Una por una, quiénes fueron las víctimas en el atentado a la AMIA
El 18 de julio de 1994, a las 9.53, una bomba se llevó 85 personas que en ese momento estaban en el edificio de la Asociación Mutual Israelita (AMIA). El atentado a la AMIA fue el segundo contra la colectividad judía en la Argentina que perpetraron fundamentalistas del Islam en su accionar terrorista y el más grande ataque antisemita fuera de Israel desde la Segunda Guerra Mundial.
El horror abordó a los argentinos que aún masticaban la bronca de banalidades como el Mundial de 1994 que acababa de ganar Brasil o las restricciones para circular por el Microcentro en autos particulares. En medio del trajín de cada mañana porteña, los diarios que contaban la definición por penales en el Rose Bowl, un estruendo sorprendió a los vecinos y la nube de humo se elevó como un hongo.
No estaba muy claro que había pasado, pero hacía recordar al ataque a la embajada de Israel, como así también a los tiempos más oscuros de la historia argentina. Una camioneta cargada de explosivos había sido detonada para destruir y asesinar a 85 personas que, pertenecientes o no a la colectividad, estaban en el edificio de la AMIA en ese momento. Vidas que se terminaron de un momento a otro, gente que trabajaba allí sin tener ni un solo vínculo con las discusiones de los poderosos.
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Los fallecidos en el atentado a la AMIA no fueron solo trabajadores de la entidad o personas que asistieron al lugar para hacer algún trámite particular en la mutual. También hubo trabajadores que se encontraban allí realizando tareas de mantenimiento, peatones, vecinos y trabajadores de las inmediaciones del edificio que estaban en sus quehaceres diarios.
Los trabajadores de la AMIA asesinados por el atentado
La AMIA, dentro de todos sus servicios de asistencia, tiene un equipo de trabajo de servicio social, el cual tuvo un nutrido grupo de víctimas en el atentado. En aquella trágica mañana fallecieron Silvana Alguea de Rodríguez, que hacía ocho meses había dado a luz a su hija; Yanina Muriel Averbuch, que desempeñaba labores como secretaria ejecutiva del sector y estudiaba traductorado de inglés; Noemí Graciela Reisfeld, se había exiliado en España en los setenta y volvió al país para tener a sus hijas; y Marta Treibman, empleada administrativa del servicio social de AMIA.
Cinco personas que desempeñaban tareas de seguridad y vigilancia murieron ese días: Naum Band, Carlos Hilu, Gregorio Melman, Ricardo Hugo Said y Mauricio Schiber. Además, dos víctimas correspondían al sector de maestranza: Olegario Ramírez y Jacobo Chemauel, quien fue rescatado vivo del sótano luego de estar 30 horas entre escombros y murió tres días más tarde.
Del el sector de sepelios, fallecieron seis personas: Claudio Ubfal y Norberto Ariel Dubin, jefe y subjefe del sector, y los empleados Fabían Furman, José Enrique Ginsberg, Agustín Diego Lew y Rita Worona. También, de otro servicio clave ofrecido por la AMIA, como la bolsa de trabajo, fallecieron Julia Susana Wolynski de Kreiman, responsable, Marisa Raquel Said y Dorita Belgorosky. Aquella mañana, fueron asesinados el mozo Naón Bernardo Mirochnik, la telefonista Rosita Perelmutter: Jaime Plaksin del departamento de cultura y Mirta Strier del Centro Marc Turkow.
También fallecieron trabajadores de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA): Viviana Adela Casabé, Cristian Degtiar y Cynthia Verónica Goldenberg. Al mismo tiempo, fallecieron María Lourdes Jesús y su hijo Augusto Daniel, que asistían a un curso de cuidado de personas que patrocinaba la AMIA. El cuerpo de este último fue reconocido 22 años después del accidente gracias a la investigación de restos sin identificar.
Fueron a buscar trabajo y terminaron asesinados por el terrorismo
Un gran grupo de las víctimas fueron personas que esperaban encontrar trabajo inscribiéndose en la bolsa de trabajo de la AMIA, muchos de ellos estudiantes jóvenes y también algunos que iban acompañados. Moisés Gabriel Arazi, que estudiaba para ser analista de sistemas, Emiliano Brikman, que era un estudiante de 20 años que buscaba un nuevo trabajo para tener un salario mejor y aportar en su casa, Faywel Pablo Dyjament, sastre que soñaba con un nuevo trabajo, y Mónica Feldman de Goldfeler, que con 39 años y dos hijos esperaba encontrar un neuvo empleo.
Ingrid Finkelchtein fue a buscar trabajo con la compañía de su madre Leonor Amalia Gutman, su íntima amiga Carla Andrea Josch y la hermana de la misma, Analía Verónica Josch. También la maestra jardinera de 28 años Andrea Judith Guterman; Silvia Leonor Hersalis, que buscaba empleo para sostener a su familia; María Luisa Jaworski, su hijo filmó los momentos posteriores al atentado sin saber que ella estaba allí; Esther Raquel Klin, hija de polacos que huyeron de Europa durante la persecución nazi; León Knorpel, de quien nunca apareció el cuerpo; Ileana Mercovich, estudiante de diseño de indumentaria y fotógrafa; Silvia Portnoy, cosmetóloga que había iniciado los trámites para mudarse a Israel; Graciele Berelejis de Toer, había ido a la bolsa de trabajo junto a su hija Mariela Toer.
Electricistas y albañiles que refaccionaban la AMIA
El edificio se encontraba, en cierta parte, en obra. Andrés Gustavo Malamud era el arquitecto que se encontraba a cargo de las refacciones en la AMIA. A cargo suyo estaban Carlos Avendaño Bobadilla, David Barriga, Hugo Norberto Basiglio, Gabriel Buttini, Martín Figueroa, Erwin García Tenorio, Fernando Roberto Pérez, Juan Vela Ramos, Eugenio Vela Ramos, Rimar Salazar Mendoza, Néstor Américo Serena, Danilo Villaverde y Adhemar Zárate Loayza. Muchos de ellos, inmigrantes que llegaron al país en busca de mejores oportunidades.
Personas de la colectividad y peatones que estaban en la zona
La explosión no solo afectó al edificio, sino que terminó con la vida de personas que se encontraban en la zona, como también a otros que se encontraban circunstancialmente en el edificio. Los que, por azar, aquel día estaban en el edificio eran la estudiante de abogacía Paola Sara Czyzewski, como así también Javier Tenenbaum, abogado de Jabad que se encontraba tramitando el shloishim (duelo) de su padre. Aquel día, Luis Fernando Kupchik, fue a tramitar el sepelio de su padre acompañado de Elías Alberto Palti y sus primos Fabián Gustavo y Pablo Néstor Schalit, también fallecidos.

Por la vereda de Pasteur, al momento de la explosión pasaban caminando el niño de cinco años Sebastián Barreiros junto a su madre; Betty Behar de Jurin, dirigente de la Organización Sionista Femenina Argentina y obstetra, la joven Romina Ambar Luján Bolan que iba a inscribirse en la Facultad de Ciencias Económicas, las peatones Emilia Jakubiec y Elena Sofía Kastika, esta última de origen sirio, Berta Kozuk de Losz que se dirigía a su trabajo, la vendedora Mónica Graciela Nudel que bsucaba mercadería por la zona, Félix Roberto Roisman que se dirigía a su trabajo en el Hospital de Clínicas y Juan Carlos Terranova, un distribuidor de alimentos que trabajaba junto a su hijo Sergio, que se salvó por ir a llevarle el vuelto a un cliente.
Vecinos a los que el atentado a la AMIA les arrancó la vida
La zona donde se encuentra la sede de la AMIA es un sector concurrido, comercial y residencial, por lo que había muchos locales y vecinos que también fueron asesinados por el atentado. Justo enfrente funcionaba la imprenta Chiesa y Galarraga, que fue destruida por la explosión y de allí fallecieron su dueño Guillermo Benigno Galarraga y los empleados Favio Enrique Bermúdez y Liliana Edith Szwimer. También murieron Jorge Antúnez, empleado de un bar cercano que con 18 años estudiaba para terminar el primario, el panadero Alberto Fernández y el encargado de un edificio, Ramón Nolberto Díaz.
Además fallecieron vecinos del edificio: Diego de Pirro, un estudiante de Ciencias Económicas que se encontraba hablando con un amigo; el artista plástico y escenógrafo Germán Parsons, que tenía gran participación en películas de la época; Gustavo Daniel Velázquez y su madre Isabel Victoria Núñez, vecinos del edificio donde trabajaba Ramón Nolberto Díaz.