una buena práctica docente parte de la certeza de que ningún resultado escolar está escrito de antemano y de que el margen de acción del profesor, día a día, es real.
Un proceso, no un estado
Especialistas como Tony Booth y Mel Ainscow describen la buena práctica como "un proceso ciertamente complejo, difícil y lleno de dilemas éticos", "como un viaje que nunca acaba". Esa misma lógica puede extenderse a cualquier buena práctica docente: no es un diploma que se obtiene una vez y para siempre, sino un ejercicio de revisión permanente, que se corrige, se actualiza y se pone a prueba constantemente frente a la realidad cambiante de cada grupo de alumnos.
Al final, la pregunta "¿qué son las buenas prácticas en la docencia?" tiene una respuesta que combina algo de técnica y algo de convicción. Son, en términos simples, todo aquello que un docente hace —de manera intencional, fundamentada y sostenida— para que sus estudiantes aprendan mejor, y que además puede mostrarse, compartirse y repetirse. No dependen de la genialidad individual de un profesor carismático, sino de decisiones metodológicas conscientes, del trabajo con otros y de una cultura institucional que las sostenga en el tiempo. Como resume buena parte de la bibliografía sobre el tema: se trata, sobre todo, de conocer para hacer, y de hacer bien.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.