La paradoja de la corrupción: por qué justificamos algunos delitos y condenamos otros
El análisis, hace unos días atrás, de Mayra Arena, militante peronista y consultora política, sobre la corrupción en Argentina ha generado un debate que va más allá de lo político, tocando aspectos morales profundos en la sociedad. Arena se declaró “pro-corrupción en la obra pública” mientras criticaba las presuntas irregularidades del expresidente Alberto Fernández en la contratación de seguros a un bróker amigo.
Esta controversia nos lleva a una reflexión necesaria: ¿por qué algunos delitos, como la corrupción, son socialmente más aceptados, mientras que otros, como la violencia de género o el robo a mano armada, son duramente condenados?
La tolerancia social hacia la corrupción
La corrupción en la obra pública es vista por algunos sectores de la sociedad como un mal menor. La justificación radica en que, aunque sea ilegal, produce beneficios concretos, como la construcción de infraestructuras necesarias. Esta percepción refleja una realidad compleja en Argentina, donde se ha normalizado la idea de que el fin justifica los medios.
Un ejemplo de esta actitud se encuentra en el tango "Cambalache" de Enrique Santos Discépolo, con la frase "el que no afana es un gil." Este mensaje ilustra cómo ciertos delitos, aunque inmorales, se han integrado en la vida política y económica del país. La corrupción en la obra pública, entonces, se acepta como una práctica inevitable en un sistema donde obtener resultados prácticos es más importante que mantener altos estándares éticos.
La doble vara moral en la percepción de los delitos
La sociedad aplica una doble vara moral al juzgar distintos tipos de delitos, dependiendo de cómo se perciben y de los factores que influyen en esa percepción.
Delitos como la violencia de género generan indignación y empatía, ya que involucran a víctimas vulnerables y actos crueles.
Por otro lado, la corrupción, aunque tiene graves consecuencias sociales y económicas, se percibe como un problema sistémico, lo que dificulta la identificación de culpables específicos y crea una sensación de impotencia. Además, los medios de comunicación tienden a representar los delitos de manera diferente, lo que afecta nuestra percepción. La violencia de género se presenta de forma personal y conmovedora, mientras que la corrupción se muestra a través de cifras y esquemas complejos, lo que disminuye la condena social hacia este tipo de delitos.
La escala de aceptación social de los delitos
Los delitos pueden ubicarse en una escala que refleja cómo la sociedad los percibe y reacciona ante ellos. En la cúspide de esta escala están aquellos delitos que son unánimemente condenados, como el asesinato, los delitos contra la integridad sexual y el robo a mano armada. Estos crímenes son vistos como violaciones directas e imperdonables de los derechos humanos.
En un nivel intermedio se encuentran delitos con una percepción más ambivalente, como la corrupción, los relacionados con drogas y los delitos informáticos. La corrupción, por ejemplo, es condenada en principio, pero puede ser justificada o tolerada si se percibe que produce beneficios tangibles para la comunidad.
Finalmente, en la base de esta escala están los delitos que, en ciertos contextos, son tolerados o incluso celebrados. Los linchamientos, aunque ilegales y moralmente cuestionables, son vistos en algunas comunidades como una forma de justicia inmediata cuando el sistema legal es percibido como ineficaz o corrupto.

¿Por qué algunos delitos se toleran y otros se repudian?
La percepción social de los delitos varía según su contexto y las implicaciones para la comunidad. Algunos, como la corrupción en la obra pública, son tolerados porque, aunque implican desvío de fondos, se logran beneficios tangibles como escuelas u hospitales. Esto refleja una resignación colectiva ante la falta de alternativas. Otros delitos, como el asesinato, generan un repudio unánime debido a su impacto directo y dañino en las víctimas, sin posibilidad de justificación.
Finalmente, ciertos actos delictivos, como el linchamiento de un ladrón, pueden ser celebrados cuando se perciben como una forma de justicia directa y defensa comunitaria. Esta variabilidad en la respuesta social subraya las tensiones y contradicciones en la moralidad colectiva, y muestra cómo los valores y la justicia social moldean nuestra percepción de lo que es legal o moral.
* Lic Eduardo Muñoz. Criminólogo y criminalista. Especialista en prevención del delito. Consultor de seguridad integral
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