Adopción: los adolescentes rusos adoptados fueron encontrados sin daños tras su fuga
Dos hermanos rusos adoptados en Pilar desaparecieron camino al colegio y tras un gran operativo fueron hallados sanos y salvos.
Los padres tratamos de hacer lo mejor, hacemos lo que podemos y vamos con nuestras heridas a cuestas.
Archivo MDZTodos hemos estado al tanto del caso de los adolescentes, Facundo y Santiago, dos adolescentes adoptados a los seis y cuatro años en Rusia, que desaparecieron de su casa en Pilar hace unos meses. El hecho quedó rondando en mi cabeza porque toda la comunidad vibró con ellos y se hicieron patentes los vaivenes de la realidad de la adopción.
Más allá de las particularidades del caso, que todos desconocemos, es imposible no empatizar con el dolor de los cuatro, padres e hijos. La angustia, quizás también cansancio, desesperanza, de unos padres que sufren y se desconciertan cuando sus hijos frente a una penitencia por una travesura y quizás algún reto subido de tono, deciden soltarlo todo, se van, dejan de sentir que “son parte”, parecieran querer también castigar, devolver con una moneda aún más dura. Dos adolescentes, que vuelven a esa sensación de abandono y humillación que les hace una vez más poner en jaque sus propias vidas. Dos adolescentes, que no pueden sostener un reto, quizás fuerte, de sus padres o una penitencia porque el enojo en ellos brota desproporcionado, porque se eleva en sus cabezas el volumen de un trauma tremendo, porque se vuelven a sentir abandonados, expulsados, de un sistema en el que es evidente que todavía tienen que reforzar la pertenencia. Una pertenencia que seguramente esté consolidada en los padres, pero en ellos es aún débil.
¿Cómo no empatizar? ¿Cómo no sentir el tremendo dolor tanto de los padres como de los chicos? Me imagino ese reencuentro en el que quizás, después del abrazo, podemos visualizar a los cuatro sentados alrededor de una mesa, los ojos llenos de dolor. Hay una sola certeza común en esos cuatro corazones, que los cuatro pelean contra aquella gran herida... Esa pesada mochila de dolor con la que a veces es muy difícil lidiar… porque es demasiado pesada, porque somos torpes y a veces no sabemos…
Esto es ser padres o madres por el camino de la adopción
Es hacerse disponible a todo una y mil veces, es pasar la angustia de una noche sin saber dónde están mis hijos, buscando y pidiéndole a Dios que los cuide y nadie los lastime, es sostener arranques de furia desproporcionados, es estar contra viento y marea sabiendo que mi respuesta tiene que ser inclusiva, acogedora, sostenedora. Los niños que han vivido adversidad temprana no pueden soportar el límite taxativo. Les despierta una furia, un enojo, que se relaciona con aquellos otros límites taxativos vividos allá y entonces en los que los han golpeado y maltratado en exceso.
Así transitamos, padres e hijos adoptivos; tratando de hacer lo mejor, hacemos lo que podemos y vamos con nuestras heridas a cuestas y las consecuencias de ellas a la vista. No es nada fácil ser padre adoptivo de niños grandes, nada fácil. Ahijar a un niño que llega a casa desde totalmente otra cultura y habiendo vivido el abandono de su madre de origen, mal trato de todo tipo e institucionalización para finalmente llegar a lo desconocidos para empezar a aprender a sentirse hijo … “ser hijo”, justamente aquello que le fue denegado por su madre de origen, probablemente por imposibilidad, pero qué más da; en la cabeza del niño la experiencia es la de haber sido expulsado.
No es nada fácil ser padre adoptivo de niños grandes
Hacerse cargo de las consecuencias de esta realidad es lo que decide asumir todo padre adoptivo. Hacerse cargo es aceptar que durante los muchos años que le llevará a nuestro hijo crecer, madurar y sanar, seremos nosotros, los padres adoptivos, quienes cargaremos con las consecuencias de lo sufrido, hasta que nuestro hijo pueda hacerse cargo de su propia historia y heridas. Y el único camino eficaz es la comprensión empática, pero qué difícil es a veces sostenerla cuando pareciéramos ser el blanco de tanto dolor. Nos caemos, nos cansamos, dudamos, sufrimos, desesperamos y hasta se nos bajan los brazos. Pero a la mañana siguiente seguimos con fuerzas renovadas y el corazón dolorido confiando en que llegará ese día que nuestro hijo nos diga “papá… mamá… la lucha terminó”.
El papá de los chicos en una última entrevista agradece sinceramente, a los medios, a los vecinos que acompañaron, se acercaron, ayudaron. Y la verdad es que sí, gracias a la comunidad, es importante que toda la sociedad vaya asumiendo la problemática de la adopción de niños grandes. Los colegios tienen que formarse para saber cómo acompañar a los niños que han vivido esta realidad, desde qué tono emocional hablar, educar, enseñar, orientar y guiar. Es importante que las instituciones entiendan la importancia de proveer un espacio seguro donde el niño o adolescente pueda experimentarse a salvo, contenido, comprendido y valorado aún cuando ponga a prueba a sus referentes; porque sólo poniendo a prueba es que un día descubre que “ya está”, que ya soy parte, que ya no dudo.
En definitiva, creo que todos los que transitamos el universo de la adopción hemos vivido de una u otra manera los sinsabores que atravesaron los papás de Facundo y Santiago.
* Cristina Ma. Goldaracena. Madre Adoptiva. Counselor en adopción y acompañamiento familiar.



