Amenazas de tiroteos: ¿cómo llegamos hasta acá?
Las amenazas de tiroteos en las escuelas activan el miedo y los protocolos. Pero, es hora de hacernos las preguntas incómodas que venimos evitando.
Amenazas de tiroteos en las escuelas, ¿cómo llegamos hasta acá?
ShutterstockHay un tema de Babasónicos que dice: "¿Cómo llegamos hasta acá, donde mi peor yo nos abraza y no sé si abrir la boca sin ningún control?". La canción se llama La lanza. Y en medio de las amenazas de tiroteos en las escuelas, quizá sea conveniente seguir pensando en la letra de la mítica banda argentina: "Antes que te duermas quiero dejar en claro, que peleás con un espejo de pared".
Porque es hora de mirarnos como personas adultas, como corresponsables de la crianza de nuestros jóvenes, junto con el Estado. Porque cada vez que aparece una amenaza de tiroteo en una escuela, lo primero que surge es el miedo y se activan protocolos de manera automática. Todos son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario.
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Después, casi automáticamente, la necesidad de encontrar culpables. Pero hay una pregunta más incómoda, más profunda, que evitamos: ¿qué lugar ocupamos los adultos en la vida de esos jóvenes que hoy amenazan, gritan o piden ayuda de la peor manera?
Porque incluso si las amenazas no son ciertas, dicen algo. Y si lo son, dicen todavía más. En ambos casos hay un mensaje que no estamos sabiendo escuchar. Porque no hablamos, porque creemos que ellos tampoco hablan. Porque si las amenazas son ciertas, llegamos tarde. Y si no lo son, también.
Si son ciertas, significa que alguien cruzó un umbral profundo de desesperación, enojo o desconexión sin que nadie lo registrara a tiempo. Nadie escuchó. Nadie vio. O peor: alguien vio y no supo qué hacer. Si no lo son, si son “solo” palabras, bromas pesadas o gritos desesperados de atención, entonces también fallamos: porque un chico o una chica sintió que la única forma de ser escuchado era generando miedo.
La generación de las amenazas que no oímos
Nos gusta pensar, porque es cómodo, nos deja tranquilos, que esta generación está perdida, que es más violenta, o más indiferente porque se pasa -al igual que la mayoría de nosotros- con el celular en la mano todo el día. Que esa es la exclusiva razón por la cual no nos prestan atención, que no entendemos el idioma, que mejor miremos hacia otro lugar que sea más lindo y nos interpele menos.
Pero nosotros también fuimos jóvenes atravesados por dolores intensos, profundos, aunque no existieran las redes sociales. La generación de mis padres y abuelos, también. Mi adolescencia transcurrió desde la mitad de los 90. Varias de mis compañeras y las de mi hermana estaban internadas por trastornos alimentarios, luchando contra la bulimia y la anorexia. Unas palabras que recién estrenábamos pero que nuestras madres habían conocido sin nombrar.
Yo contaba calorías. Y también me deprimí cuando murió un amigo en un accidente de moto, con sólo 14 años. También hubo silencios, angustias, formas de estar mal que no siempre encontraron palabras y aunque la mayoría de las veces tuve adultos disponibles, quizás no tenían al alcance las herramientas para pensar lo que estaba transcurriendo, de la manera que las tenemos ahora.
La diferencia es que hoy todo parece más expuesto, más amplificado, más urgente. Y, sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿en qué momento dejamos de escuchar? ¿Cuándo decidimos que lo que les pasa a nuestros adolescentes es “una exageración”?
El rol del Estado y las amenazas
Quienes venimos del ámbito de las Ciencias Sociales y las Ciencias Políticas solemos repetir como un mantra que el Estado es responsable. Para muchas personas es una expresión absoluta, para otras es el más responsable de todos, en definitiva. La ley de niñez y adolescencia habla de corresponsabilidad, es decir que las familias y otras instituciones comparten la responsabilidad y como se legisla de manera general, no se distingue la situación de cada familia. Dicen que queda a merced de la Justicia esa parte, pero esperemos que las familias con pocos recursos, tengan suerte con el magistrado que les toque.
Nadie puede negar que en general, en lo que le toca al Estado, el abordaje de las políticas públicas para los adolescentes son sin los chicos y las chicas. Las arman personas que estudiaron o conocen de estos asuntos pero los gobiernos poco se acercan a prestar el oído a los jóvenes. Entonces, suele ocurrir que hay fenómenos que no se ven venir porque transcurren en realidades a las que un funcionario de cualquier poder no accede.
La falta de respuesta o la respuesta tardía de los sistemas de salud para adolescentes arrastran angustia, soledad o violencia. Ahí el Estado falla pero también cuando se desarman políticas públicas que funcionaban como redes de contención. Y falla también cuando la única respuesta es punitiva, como si el problema fuera únicamente el acto extremo y no el proceso que lo construyó.
Pero también hay desconexión. Un Estado que habla en un lenguaje que la mayoría de los jóvenes no comprende. No hablo de este gobierno o de otro. Y no es porque también quiera mirar en este punto para otro lado. Sino porque es una concepción que cuesta tiempo y voluntad política modificar. De hecho, un sector de la dirigencia no está de acuerdo con este planteo. O los jóvenes tienen lugares en la Legislatura y en los Concejos Deliberantes pero la agenda no es la de la juventud. Entonces no basta con ser joven sino se trasladan las necesidades del grupo que supuestamente se representa.
Cuando aparecen estas amenazas, lo que se revela no es solo el temor a un hecho puntual. Es algo más profundo: una trama social resquebrajada. Que viene un viento, y como dice la escritora Selva Almada, la arrasa. Tal vez la pregunta no sea solo qué les pasa a los adolescentes. Tal vez la pregunta sea, de una vez, qué nos pasó a nosotros. ¿Cómo llegamos hasta acá?