Alianza educativa frente a los algoritmos: el nuevo paradigma formativo en la encíclica del Papa León XIV
En su primera encíclica, León XIV pidió regular la IA y advirtió sobre sus efectos en el aprendizaje y la salud mental.
En su primera carta encíclica, Magnifica Humanitas, el Papa León XIV ha lanzado una profunda y urgente advertencia sobre el impacto de la Inteligencia Artificial.
Archivo MDZEn su primera carta encíclica, Magnifica Humanitas, el Papa León XIV ha lanzado una profunda y urgente advertencia sobre el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en las estructuras fundamentales de la sociedad. Sin embargo, uno de los núcleos más novedosos y estratégicos del documento es el diagnóstico que realiza sobre el ámbito formativo.
El Pontífice plantea que «las rápidas transformaciones tecnológicas ponen de manifiesto lo poco preparados que estamos en el ámbito de la educación ». Frente a este escenario de cambio vertiginoso, la Iglesia no propone una resistencia tecnófoba, sino una reconversión antropológica y una alianza comunitaria para rescatar la esencia de la enseñanza. El Santo Padre examina con lucidez cómo las herramientas basadas en IA y la omnipresencia de los entornos virtuales moldean la conducta de las generaciones más jóvenes. La encíclica denuncia que «la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad». El riesgo pedagógico más severo de la era del silicio es que, frente a la inmediatez técnica, se olvide que «los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente».
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La Encíclica lanza una advertencia sobre el uso de la IA
El peligro de que se apague la curiosidad intelectual es abordado por León XIV mediante una remisión a la filosofía clásica, advirtiendo que la facilidad instrumental puede erosionar la capacidad de razonar por uno mismo. El Papa señala que «la rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo». Evocando el pensamiento antiguo, recuerda que «como escribe Platón, las cosas más profundas e importantes sólo se aprenden tras mucho tiempo y mucho esfuerzo, comprometiéndose en la discusión con los demás para “frotar” los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal, hasta que en nosotros salte la chispa de la comprensión». Por ello, concluye con un fuerte llamado a la resistencia intelectual: «Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita».
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Las cosas se aprenden tras mucho tiempo y esfuerzo
Asimismo, el documento aporta una mirada sumamente crítica y alarmada respecto a las consecuencias clínicas y sociales del desarraigo digital temprano. El Pontífice destaca que «la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas». A este cuadro clínico se añade la desprotección ante contenidos nocivos y delitos informáticos, lamentando que en la red no sean raros «los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos».
Reconociendo que «a los padres de familia les resulta difícil resistir por sí solos al condicionamiento de modelos de negocio que monetizan la atención y el tiempo», León XIV exige un compromiso político e institucional que no deje desamparados a los hogares. El Papa reclama de forma directa que «es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores». En este sentido, la encíclica bendice e impulsa las «intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación y prevean protecciones específicas», asegurando que la infancia sea custodiada como un bien precioso.
El documento pide regular la inteligencia artificial
La respuesta de la Iglesia ante estos desafíos se sintetiza en un replanteamiento de los objetivos pedagógicos y en la exigencia de compromisos urgentes para los Estados y las escuelas. El texto identifica tres grandes retos impostergables: uno sociopolítico, que exige dotar de recursos a la educación pública y sostener la labor inclusiva de las escuelas católicas ante las desigualdades económicas; uno pedagógico, que obliga a reconfigurar espacios y métodos de evaluación para que los planes de estudio no queden «rápidamente obsoletos»; y uno intelectual y sapiencial, destinado a combatir la deshumanización de un sistema donde «el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación». Para preservar la libertad interior, el Papa prescribe «promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado».
Como coronación de esta propuesta pedagógica para el siglo XXI, el documento formula su tesis central uniendo el tejido social en torno a un propósito común e institucional: «La Doctrina social de la Iglesia invita a las familias, las escuelas, las comunidades cristianas y las instituciones públicas a una alianza educativa renovada. Esta se hace realidad cuando los principios fundamentales se traducen en objetivos educativos: educar en la sobriedad y en el sentido de los límites; educar en el reconocimiento del derecho del otro y de quienes vendrán después de nosotros a disfrutar de los bienes que nos han sido dados, o que el ingenio humano pone a nuestra disposición; educar en la libertad y en la responsabilidad; educar en el sentido de la trascendencia y del bien común. La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables».
Proteger a la infancia en entornos digitales
La perspectiva de la Iglesia no es para nada tecnofóbica sino que invita a un verdadero discernimiento en el uso de la AI, siguiendo la máxima paulina “examínenlo todo y quédense con la bueno” (1 Tes 5,21). El Papa invita a desarmar la AI, que significa, en sus palabras «un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora».
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.



