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La libertad en disputa: entre el mercado, el bien común y el miedo a ser libres

La verdadera libertad requiere justicia, comunidad y responsabilidad; sin valores ni vínculos, se convierte en un eslogan vacío.

En la Argentina contemporánea pocas palabras ocupan tanto espacio en el debate público como “libertad”.

En la Argentina contemporánea pocas palabras ocupan tanto espacio en el debate público como “libertad”.

Archivo.

En la Argentina contemporánea pocas palabras ocupan tanto espacio en el debate público como “libertad”. La consigna se volvió bandera política, lema electoral y también expresión de un profundo cansancio social frente a años de frustración económica, inflación persistente y deterioro institucional.

Millones de argentinos eligieron como presidente a Javier Milei precisamente porque interpretaron que encarnaba una reacción contra un modelo estatal percibido como ineficaz, burocrático y empobrecedor. Sin embargo, detrás de la discusión política inmediata aparece una pregunta mucho más profunda y antigua: ¿qué es realmente la libertad? ¿Es simplemente la ausencia de límites? ¿Es la posibilidad de elegir cualquier cosa? ¿O existe una dimensión moral y social sin la cual la libertad termina vaciándose de contenido? La tradición cristiana entendió históricamente que la libertad no consiste en la mera capacidad de optar entre el bien y el mal, sino en la capacidad de elegir el bien. No se trata de una negación de la autonomía humana, sino de reconocer que la persona alcanza su plenitud cuando orienta su vida hacia aquello que construye humanidad, justicia y fraternidad. En ese sentido, la libertad no puede reducirse a un individualismo absoluto ni a una lógica puramente mercantil.

PAREJA
La tradición cristiana entendió históricamente que la libertad no consiste en la mera capacidad de optar entre el bien y el mal.

La tradición cristiana entendió históricamente que la libertad no consiste en la mera capacidad de optar entre el bien y el mal.

Qué es realmente la libertad

.Durante las últimas décadas, el término “libertad” quedó muchas veces asociado al liberalismo económico más radical: menos Estado, desregulación y autonomía individual. Pero esa reducción empobrece un concepto mucho más fecundo. La libertad atraviesa todas las dimensiones de la vida social: la cultura, la educación, el trabajo, la salud, la participación política y la organización comunitaria. No implica necesariamente ausencia del Estado, como tampoco supone estatismo absoluto. Una sociedad libre requiere instituciones fuertes, ciudadanía responsable y vínculos sociales sanos. El gran problema aparece cuando la libertad se transforma únicamente en un derecho individual desligado del bien común. Allí emerge el riesgo de una sociedad fragmentada donde cada uno busca salvarse solo. El Fratelli Tutti advierte precisamente sobre ese peligro. El Papa Francisco escribió:

“El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad”. Y agrega en uno de los pasajes más contundentes de la encíclica: “El individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones”. La frase interpela de lleno a las sociedades contemporáneas, donde muchas veces la libertad queda confundida con el consumo, el éxito económico o la autosuficiencia extrema. En nombre de la libertad, el mercado puede terminar mercantilizando dimensiones esenciales de la vida humana: la educación, la salud, incluso los vínculos afectivos y comunitarios.

Dar rienda suelta

En este punto resulta imposible no recordar las reflexiones del psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm en su célebre libro El miedo a la libertad. Publicada en 1941, la obra conserva una actualidad sorprendente. Fromm advertía que el ser humano moderno, una vez liberado de antiguas estructuras de autoridad, muchas veces no sabe qué hacer con esa libertad y termina escapando de ella. “El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando en realidad quiere lo que se supone que ha de querer”, escribió Fromm. La frase parece describir con precisión la cultura contemporánea moldeada por algoritmos, publicidad y redes sociales.

CHARLA
La frase interpela de lleno a las sociedades contemporáneas, donde muchas veces la libertad queda confundida con el consumo, el éxito económico o la autosuficiencia extrema.

La frase interpela de lleno a las sociedades contemporáneas, donde muchas veces la libertad queda confundida con el consumo, el éxito económico o la autosuficiencia extrema.

El individualismo radical es el virus más difícil de vencer

Para Fromm, la libertad auténtica no es aislamiento ni egoísmo. Por el contrario, sostenía que: “La libertad positiva consiste en la actividad espontánea de la personalidad total integrada”. Es decir, la persona solo es verdaderamente libre cuando puede desarrollarse plenamente en relación con los demás y no como un individuo encerrado en sí mismo. El gran drama moderno, según el autor, es que muchos buscan refugio en nuevas formas de sometimiento: el consumismo, el conformismo social o los liderazgos autoritarios. Otra de sus frases más conocidas resulta especialmente provocadora para el presente argentino: “El peligro del pasado era que los hombres fueran esclavos. El peligro del futuro es que los hombres se conviertan en robots”.

Fromm veía con preocupación una sociedad donde las personas creen ser libres mientras repiten mecánicamente deseos impuestos por la cultura dominante. La aparente autonomía puede ocultar nuevas formas de dependencia psicológica y social. La discusión sobre la libertad, entonces, no puede separarse de la justicia social. Surge así una pregunta inevitable: ¿puede existir verdadera libertad sin justicia? Formalmente sí. Una sociedad puede garantizar libertades individuales y al mismo tiempo tolerar desigualdades extremas. Pero una libertad exclusivamente formal corre el riesgo de transformarse en privilegio. Porque quien no accede a educación de calidad, trabajo digno, salud o alimentación adecuada difícilmente pueda ejercer plenamente su libertad.

La doctrina social cristiana insiste desde hace décadas en que las libertades sociales son tan importantes como las libertades individuales. No hay contradicción entre libertad y justicia cuando ambas están ordenadas al bien común. El problema aparece cuando una pretende eliminar a la otra. También la experiencia argentina reciente deja enseñanzas. Muchos ciudadanos rechazaron un modelo político que hablaba permanentemente de justicia social mientras crecía la pobreza y se deterioraban los servicios públicos esenciales. El fracaso de ciertas formas de populismo terminó generando una reacción pendular hacia discursos más radicalmente individualistas. Pero los extremos suelen tocarse: tanto el estatismo asfixiante como el individualismo absoluto pueden terminar debilitando la dignidad humana.

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La doctrina social cristiana insiste desde hace décadas en que las libertades sociales son tan importantes como las libertades individuales.

La doctrina social cristiana insiste desde hace décadas en que las libertades sociales son tan importantes como las libertades individuales.

La libertad necesita responsabilidad

También necesita comunidad y horizonte ético. Sin esos elementos corre el riesgo de convertirse en una palabra vacía o en un simple eslogan electoral. Fromm lo resumió con lucidez cuando afirmó: “No hay quizás fenómeno que contenga tanto sentimiento destructivo como la indignación moral, que permite actuar al odio y a la envidia bajo el disfraz de la virtud”. La frase también parece resonar en un tiempo atravesado por la polarización política y la agresividad permanente en redes sociales. Una sociedad libre no puede construirse sobre el resentimiento constante ni sobre la deshumanización del adversario.

La gran discusión del presente quizás no sea solamente cuánta libertad económica necesita una nación, sino qué clase de personas y de comunidad quiere construir. Porque la libertad auténtica no consiste únicamente en que nadie nos limite, sino también en tener la capacidad moral, social y espiritual de elegir aquello que hace más humana la vida compartida.

* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.