500 palabras sobre la sal del Himalaya
Entre promesas milagrosas y humor compartido, una madre y su hija descubren que, a veces, la verdadera magia no está en el producto, sino en reír juntas.
Nos habla de las propiedades de la sal.
ArchivoNos dice que además de la sal de limón que acabamos de comprar solo hay una que es mejor: la sal del Himalaya. Sé que es mentira, mi hija también y nos miramos sabiendo eso y lo contrario. ¿La llevo? No sé. Nos habla de las propiedades de la sal. Parece que puede equilibrar el universo. Sé que no es cierto, pero le creo a la vendedora.
Nos habla de las propiedades de la sal
Ella no miente: o se lo cree o necesita vender. Y sospecho que ambas cosas pueden ser verdad. Dice que nos va a venir bien, que ella la usa, que a su familia le cocina con eso, que sirve también para hacernos baños de inmersión, que es bueno para... Su enumeración promete inmortalidad y me río. No es una lista de propiedades, sino un catálogo de milagros: dormir mejor, cocinar mejor, respirar mejor, envejecer más despacio. Me imagino que algo que sirve para el pollo y para la cara no puede servir para nada. Dice que mi hija tiene el cutis mixto, que se lo va a dejar espectacular, miro a la vendedora: su cutis no es un ejemplo, estoy segura que está igual que antes de consumir la sal rosada del Himalaya.
La tomo del estante. Cuesta siete mil pesos. Insiste en que no nos vamos a arrepentir. Estoy segura. Caigo con facilidad en las promesas de los envases. Hay un instante precioso entre comprar algo y descubrir que no funciona. Durante ese rato somos personas convencidas de que la vida puede mejorar por siete mil pesos. Hay esperanzas que vienen con código de barras. ¿La llevo? Dale. ¿La traen de allá?, ¿quién la descubrió?, ¿cómo la trasladan? No pregunto nada. No quiero que me empiece a mentir. No quiero que me diga que no sabe. Ya me dijo muchas verdades.
Mi hija la lleva en la mano
Me gustan sus carcajadas sobre esta compra inútil. Siete mil pesos. Sal del Himalaya. Empieza a leerla: regula el agua corporal, previene calambres, coopera con el sueño, descongestiona, previene la aparición de várices, equilibra la acidez de las células. ¿Qué es eso?, me encojo de hombros, sonríe soterradamente y dice: es mágica. La señora de al lado que venía escuchando nuestra conversación desde hacía varias cuadras no sabe lo irónica que puede ser mi hija. No ve lo que tiene en la mano, le pregunta: ¿qué es eso que parece la salvación? Sal. La generación del tweet. Mi hija me pide con sus ojos que siga la conversación, la monopolizo, no me cuesta, disfruto las conversaciones en los colectivos.
Es buenísima y no le miento. No es maldad. No le explico que me gustan los momentos en los que creemos en algo, que depositamos en lo absurdo la solución de todo. Me despido de la señora que dice que va a buscar la sal del Himalaya. Le agrego que es rosada. Me río de solo imaginar que la tiñen. Mi hija vuelve a reírse y como ocurre cada vez que lo hace, descubro la inmensidad. Vamos a reírnos toda la semana, toda la vida, de esta sal y de todas las cosas improductivas que compro. Tal vez nos mejore el cutis. Tal vez la probemos esta noche.
Habrá que decidir si con el pollo o en nuestra cara.
* Delia Sisro escritora y docente.