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Adopción: gracias a las familias de tránsito

El rol clave de las familias de tránsito: cuidado y contención temporales que evitan institucionalización y agilizan una adopción responsable.

Los padres adoptivos al entrar en contacto con las familias de tránsito tienen muchos miedos.

Los padres adoptivos al entrar en contacto con las familias de tránsito tienen muchos miedos.

Archivo MDZ

Muchos padres llegan a la adopción y se enteran de que sus hijos tienen una figura de apego, un vínculo significativo, alguien que viene ejerciendo la función materna… son esas generosísimas personas con un enorme deseo de proteger que cuidan y sostienen a los niños hasta que llegan “su mamá y/o papá para siempre”.

Las familias de tránsito son conscientes de cuán crucial es para la psiquis de un niño proveer esa mirada que sostiene, que responde a las necesidades del niño, que asiste en el llanto y espeja en la sonrisa. Estas familias saben y entienden lo importante que es darles continuidad a las figuras de apego y que el niño tenga un contexto emocionalmente terapéutico para ir forjando en su interior un modelo interno sano para futuras relaciones, para que vaya aprendiendo a confiar nuevamente.

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Las familias saben y entienden lo importante que es darles continuidad a las figuras de apego.

Las familias saben y entienden lo importante que es darles continuidad a las figuras de apego.

Sabemos que en la adopción todo niño ha sufrido no solamente discontinuidad en las figuras de apego, sino que además adversidad por figuras de apego que no han sido sanas ni seguras; generalmente para terminar en instituciones donde por falta de las mismas muchas veces se busca una familia de tránsito que pueda proveer del contexto emocional necesario para la psiquis del niño. Estas familias, estos adultos, son los ángeles que cuidan la transición; se apegan y proveen el apego que el niño necesita para empezar a sentirse seguro. Lo hacen intensamente, sabiendo que luego vendrá la separación. Los padres adoptivos les debemos mucho a las familias de tránsito, son quienes permitieron que nuestros hijos empiecen a sanar su huella interna dañada, su confianza básica, a hacer que nuestros hijos reciban los primeros mensajes de confianza, de que son dignos, elegidos, amados, valiosos.

Jesús Palacios González dice que en el apego hay dos aspectos paralelos que funcionan con distinto ritmo. Hay un primer aspecto que es el que se ve y es el que sucede más rápidamente. Es como la capa externa del apego. Es el aspecto de las conductas de apego que expresan la necesidad del niño de ser atendido o cuidado. Esto lo vemos por ejemplo cuando un niño se lastima y corre a su figura de apego llorando para recibir consuelo. Este aspecto se consigue pronto en niños adoptados. Pero hay otro aspecto, que es mucho más lento, más profundo, pero es el que es verdaderamente duradero. Es el aspecto que hace que el niño vaya arraigando la pertenencia, afianzando el sentimiento profundo de sentirse seguro y protegido donde está; es el aspecto que mitiga la sensación de amenaza y el miedo a la pérdida. Esta capa cambia mucho más lentamente. Mientras el primer aspecto exige disponibilidad, sintonía emocional, sensibilidad para captar las necesidades del niño; el segundo aspecto requiere sostener contra viento y marea sin fallar, sin mentir; requiere no dejar solo a nuestro hijo en la incertidumbre en los momentos de tensión, transmitir aun en los momentos difíciles que el amor es incondicional, que no depende de las circunstancias, requiere hablar de un futuro juntos; en síntesis, dice Palacios, este aspecto requiere ir contracorriente respecto de los mensajes internos que muchas veces el niño trae de su familia de origen que son los mensajes de la inseguridad en sí mismo y en los demás, del miedo a la proximidad y al abandono.

El apego está en la relación, y es ahí donde empiezan a sanar las familias de tránsito porque la realidad del apego del niño cambiará positivamente tanto como la relación de cariño sea capaz de hacerlo cambiar. Un Gran gracias a estas familias que empezaron a devolverle a nuestros hijos una imagen de sí mismos valiosa, equilibrada; gracias por amarlos y cuidarlos cuando no estábamos. El desafío para estas familias es saber hacer bien la transición; sin imposiciones, estableciendo la distancia necesaria, anclando la perspectiva en el niño, sin pretensiones, sabiendo esperar, entregando el cuidado del niño, siendo cuidadoso con las palabras y esperando el momento oportuno para hacerse presente en los tiempos convenientes. Cuando esta transición se hace con profundo respeto y conciencia he visto a familias de tránsito convertirse en tíos adorados. Ahora cuando la familia adoptiva, que llega con todos sus temores, se siente amenazada, generalmente baja la persiana y el niño pierde el vínculo con su familia de tránsito dejando en su psiquis una nueva huella de abandono.

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El desafío para estas familias es saber hacer bien la transición; sin imposiciones, estableciendo la distancia necesaria.

El desafío para estas familias es saber hacer bien la transición; sin imposiciones, estableciendo la distancia necesaria.

Los padres adoptivos al entrar en contacto con las familias de tránsito tienen muchos miedos, miedos que en síntesis provienen del miedo a no poder establecer el vínculo de apego con el niño. Confíen, queridos padres adoptivos, no tengan miedo, tengan paciencia, pero es importante que no corten de cuajo el vínculo con la familia de tránsito porque el daño es grande en la psiquis de sus hijos. Cortar ese vínculo es volver a lastimar esa confianza que había empezado a repararse, es volver a decirle al niño que no puede confiar, que los adultos abandonan y esa nueva herida no hará más que hacer mucho más lento el arraigo de esa segunda capa del apego con ustedes.

* Cristina Ma. Goldaracena. Madre Adoptiva. Counselor en adopción y acompañamiento familiar.