Marina Degtiar: "El dolor llega, se instala y no se va, pero hoy estamos parados en la pata del amor"
A 32 años del atentado a la AMIA, recuerda a su hermano Cristian y cuenta cómo transformó el duelo en una forma de acompañar a otros.
Marina Degtiar, hermana de Cristian, que perdió la vida en el atentado a la AMIA.
Tatiana Colangelo / MDZEl 18 de julio de 1994 cambió para siempre la vida de Marina Degtiar. Su hermano menor, Cristian, de apenas 21 años, murió en el atentado contra la AMIA luego de haber cambiado su rutina para ir a trabajar por la mañana. Durante dos días, la familia mantuvo la esperanza de encontrarlo con vida hasta que llegó la confirmación más dolorosa.
Tres décadas después, Marina sigue hablando de Cristian en tiempo presente. Lo hace desde un lugar distinto al de aquellos primeros años: convirtió el dolor en aprendizaje, acompaña a personas que atraviesan procesos de duelo y sostiene que la memoria también se construye desde el amor. En Entrevistas MDZ repasó aquella mañana, el vacío que dejó la tragedia y la manera en que su familia logró mantener vivo el recuerdo de su hermano para las nuevas generaciones.
Entrevista completa a Marina Degtiar
-Pasaron 32 años del atentado. ¿Cómo conviven hoy esos recuerdos con tu vida cotidiana?
-Llegan estas fechas y siento que, por suerte, no me acostumbro. Perder a Cristian duele todos los días. El paso del tiempo no borra la ausencia ni hace que uno naturalice lo que pasó. Hay personas que piensan que con los años el dolor desaparece. Yo no lo vivo así. Lo que cambia es la manera en que uno aprende a convivir con él. Cristian sigue estando muy presente en mi vida, en mi familia y en mis pensamientos. No es solamente recordar el atentado. Es recordar quién era él, cómo era nuestra relación, lo que significaba para todos nosotros y todo lo que quedó truncado aquella mañana.
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-¿Cómo fue ese 18 de julio y cuándo te enteraste que Cristian estaba en la AMIA?
-Cristian tenía 21 años, estudiaba Abogacía y trabajaba por las tardes. Ese día era el primer día de las vacaciones de invierno y unos compañeros le pidieron que fuera a la mañana para ayudarlos con un trabajo. Él, en principio, les dijo que no porque tenía facultad, pero insistieron un poco y finalmente aceptó. Yo estaba trabajando en la Escuela ORT. Escuchábamos la radio a través del teléfono de línea y de repente dijeron que algo había pasado en la AMIA. No sabíamos qué era.Lo primero que hice fue llamar a mi casa para hablar con Cristian porque estaba convencida de que tenía que estar ahí. Cuando mi mamá me dijo que había salido a las ocho de la mañana entendí inmediatamente que había ido a trabajar. Dejé todo. Había llevado a mi hija de cinco años conmigo porque eran vacaciones de invierno. La dejé con mis compañeras y salí corriendo hacia Pasteur.
-¿Qué recordás de tu llegada al lugar del atentado?
-Llegué con mi marido y me encontré con una imagen imposible de olvidar. El edificio no existía. Había un hueco enorme y una montaña de escombros. Y ahí me pasó algo muy particular. Siempre digo que "se me apagó la televisión". Tengo un vacío absoluto en mi memoria. No sé si me paralicé, si lloré, si me desmayé o si tuve una crisis. Mi cerebro no registró ese momento. Con el tiempo entendí que probablemente fue una forma de protegerme. No tengo imágenes de esos minutos. Recién vuelvo a reaccionar cuando veo llegar a mis padres y escucho mi propia voz diciéndole a alguien: "Ahí vienen mis viejos". Ese hueco sigue estando en mi memoria hasta hoy.
-Durante dos días mantuviste la esperanza de encontrar a Cristian con vida. ¿Cómo atravesaste esa espera?
-Hasta el último segundo tuve la certeza de que Cristian estaba vivo. No podía pensar otra cosa. Era una situación tan traumática y tan desconcertante que mi cabeza no aceptaba otra posibilidad. Yo solamente pedía que no se hubiera lastimado las piernas, porque jugaba al fútbol y era algo muy importante para él. Fijate hasta dónde llegaba mi esperanza que mi preocupación era esa. Nos quedamos dos días en un lugar improvisado que armó la AMIA sobre la calle Ayacucho. Había muchísimos familiares esperando noticias. Dormíamos en el piso, vivíamos ahí esperando que alguien nos dijera algo. El miércoles mi papá me pidió que fuera un rato a acompañar a mi mamá. Y esa mañana llegó la noticia. Otra vez aparece un vacío en mi memoria. No sé cómo me enteré, no sé cómo se lo dijeron a mi mamá. No tengo registro de ese momento. Recién vuelvo a recordar cuando llegamos al velorio.
Tenia la certeza que mi hermano estaba vivo
-Después vino otro desafío: sostener a tus padres mientras ustedes también atravesaban el duelo.
-Mis papás tenían apenas 51 años. Habían perdido a su hijo menor de una manera absolutamente brutal. Nosotros teníamos nuestro propio dolor, pero también sentíamos la necesidad de cuidarlos. El primer mes y medio nos fuimos todos a vivir con ellos. Mi hermano mayor, mi cuñada, mi sobrina, mi marido, mi hija y yo. Dormíamos en el piso. No importaba la comodidad. Éramos una familia muy ruidosa y muy alegre. Sin embargo, en ese tiempo nos convertimos en fantasmitas silenciosos. Nos acompañábamos desde el silencio. Cada uno atravesaba su propio dolor, pero necesitábamos estar juntos. Creo que eso fue lo que nos sostuvo.
-Tus hijos más chicos nunca conocieron a Cristian, pero hablan de él como si hubiera formado parte de sus vidas. ¿Cómo lograron construir ese recuerdo?
-Para mí eso es una de las cosas más lindas que nos pasó como familia. Mis cuatro hijos conocen a Cristian. Una de mis hijas lo abrazó y convivió con él, pero los otros tres nacieron después del atentado. Sin embargo, todos sienten que lo conocen. Porque en mi casa siempre hablamos de él en tiempo presente. Nunca quise que Cristian fuera solamente una foto o una historia triste. Quise que siguiera siendo parte de nuestra familia. Hay una anécdota que para mí fue un antes y un después. Mi segunda hija tenía cinco años y un día me preguntó: "¿A qué jugaba yo con el tío Cristian?". Le dije que ella no lo había conocido y me respondió algo que nunca voy a olvidar: "Vos no entendés nada. Yo sí lo conocí. Cuando estaba dentro de tu panza, el tío Cristian estaba dentro de tu corazón. Los dos vivimos juntos adentro tuyo". Ese día entendí que el recuerdo también se hereda.
-Hoy acompañás a personas que atraviesan procesos de duelo. ¿Cómo nació esa decisión?
-Uno no elige lo que le pasa. Pero sí puede elegir qué hacer con eso que le pasa. Al principio fue muy duro. Yo era muy joven y me enfermé físicamente de dolor. Pero en algún momento pude elegir no ser solamente lo que me había pasado, sino ser lo que podía hacer con esa experiencia. Hoy acompaño a personas que atraviesan distintos duelos. Y siento que, mientras acompaño a otros, también sigo sanando el mío. No es que el dolor desaparezca. El dolor sigue estando. Lo que cambia es el lugar desde el que uno decide vivir.
Uno no elige lo que le pasa
-Soles decir que existe una fórmula para atravesar el duelo. ¿Cuál es?
-La fórmula, al menos para mí, es muy simple: amor, dolor y amor. El inmenso amor que uno siente genera un dolor inmenso cuando pierde a alguien. Ese dolor llega, se instala y no se va. Pero también es el mismo amor el que termina rescatándote del dolor. Hoy nosotros estamos parados en esa última parte de la fórmula. No porque el dolor haya desaparecido, sino porque elegimos seguir viviendo desde el amor. Por eso también estoy escribiendo un libro sobre el dolor, pero contado con humor. Parece una contradicción, pero el humor también me salvó. Quiero que otras personas puedan verse reflejadas en esas historias, abrazar su propio dolor y entender que también se puede volver a conectar con la vida y con los vivos.
