Corresponsal de guerra: Argentina me acostumbró a las turbulencias del mundo
Su español delata la variedad de lenguas que domina. Se le escapan acentos de todo tipo pero uno es el que resalta, el argentino. Y es que se siente argentina, racional y sentimentalmente. El trabajo de su padre la llevó a vivir en la ciudad de La Plata, concretamente en City Bell, desde los 9 hasta los 19 años. Recorrió el país de punta a punta.
Se especializó en política internacional, zonas de conflicto y migración. Desde 2007 ha trabajado en lugares como los Balcanes, Túnez, Líbano, Siria, Níger, Gambia, Azerbaiyán, Georgia, Turquía, Grecia, Italia, y la frontera entre México y Guatemala. En los últimos diez años, cubrió el conflicto en Ucrania, país en el que se encontraba cuando comenzó la invasión rusa a gran escala de 2022. Vivió en Francia, en España completó un posgrado en Periodismo Digital y un máster en Derecho Internacional. Actualmente, es corresponsal de El Periódico y realiza coberturas especiales para la televisión francesa France 24.
Determinada. Siempre quiso y siempre supo que sería periodista. Le importa honrar esa profesión que considera esencial para preservar la democracia en un mundo sembrado de conflictos. Le mueve entender el marco general de éstos y explicarlo desde las personas que sufren la injusticia. Fruto de ese ejercicio es el libro “Mi nombre es refugiado”, que escribió en el 2015 con su colega Leticia Álvarez Reguera. El título basta para entender donde pone el ojo.
¿Qué significa Argentina para vos?
Para mí, Argentina lo es todo. Es una raíz. Soy quien soy porque crecí allí. Me ha dado una forma racional y emocional de mirar el mundo e intentar entenderlo; una forma de pensar más del sur, pero no solo del sur, que me ayuda a poner las cosas en su sitio, a tener los pies bien anclados en tierra. Sé que no es un país perfecto; soy muy consciente de los problemas que había y que hay en Argentina, que son muchos y duelen. Pero si se lo tuviera que explicar a mi hija Minerva le diría que Argentina y Europa son nuestros superpoderes.
¿Qué hechos de esos años marcaron tu vocación periodística?
El imprevisto. Argentina es un país que te acostumbra a resolver situaciones inesperadas, donde a menudo no estás segura de lo que ocurrirá mañana. Esto es duro, pero te enseña a estar casi siempre alerta y a reaccionar rápidamente ante las situaciones más extremas. Y esto, en mi profesión, me ayudó. Algunos podrán pensar que no es algo positivo, pero junto a ello también persiste con fuerza un sentir que rehúye el individualismo. En Argentina pasan muchas cosas y aún existe un fuerte impulso de ayuda mutua entre la gente. Por no olvidar a mi familia adquirida que sigue allí: Natalia, Guy, María, Irenita, Diego, y tantos más.
Decís que sos una persona que siempre busca aprender, ¿se aprende algo de la guerra?
Las guerras no tienen nada de épico. La guerra es hambre, pobreza, desesperación, el terror de la espera por el siguiente misil, las amputaciones, los muertos en cada familia, un dolor que quien vive en paz no puede entender. Dicho esto, se aprende a sobrevivir, pero, sobre todo, a comprender que somos capaces de hacerlo. Los seres humanos tenemos un instinto muy fuerte que a veces parece que dejamos dormido: el de la vida. Pero eso no pasa solo en las guerras. Recuerdo, en una cobertura sobre migraciones, un padre que viajaba con sus dos hijos. Le preguntamos cómo gestionaba la situación de viajar con niños pequeños y nos contó que les había dicho que imaginaran el viaje como un videojuego: en cada etapa encontrarían un obstáculo que debían intentar superar. Esa fue su manera de ayudar a sus hijos, que difícilmente podían comprender lo que estaba ocurriendo y procesar sin traumas una experiencia tan difícil.
¿Cómo gestionás tu regreso de estas coberturas?
Quizá suene dramático, pero cuando volvés de un país en guerra, nada tiene sentido. Te sentís como un marciano que acaba de aterrizar en una tierra desconocida. Cuando regresé de mis primeros relevos en la cobertura de la guerra en Ucrania, en 2022, extrañaba las sirenas antiaéreas. Y eso es así porque aprendés a vivir con la guerra y tu mente se transforma completamente. Tanto es así que, durante meses mantuve instalada y activada en el celular la aplicación que nos alertaba de las sirenas, al igual que mi compañera, Leticia Álvarez Reguera. Al final, llegué a la conclusión de que lo que mi cerebro extrañaba no eran las sirenas en sí, sino la sensación de que alguien me avisara de un peligro inminente. Se había convertido en una referencia, algo que, por paradójico que suene, nos tranquilizaba. Pienso a menudo en eso, así como en el poco significado que le damos al hecho de vivir en un país sin guerra. En la guerra de Ucrania, sin embargo, también conocí a personas maravillosas como Luis, que nos prestó sus chalecos antibalas cuando al principio no teníamos, y Víctor, que no dudó un instante en ayudar a una compañera en dificultad. Son mucho más de lo que creen. Quizá también por eso, para reflejar todas estas contradicciones, empecé a escribir relatos de ficción realista sobre esta guerra, que es la gran guerra de nuestra generación, pero no los he publicado aún.
La UE puso en alerta a los ciudadanos pidiéndoles que preparen un kit de emergencia ante posibles situaciones de conflicto. ¿Cómo ves esta medida y este momento?
Es un momento terrible, en el que se viola constantemente el derecho humanitario internacional y el orden mundial está patas arriba. Nuevas élites están pujando por ocupar el lugar de las que antes dominaban. La humanidad ha vivido momentos de extrema violencia, y creo que ahora estamos en uno de esos ciclos salvajes. Dicho esto, también es cierto que hay una parte de la humanidad que hoy tiene más derechos que nunca. En Europa, por ejemplo, es así, y habrá que defenderlo.
¿Crees que es fundada la sugerencia de tener preparado un kit de emergencia?
Pienso que todos deberíamos conocer las reglas básicas para sobrevivir en caso de catástrofes, guerras o incluso si falla la tecnología. En Europa, lo hemos olvidado porque vivimos en paz, y no está mal que la gente considere la posibilidad de enfrentar escenarios críticos. ¿Puede sufrir Europa una guerra en su suelo? Sí, pero también hace dos años podía pasar. En este sentido, la guerra de Ucrania es “la madre de todas las guerras" de este siglo, porque rompió el orden mundial establecido tras la caída del Muro de Berlín y provocó cambios profundos a todos los niveles, incluso en zonas muy alejadas de Ucrania. Hay misiones de paz en África que no se han renovado debido a los desencuentros entre las potencias.
¿Compartís la expresión del papa Francisco, que desde hace años denuncia una "tercera guerra mundial a pedazos"?
Probablemente, el Papa tiene razón. Pero creo que no estaremos vivos para saber si efectivamente es así; tiene que pasar tiempo para mirar este momento con ojos de historia. En cierto sentido, los periodistas somos los primeros historiadores: estamos ahí, contando lo que sucede y lo transmitimos también a los estudiosos. Pero hace falta más tiempo y el trabajo de los historiadores para analizarlo dentro de un marco más amplio.
En este momento de alarma en Europa, ¿pensás que el Papa es un líder al que se escucha?
Lamentablemente, creo que no se lo escucha lo suficiente. Es importante que siga insistiendo en denunciar los conflictos, las guerras, las perversiones de la economía y el capitalismo, los daños a la naturaleza y los ataques contra instituciones que, aun con sus fallas, luchan por la paz, como la ONU y la Unión Europea, que ha garantizado a Europa una paz sin precedentes. Sin embargo, también creo que la estrategia de ciertos poderes para invisibilizar la figura del Papa y su influencia diplomática está funcionando.
* Clara Fontan. Periodista. Corresponsal de MDZ en Roma.