El verdadero 25 de mayo: mitos, mentiras y verdades ocultas del día de la Patria
Nadie puede discutir la trascendencia e importancia del 25 de mayo de 1810. Eso es innegable e indiscutible. Ese día nacía la Patria, representando una bisagra histórica para nuestra argentinidad, pues comenzaba un transformador proceso ininterrumpido que nos llevaría a la independencia definitiva. Se empezaba a transitar por un heroico camino, donde lo revolucionario se asociará a la defensa de las libertades y la lucha para conquistarla, buscando la legitimación política que nos permitirá emanciparnos de toda potencia extranjera. En el marco de ese tiempo comenzado el 25 de mayo de 1810, nacerá la futura y gloriosa Argentina.
Ahora bien, la versión oficial sobre el 25 de mayo, reflejo cabal de aquellos tradicionales actos escolares, recreaba siempre la repetida escena de rayos de sol otoñal asomando tras días de copiosa lluvia, con una plaza llena esperando el feliz desenlace, luego de una semana de arduo trabajo. “¡Viva la Patria, por fin llegó el día 25!”, parecía insinuar el momento. “Hoy se soluciona todo”, trasladaba el mensaje.
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Y ahí aparecía todo el cotillón como por arte de magia: escarapelas, mazamorras, empanadas, banderas, pregones, bailecitos, canciones y discursos. Mucho discurso, quedando siempre la sensación que alguien no había sido plenamente sincero, volando sobre nosotros una gélida percepción de sospecha. Era “un verso”; pero era lindo. Poético, épico, romántico, aleccionador. Eso será lo que siempre recordamos. Pero luego, ya más grandecitos, tampoco nadie nos aclaró que las cosas no habían sido tan así. En el fondo, como sostuvo Rainer Rilke (1875 – 1926): “la patria del hombre es la infancia”. Muy bien. Ahora también podríamos agregar: “te engañaron como a un niño”. O “mentime que me gusta”.
“Cantame la hora”
Recién el 13 de marzo de 1834 se creará el “Cuerpo de Serenos”. Un tiempito después de lo supuesto en nuestros discursos. Por aquel entonces, el reglamento del Cuerpo de Serenos establecía que estos cumplirían horario desde las 22 “hasta el primer cañonazo del alba”. “Debían rondar sus distritos provistos de un farol, pistola y silbato, cantando la hora y el clima que hiciera cada media hora, al son de la campana del Cabildo. No vestían uniforme y solo se los identificaba por el farol que portaban. Sus obligaciones incluían despertar a los vecinos que así lo solicitaran, llamar a médicos o sacerdotes y acompañarlos hasta los domicilios, detener a ebrios y sospechosos, avisar si había puertas o postigos abiertos y, en caso de incendio, tocar las campanas de la iglesia más próxima. El Cuerpo de Serenos, popularmente conocidos como ‘vigilantes de noche’, era costeado por el vecindario, por medio de una tasa denominada ‘impuesto de serenos’”. (Yayo Hourmilougue).
Paraguas, mito y argentinidad
Uno de los cuadros referenciales que inundaron nuestros manuales escolares y las revistas educativas argentinas fue el pintado por Luis Sánchez de la Peña. La obra ilustra el momento en que el pueblo reunido (decenas y decenas de hombres y mujeres) en la Plaza de la Victoria (hoy, Plaza de Mayo) reclamaban al Cabildo una solución inmediata. Se llamó: “25 DE MAYO Y LOS PARAGUAS” y se encuentra actualmente en Museo del Cabildo de Buenos Aires. Importante resaltar que fue pintado en 1909. Casi 100 años después del hecho histórico de 1810, una constante de la historiografía argentina.
Por aquel 1810, los paraguas representaban un símbolo de poder, ya sea porque tener la cara con la piel curtida o quemada por el sol era algo menospreciado por estar asociado al trabajo manual. En otras palabras, la antipatía ante el bronceado respondía a cánones de belleza de las clases altas, donde la palidez era el último grito de la moda y los trabajos en la tierra eran desarrollados por las clases sociales sometidas. Por ende, el paragua era un elemento de lujo, patrimonio exclusivo de las clases pudientes.
Los primeros paraguas que se observaron en suelo criollo fueron exportados de Londres. Más bien, eran sombrillas para contrarrestar el efecto del sol. Fueron de tela permeable, que poco podían proteger de las gotas de lluvia. Es improbable que durante las jornadas de mayo los paraguas hayan estado presentes pues era un atributo expresamente femenino, y por esa época, que una mujer anduviera por la calle no era bien visto, ni aun siendo acompañada por su esposo. Menos en tiempos de revolución. Si existirá una especie de paragua “nacional” (ocupado en las haciendas o en la guerra), que consistía en una carpa cuadrada sostenida de un palo, pero sumamente pesado, y eran los esclavos - sirvientes quienes acompañaban a su patrón sosteniéndole el accesorio.
Si existen indicios certeros que esa semana histórica de mayo llovió. Abundantes crónicas e historiadores lo confirman. En el Museo Histórico Nacional aún se conserva un escrito de Pedro Díaz de Vivar, un vecino que afirmaba: “Por aver llovido el 22 no fui al cavildo, temeroso de la humedad y frío". Otro antecedente sobre la muy exclusiva existencia de los paraguas en el Río de la Plata fue aquel documento que se conserva en el Archivo General de la Nación, sobre un inventario de mercaderías de una tienda porteña de 1795. Entre los artículos inventariados se destacan 27 paraguas de hule que se vendían a 4 reales cada uno. También en la aduana del puerto quedaron “durmiendo el sueño de los justos” un lote de 12 paraguas franceses que un importador nunca retiró. Pero esto databa de 1837, cuando esa moda del paragua de caballero recién se había impuesto en Paris.
El catering oficial y la ausencia de mazamorra caliente
Toda aquella mercadería “caliente, para que te quemen los dientes”, pregón mediante, resulta simpática a la imaginación, aunque es absolutamente increíble que se haya suministrado en ese momento candente. Los vendedores ambulantes de leche, velas, leña, mazamorras o de agua hervida (que era carísima) provenían de los suburbios alejados del centro neurálgico. Generalmente era afrodescendientes que representaban casi la mitad de la población de Buenos Aires. En paralelo, para corroborar el absurdo, la lluvia, la distancia, el viaje, seguramente habrían hecho perder el calor propio del producto emanado del horno, la parrilla o la olla. Entonces, de caliente nada.
Pero además en tiempos de pleno conflicto revolucionario, es muy poco probable que “los chisperos” de French y Beruti, llamados “los infernales”, quienes tenían la expresa misión de controlar celosamente el ingreso a la plaza, hayan dejado pasar a esa señora de tez morena, más allá de la calidad de sus productos y de su bonhomía. Mucho menos aún, esos hipotéticos vendedores ambulantes eran esclavos. Dependían directamente de “sus amos” y no podían salir de la propiedad en la que estaban encerrados sin autorización de la patronal.
Por otro lado, los cabildantes resolvían ese problema de la alimentación, como habitualmente se hacía, y se sigue haciendo. Contrataban un servicio. Se estima que durante los días previos a la Revolución de Mayo se gastó un total de 521 pesos, cinco y tres cuartillos reales en catering y protocolos anexos. El gasto incluyó 12 pesos por el flete de 12 carretillas, 37 pesos y seis reales en velas para iluminar el Cabildo, 21 pesos y seis reales en chocolate, bizcochos y vino. Además, se compraron tres relojes para regalar al capitán, teniente y alférez de la compañía Batallón N° 3 que realizó la primera guardia de honor a la Primera Junta y en ellos se invirtió 206 pesos y tres cuartillos de real. En tanto que la tropa fue gratificada con 101 pesos. El “fondero” que preparó las comidas para los capitulares entre los días 23 y 25 de mayo de 1810, obtuvo por el servicio 75 pesos y 6 reales (no había licitaciones, era una contratación directa, diríamos hoy). Los criados que sirvieron en los carruajes cobraron 18 pesos y cuatro reales; los 50 hombres que repartieron esquelas y pegaron carteles percibieron 51 pesos y 6 reales. Además, hubo otros gastos mínimos (de caja chica) por lo que la suma rondó el total de 521 pesos. (Fuente: “Buenos Aires cuatro siglos”. Ricardo Luis Molinari).
Algo huele mal en Buenos Aires: justificar la mentira
En Buenos Aires de 1810 no existía recolección de basura ni cloacas. Casi todos hacían sus necesidades fisiológicas al aire libre o en rudimentarias letrinas. El mayor consumo de carne era de caballo cuyo aroma resultaba hediondo. Las velas y jabones de sebo emanaban un olor pestilente. Ni hablar del estiércol, los animales muertos y las fosas comunes de cuerpos, ante la ausencia de cementerios para la amplia mayoría del pueblo. Pero para contrarrestar los olores nauseabundos se cultivaban claveles, rosas, violetas, jazmines, marimonias, jacintos, margaritas, pensamientos y amapolas. Ahora nada podrá contrarrestar jamás el mal olor que generará una historia tergiversada.
“Una de las batallas más importantes que debe librar la Historia es contra los lugares comunes. La Historia concebida como un cuentito infantil, como una suma de consignas maniqueas o como la consecuencia de un deliberado proceso de manipulación. La conmemoración del 25 de mayo de 1810 es una excelente ocasión para verificar cómo los lugares comunes suelen hacer estragos en el conocimiento histórico y en la conciencia histórica” (Rogelio Alaniz).
Revisar estos aspectos citados del 25 de mayo, que son frívolos, casi sin significancia, si se quiere: serenos, paraguas o mazamorras, es buen motivo para pensar también, lo fácil que resultó entonces, engañarnos sobre los temas trascendentes. Por eso, esta foto del 25 no pretende primordialmente mostrarnos o corregir el ayer, sino como siempre hace la Historia, es una buena oportunidad y advertencia para empezar a mirar con otros ojos nuestro futuro.