ver más

Adrián Furman, sobreviviente de la AMIA: "Todos los días me acuerdo de mi hermano y de mis amigos"

A 32 años del atentado a la AMIA, Adrián Furman reconstruye en Entrevistas MDZ, aquella mañana, la pérdida de Fabián y su camino para mantener viva la memoria.


El lunes 18 de julio de 1994 comenzó como cualquier otro día laboral para Adrián Furman. Había visto la final del Mundial de Estados Unidos 94 junto a su hermano Fabián, con quien además de compartir la familia compartía el trabajo en la sede de la AMIA. A las 9.53, una explosión destruyó el edificio ubicado en Pasteur 633 y cambió para siempre su vida y la de cientos de familias argentinas.

Adrián estaba en el segundo piso cuando ocurrió el atentado. Sobrevivió al derrumbe, salió entre escombros y humo, pero desde ese instante comenzó otra búsqueda: encontrar a su hermano mayor. Siete días después recibió la noticia que esperaba y temía al mismo tiempo. Durante años eligió guardar silencio, hasta que entendió que contar su historia también era una forma de recordar y sanar, asi lo cuenta en Entrevistas MDZ

-Pasaron 32 años del atentado. ¿Qué recuerdos aparecen todavía hoy de aquel día?

-A pesar de que ya pasaron 32 años, desde el día uno hasta hoy, todos los días, en algún momento del día o más de una vez por día, me acuerdo de lo que pasé, de lo que viví, de mi hermano, de mis amigos. Yo tenía muchos amigos en la AMIA que fallecieron. Mi hermano, que ya era mi amigo, porque además de ser hermanos compartíamos muchas cosas. Teníamos un grupo de gente en común con el que compartíamos el trabajo, la familia, salidas, reuniones, un montón de cosas. Por eso no es solamente el recuerdo de una persona que perdió la vida, sino también de una parte de mi vida que quedó marcada para siempre. Hay momentos en los que uno sigue adelante, hace su vida, pero esos recuerdos aparecen permanentemente. La AMIA era un lugar donde yo trabajaba, pero también era un lugar donde tenía afectos. Era mi hermano, eran mis compañeros, eran mis amigos. Todo eso quedó asociado a esa mañana.

-¿Cómo fue esa mañana del 18 de julio de 1994? ¿Qué fue lo último que compartiste con Fabián?

-Esa mañana era como cualquier otra. Era el lunes posterior a la final del Mundial 94. Había visto el partido con mi hermano, que había estado en mi casa. Después él se fue normalmente a su casa y al otro día nos íbamos a encontrar en la AMIA. Él entraba a las 7 de la mañana porque trabajaba en sepelios. Yo entraba a las 8, en la oficina de personal. Mi costumbre era que todos los días, cuando llegaba, cerca de las 9 subía a saludarlo a él y a sus compañeros. Subía, tomábamos un café, charlábamos un rato. Hablábamos del Mundial, de la familia, de nuestras cosas, de cualquier tema. Era una rutina que teníamos incorporada. Ese día hice exactamente lo mismo. Subí, estuvimos juntos, charlamos y después bajé a mi oficina. Me despedí de él y seguí con mi día. Lo que uno nunca imagina es que algo tan cotidiano, algo tan simple como tomar un café y despedirse de un hermano, puede convertirse en el último recuerdo. Yo no tenía ni la más remota idea de que iba a ser la última vez que lo iba a saludar, que lo iba a ver.

No entendía nada de lo que estaba pasando

-¿Qué pasó cuando ocurrió la explosión?

-Bajé por la escalera a mi oficina. Yo estaba en el segundo piso y mi hermano estaba en el cuarto piso, al frente del edificio. Me senté en mi escritorio para empezar a trabajar y a las 9.53 hubo una explosión. Fue un ruido muy fuerte. El piso tembló. De repente el ambiente se llenó de humo blanco muy denso, con un olor a amoníaco muy fuerte. Empezaban a volar pedazos de vidrio, caían pedazos de techo y no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. En mi cabeza no asociaba eso con una bomba. Pensé que podía ser un equipo de aire acondicionado o algo relacionado con la obra que se estaba haciendo en el edificio. La AMIA había estado en obra, había una reforma grande, entonces lo primero que pensé fue que algo de eso había fallado. Por instinto me tiré abajo del escritorio porque volaban vidrios y no se podía respirar. No se podía ver nada. Era humo, ruido, gente que no entendía qué estaba pasando. En esos primeros momentos no tuve conciencia de la magnitud. Lo único que intentaba era protegerme y poder salir de ahí.

-¿Cómo lograron salir del edificio?

-No sé cuánto tiempo pasó. Puede haber sido un minuto, dos minutos, no tengo noción del tiempo. Cuando el humo empezó a disiparse un poco y ya no volaban tantos pedazos del techo, tratamos de organizarnos con la gente que estaba en el piso. Éramos aproximadamente 25 personas en ese sector, pero en ese momento yo no veía a nadie. Lo único que veía era humo blanco y trataba de respirar. Fuimos hacia la salida habitual, pero no se podía avanzar porque estaba tapada de escombros. Además, no se veía nada. Entonces fuimos hacia la parte de atrás, donde había un patio, un aire y luz, y salimos por ahí. Me acuerdo mucho de una mujer con un bebé que había venido a hacer un trámite. Entre todos ayudamos a sacar al bebé. Tuvimos que trepar la medianera para salir hacia los techos de los edificios vecinos. Y ahí fue cuando, estando arriba del primer techo, me di vuelta y miré hacia la calle Pasteur. Lo que vi fue una escena de guerra. Era como una película. Donde yo sabía que estaba el edificio ya no estaba. Ahí recién entendí que no había sido un accidente. Me di cuenta de que había sido una bomba. Y en ese instante todo dejó de importar. Lo único que me importaba era Fabián.

En el instante de la explosión nunca imagine un atentado

Pensaba en mi hermano, no en mí

-Después de darte cuenta de lo que había ocurrido, ¿cómo fueron esas primeras horas buscando a Fabián?

-En ese momento, cuando estoy arriba de ese techo y veo que el lugar donde tenía que estar mi hermano ya no existía, que había un hueco, que no estaba más el edificio como yo lo conocía, lo único que pensaba era en él. No estaba pensando en mí. No me importaba lo que me había pasado a mí, que había salido de ahí, que estaba vivo. Lo único que me importaba era Fabián. Quería saber dónde estaba, qué le había pasado, si había podido salir. Me empujaron para que siguiera, porque yo estaba shockeado, sin saber qué hacer. Bajamos trepando por los techos hacia la calle Uriburu, donde había un edificio que pertenecía a la AMIA. Cuando llegamos ahí habían hecho un hueco en la pared que daba a la calle para poder salir. Cuando finalmente llegué a la calle había un mar de gente yendo y viniendo. Yo estaba completamente cubierto de polvo blanco. Me cruzaba con personas conocidas que me abrazaban, que me preguntaban cómo estaba, pero yo no podía contestar. No entendía lo que me decían. Yo caminaba sin saber bien hacia dónde iba. Estaba en estado de shock. Terminé llegando al negocio de mi tío, que estaba a una cuadra de la AMIA, y ahí pude encontrarme con mi familia. Mis padres habían escuchado por la radio que había explotado una bomba en la AMIA y habían ido para el barrio de Once. No podían llegar porque estaba todo cortado, entonces caminaron hasta el negocio de mi tío y ahí se encontraron conmigo. Después llegó mi hermano Ariel. Éramos tres hermanos varones: Fabián era el mayor y yo era el más chico. En ese momento estábamos juntos, pero yo no podía estar tranquilo. Mi cabeza estaba todo el tiempo con Fabián.

-Incluso intentaste volver al edificio para buscarlo. ¿Qué recordás de ese momento?

-Yo no podía quedarme quieto. Estaba con mi familia, pero no podía estar ahí sentado esperando. Mi cabeza no reaccionaba, no podía pensar que podía haberle pasado lo peor. Entonces salí. Quise volver por el mismo camino que había hecho para salir. Me metí nuevamente al edificio, aunque no me dejaban entrar. De alguna manera logré pasar y subir hasta el segundo piso, hasta el lugar donde yo había salido. Ahí ya había bomberos, policías y mucha gente trabajando. Pero no había noticias. No se podía hacer nada. Era una sensación de impotencia enorme, porque uno quería encontrar una respuesta y no la tenía. Después bajé nuevamente y volví con mi familia. Escuchamos que en el Hospital de Clínicas iban a dar una conferencia de prensa para informar sobre heridos y fallecidos, entonces fuimos hasta ahí. Caminamos por Pasteur, entramos al hospital, buscamos información, pero mi hermano no figuraba en ninguna lista. No estaba entre los muertos, tampoco entre los heridos. No aparecía en ningún lado. En esa época no había teléfonos celulares. No había manera de comunicarse rápidamente. Había que esperar, buscar información, preguntar. El tiempo pasaba y la incertidumbre era cada vez más grande.

-¿Cómo fue esa semana hasta que encontraron a Fabián?

-Fue una semana tremenda. Yo estuve prácticamente recluido en mi casa. No tenía fuerzas para salir. Estaba acompañado por mi familia, por vecinos, por amigos. Venía mucha gente a acompañarnos. Nos aferramos a la televisión, a la radio, a cada noticia. Cada vez que sonaba el teléfono era una mezcla de miedo y esperanza. Uno quería atender porque podía ser la información que estaba esperando, pero al mismo tiempo tenía miedo de escuchar algo que confirmara lo peor. Esa semana vivimos pendientes de cualquier dato. Hubo versiones, llamados, información que aparecía y después no se confirmaba. En un momento alguien dijo que lo habían visto caminando por Córdoba y Callao, pero nunca pasó. Yo quería volver, seguir buscando. No podía aceptar quedarme esperando. Hasta que llegó la madrugada del lunes siguiente. Estábamos todos en casa y sonó el teléfono. Eran cerca de las 5 o 6 de la mañana. Ahí nos avisaron que habían encontrado el cuerpo de mi hermano junto con el de Norberto, que era su compañero de trabajo. Ahí terminó una espera que había sido insoportable. Uno todavía tenía una pequeña esperanza, aunque cada día era más difícil. Cuando llegó la noticia fue un golpe enorme, pero también fue el final de una incertidumbre que nos estaba destruyendo.

No tenía sentido mi vida, no quería hacer más nada

-¿Cómo fue atravesar ese momento de duelo y sostener a tu familia?

-Mi mamá fue la que más mostró el dolor, la tristeza. Era algo que se veía. Mi papá, en cambio, trataba de ocultarlo, de mostrarse más fuerte para poder ayudarla a ella. Nosotros, tanto mi hermano Ariel como yo, tratábamos de hacer lo posible para mantener todo en pie. Pero era muy difícil. Cada uno estaba atravesando su propio dolor. Después de esa semana de espera, cuando recibimos la noticia, fue como confirmar algo que en el fondo sabíamos, pero que todavía no queríamos aceptar. Yo sentía que no tenía sentido mi vida. Sentía que no quería hacer más nada, que no iba a poder seguir. Era una sensación muy fuerte de vacío. Pero la vida tiene esas vueltas. Uno busca fuerzas de donde no existen para poder seguir. En mi caso, mi pareja en ese momento, mi familia y mis amigos fueron fundamentales. Me ayudaron a salir de ese lugar, a pensar un poco más frío y a empezar a imaginar que podía existir un futuro. No significa olvidar. Eso no pasa nunca. Significa aprender a convivir con algo que forma parte de vos para siempre.

Mi forma de ayudar era reconstruir la AMIA

-¿Cómo fue volver a la AMIA después del atentado?

-Después de unos diez días me llamaron de la AMIA. Me contaron que la institución se había mudado a Ayacucho al 600, a un edificio que también pertenecía a la AMIA, y que ahí iban a empezar la reconstrucción. Me preguntaron si quería ser parte de eso. En principio no sabía qué contestar. Era muy reciente, estaba todo muy presente. Después lo pensé y entendí que mi forma de poder ayudar era seguir adelante, aportar algo para reconstruir la AMIA. Volví a trabajar aproximadamente 20 días después. Mi trabajo era liquidación de sueldos y se había perdido absolutamente todo. Pero apareció un disquete del sistema Tango que utilizábamos y con eso pude reconstruir el sistema de sueldos. Cada área tuvo que empezar de cero. Gente de contaduría, tesorería, socios, sepelios, todas las áreas estaban reconstruyendo la institución. Al principio yo iba dos o tres horas por día. Después, de a poco, se fue normalizando. Estuve en la AMIA hasta fines de 1996. Cuando me enteré de que iban a reconstruir el edificio de Pasteur sentí que no iba a poder volver. Era el lugar donde había muerto mi hermano. Sentía que no podía todos los días trabajar en ese lugar físico. Por eso decidí irme, aunque siempre mantuve el vínculo y el sentimiento con la institución.

32 años después, a la justicia ya no la espero

Contar mi historia es una forma de sanar

-Durante muchos años elegiste no hablar públicamente. ¿Qué cambió para que empezaras a contar tu experiencia?

-Durante 20 años no hablé. No participaba en ningún lado. Si alguien me preguntaba, contaba algo, pero no salía de mí contar mi experiencia. Era algo muy personal. Había mucha tristeza, mucho dolor y también mucha timidez. No sabía si tenía que hablar, si correspondía, si mi historia podía servir para algo. Pero después de un tiempo sentí una necesidad. Mis padres desde el primer momento empezaron a reclamar justicia, participaron en agrupaciones de familiares y siempre mantuvieron esa lucha. Cuando veía que la justicia no llegaba y que había que seguir reclamando, entendí que yo también podía aportar desde mi lugar. Fue como decir: tengo que dejar de lado mis miedos, mi timidez, y empezar a contar lo que viví. No solamente por mi hermano, sino también por todos los que fueron asesinados ese día. Hoy creo que mantener viva la memoria es fundamental. Después de 32 años, poder contar mi experiencia es una forma de que quienes no estuvieron o quienes no habían nacido sepan qué pasó. Hace unos años también participé de una obra de teatro organizada por AMIA donde cuatro familiares contamos nuestras historias. Cuando me llamaron pensé: “Yo hacer eso ni loco”. Pero después entendí que era una forma de sanar. A mí me hace bien contar. Me hace bien estar ahí, compartir con otros familiares y transmitir esa historia. La memoria no es solamente recordar el pasado. También es una manera de construir hacia adelante y evitar que algo así vuelva a ocurrir.