Hija, bienvenida a la familia piojosa
Y así, como si nada, un día te das cuenta que pasaste los 40 cuando en un recital de Los Piojos, después de 15 años de ausencias que dolieron, vas a la platea y no al campo y que en vez de hacer pogo te ponés a bailar. ¿Dónde quedaron aquellas noches en Pacífico, cuando nos destrozábamos en medio de la marea humana? ¿Dónde quedó aquella juventud en la que íbamos de un lado a otro siguiendo a la banda que nos marcó la vida para siempre? Todo quedó guardado "en cajas viejas".
Hoy, con más canas y ya sin los casi 20 en el documento, ves para atrás y te das cuenta en que te transformaste en todo aquello que en esos rituales piojosos de la década del 2 mil te llamaba la atención. "Qué viejos chotos", pensábamos, más de uno, sobre los que se quedaban a un costado evitando entrar a ese pogo muchas veces iluminado por las luces de las bengalas que destellaban tema tras tema, volviendo casi insoportable la estadía dentro del estadio techado de calle Perú.
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Pero todo tiene una explicación y anoche pude entenderla, sentirla, vivirla y hoy poder contarla en estas líneas que, quizás, para muchos sean insignificantes pero que en lo personal significan más de la cuenta. No solo por haber sido un seguidor enfermo de Los Piojos, sino porque se concretó lo que alguna vez soñé cuando comencé a crecer y a entrarme en años.
La última página del doble disco Huracanes en Luna Plateada (el segundo en vivo de la banda) tenía -y tiene para aquellos que todavía lo conservamos- una imagen fuerte, una foto que transmite y que engloba mucho de los que son Los Piojos para las viejas y las nuevas generaciones, muchos de ellos incluidos en la familia por herencia de sus padres, tíos o abuelos.
Esa foto, de la niña con un pañuelo piojoso y en los hombros de su padre, marcó, para siempre, a los que hoy podemos ser considerados como "los viejos piojosos", los que ya no nos metemos al pogo y lo vemos -bailando, claramente- desde un lugar más cómodo. No es para menos. La nena, que hoy debe tener un poco más de 30 años, es mucho de lo que se vivió el sábado por la noche en el Frank Romero Day de Mendoza.
Aquella niña se transformó en un ícono y en el significado de todo lo que es la "familia piojosa". Abuelos, padres, tíos, jóvenes y niños, en esos saltos generacionales mágicos de la vida, se entremezclaron y se volvieron "miles de almas en un ritual sin calma" que cantaron con fuerza y pasión los 27 temas de la lista presentada y que hizo un repaso por toda la historia de Los Piojos, desde aquellas canciones que marcaban la realidad del conurbano profundo de los '90 y que comenzaron a tomar fuerza en el viejo teatro Arpegios de Haedo, pasando por hits como El Farolito, hasta la explosión sentimental de Bicho de Ciudad, donde al unísono cantamos y nos emocionamos, dejando caer, seguramente, alguna lágrima que ni el frío de la noche pudo congelar.
Y ahí, entre más de 30 mil personas estábamos con mis hermanos y mi vieja (tanto escuchamos la banda en la adolescencia que la volvimos una más) y con una invitada especial que vivió por primera vez -y espero que no sea la última- lo que es un ritual, lo que es todo lo que se vive en torno a un recital de Los Piojos, lo que es pasar a formar parte de la familia piojosa.
Emilia tiene 8 años. Escucha la música de moda como la que proponen Black Pink, Lina Vallejos y Emilia Mernes y, para alivio de su papá, alguna que otra de Airbag. No la juzgo. Gustos son gustos. Pero, desde hace un tiempo, le prometí llevarla a un recital de Los Piojos para que viviera lo que vivimos con mis hermanos hace más de 15 años atrás, cuando, lejos de imaginar la separación, la banda de El Palomar se consolidaba en los escenarios del país, alcanzando una masividad excepcional después del disco Tercer Arco y que se fue incrementando con la llegada de Verdes Paisajes del Infierno, Máquina de Sangre y Civilización, quizás, la obra cumbre de Los Piojos.
El sábado nos levantamos relativamente temprano. "¿Estás lista?", le pregunté casi resignado a que me dijera que no y que decidiera quedarse en la casa, pero su respuesta fue todo lo que quería escuchar: "Sí, ¿a qué hora nos vamos?". Listo. Almorzamos, preparamos las mochilas y emprendimos el camino al teatro. Dejamos el auto y empezamos a caminar charlando sobre qué eran Los Piojos. Le expliqué, en varias oportunidades, que muchas veces su música fue un refugio para muchas generaciones. La previa, claro está, le llamó la atención. Las rondas de amigos tomando fernet, cerveza y vino; los puestos de choripanes y venta de remeras; la procesión al Frank Romero Day y los cantos en la fila de acceso iban marcando la temperatura de la tarde.
En su mochila, de capibara (siempre tan elegante, ella), había puesto una bolsa de papitas, unas galletitas y una Coca. Sorprendida, después contó, que en el acceso a ella no la requisaron y pudo pasar con todo lo que ella había considerado importante llevar para matar la espera. A mí, en tanto, me revisaron de arriba a abajo y me hicieron dejar el culo de gaseosa que me quedaba en la botella. Cosas que pasan.
Después de caminar cerca de 2 kilómetros entramos a las gradas y nos sentamos. Faltaban como dos horas. Y más allá de preguntar, de vez en cuando, "cuánto falta", se mantuvo firme y con el entusiasmo de saber que estaba a punto de vivir algo único, algo que muchos ya habían vivido y de lo que ella por primera vez iba a ser parte.
Cuando las luces se apagaron y explotaron las primeras notas de Ruleta, la emoción nos invadió. El nudo en la garganta era tal que me costó seguir la canción. Estaba emocionado. No paraba de mirarla y de disfrutar de verla saltar, aplaudir y seguir al detalle todo lo que pasaba arriba del escenario. Ella, asombrada, veía, más allá de cómo se movía Andrés Ciro por el escenario, todo lo que hacía Luli Bass, la bajista que ingresó a la formación luego de la negativa de Micky Rodríguez de estar para el regreso de la banda luego de más de 15 años de alejamiento.
Punto y aparte. Luli Bass fue el gran acierto. Ella, con su magia sobre el escenario, logró captar la atención de las nuevas generaciones y, sobre todo, de las niñas y adolescentes, quienes ahora se animan a soñar con agarrar un bajo de cuerdas verdes o rojas y subirse a un escenario. "¿Te gustó cómo toca", fue la pregunta. "Sí, es buena y me gusta cómo se viste y los lentes que usa". Clarísimo.
Lo que pasó después es sabido. Terminamos abrazados cantando Bicho de Ciudad, la primera canción de Los Piojos que aprendió. Y ella, paradita en la grada, la cantó con fuerzas sin perder el hilo, sintiendo cada estrofa de la canción que, hace casi dos años en Vélez, durante un recital de Ciro y Los Persas, marcó el camino para el regreso de la banda, aunque ya sin Tavo Kupinski.
Cuando todo terminó, las luces se encendieron y comenzamos el camino de regreso: otra vez caminar cerca de 2 kilómetros. Cansados, pero con la satisfacción de haber vivido lo que vivimos (gracias a un gran amigo que nos lo permitió). Volvimos con el corazón contento, sabiendo que ella, a pesar de sus 8 años y esos gustos musicales que muchas veces me cuestan entender, pasó a ser parte de la familia.
Emilia, mi hija más chica, el sábado se transformó en todo aquello que alguna vez soñé y, en las fotos que voy a atesorar para siempre, será, de ahora en más, la nena de la contratapa del disco Huracanes en Luna Plateada. Bienvenida a la familia piojosa.