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El relato del joven que durante una semana levantó escombros en la AMIA: "La gente seguía yendo al cine y al boliche"

A tres décadas de la voladura, aún recuerda cada detalle de esos fatídicos días de julio de 1994, escavando entre una tragedia que hasta hoy sigue impune.

Una montaña de escombros y cuerpos, el olor a muerte y tierra removida, la sensanción de una nueva injusticia y el sabor de otro atentado antisemita. Durante aquel 18 de julio de 1994, con tan sólo 24 años, Sebastián Sucari maniobró para llegar al edificio de la AMIA, o lo que quedaba de él, y tras largas horas observando anonadado los restos de una tragedia planeada, comenzó a ayudar. 

"¡Volaron la AMIA!", se anunciaba hacía 30 años atrás, mientras sirenas de policías, ambulancias y bomberos viajaban con extrema urgencia hacia el lugar. Justo como había ocurrido en 1992 con la Embajada de Israel. De hecho, durante ese primer ataque terrorista, a Sucari se le había prohibido acudir: "Le pregunté a mi papá: ‘¿No te parece que tengo que ir yo a ayudar?’, y me dijo que no". 

El atentado sucedió el 18 de julio de 1994, a las 9:53 horas. Foto: Télam

Sebastián, de origen judío aunque sin considerarse uno, siempre sintió el impulso por ayudar y, además, acababa de recibirse de guardavidas de la Cruz Roja. Sin embargo, según contó a MDZ, en aquel entonces optó por hacerle caso a su padre y permaneció en su departamento. Sólo en aquel entonces. 

Atentado a la AMIA: el relato del voluntario

"Para 1994 yo ya tenía 24 años, trabajaba con mi papá. Teníamos un negocio en Caballito, sobre avenida Rivadavia", recordó Sucari. Justo al lado del comercio estaba el Sanatorio Antártida, cuyo dueño conocía. Cuando se desató el atentado a la AMIA, el muchacho se dirigió hacia una de las ambulancias que iba a la calle Pasteur 633 para intentar persuadir al hombre de que lo llevara. La negativa fue contundente.

No lo dudó y se movió en Subte en dirección a "Once". "Fue como empezar una transformación. Me acuerdo bien; me bajo de la estación y empiezo a caminar por avenida Corrientes, que había gente caminando con palas, baldes. Era como ver caras extrañas. Parecía una guerra, sí, era como empezar a vivir una guerra", señaló.

Él no conocía el edificio de la Asociación; había pasado incontables veces y jamás le prestó atención, hasta aquel día. Fue como estar una película, o así lo recuerda. Era una montaña de escombros, gritos, polvo, ambulancias y un pasamanos de baldes. A medida que se acercaba, iba tomando dimensión de lo que era: un atentado terrorista. Para cuando se dio cuenta, estaba arriba del derrumbe sacando piedras y cuerpos, y esa noche ya no regresó a su casa.

Lo vivido se le tatuó en la memoria permanentemente: "Sacaba piedras grandes, otras chicas. Ese día me acuerdo de ver a una mujer dada vuelta ahí al frente mío, parecía un muñeco. No había gente viva. Es al día de hoy que ciertos olores me trasladan a ese lugar. Olía a escombro, muerto, tierra removida; un olor muy raro y especial que no se me olvida". 

Sebastian Sucari levantó los escombros de la AMIA voluntariamente. Foto: Gentileza

Cree que fue al tercer día cuando llegó un escuadrón israelí con perros especiales. Uno de los militares se acercó a él y, al enterarse de que habla hebreo, lo adoptó como su aliado: "Yo te quiero al lado mío, quiero que seas mi mano derecha, que mires a toda la gente que está acá supuestamente ayudando y me avises cualquier cosa". Es así cuando tomó conciencia de que, bajo esos cimientos, también había documentación, cajones con plata y cajas fuertes. Debía estar alerta a toda actitud sospechosa.

Estuvo una semana trabajando, hasta que los escombros quedaron casi a la altura del asfalto. Sacaba cadáveres, miembros, piedras, objetos. Entre medio de ese labor como voluntario, vio al pasar a un amigo suyo. Este dato no es menor, ya que tiempo después se enteró que la hermana de él, de 21 años, había muerto en el atentado tras ir a la bolsa de empleo de la sede, pues quería ahorrar y casarse con su novio.

Ileana Mercovich, una de las víctimas del atentado a la AMIA, hermana del amigo de Sebastián. Foto: Gentileza

Y es que la desgracia también tomaba forma al ver llegar a las familias de las víctimas; con casi nulas esperanzas de hallar a sus seres queridos con vida, encontraban algo de alivio de sólo conseguir sus cuerpos. Aquellas personas que durante la explosión se encontraban en los pisos más bajos sufrieron más las consecuencias de este impacto. Otros tantos lograron sobrevivir, como un conocido suyo que durante la explosión estaba en uno de los ascensores. 

El mundo siguió girando

Regresó pocas veces a su hogar para comer, bañarse y descansar. Su compromiso era total y genuino. "Yo creo que mis papás habrán estado orgulloso de lo que hacía, pero no lo hice por los demás, yo lo hice por mí, porque lo sentí. Yo no fui para un reconocimiento de nada ni de nadie, y mucho menos ahora que pasaron 30 años. Yo no esperaba nada a cambio, y creo que si uno hace las cosas para ayudar jamás se va a equivocar", opinó. 

Entre tanto y tanto, durante esos días fríos de julio, subía la cabeza y veía los edificios alrededor de la zona afectada: los frentes estaban destruidos y los vecinos se las iban ingeniando para arreglar lo que podían. Pero eso no fue lo único que vio: a menos de una cuadra había gente dirigiéndose a los cines o saliendo a los boliches.

Por el atentado murieron 85 personas y hubo 300 heridos. Foto: AMIA

Risas, chistes, bailes. Su alegría desconocía o ignoraba que, a pocos metros, continuaban descansando los cadáveres de algunas de las 85 víctimas que se cobró la voladura. Sucari mientras tanto continuó sacando escombros, y encontrando cuerpos y miembros de personas que perdieron la vida injustamente.

"Sentía que todo el país era antisemita", el relato de Sebastian Sucari

En un lapso de dos años, la comunidad judía había sufrido dos atentados en Argentina. "Sentía que vivía en un país 100% antisemita, sin escrúpulos. Me pasó lo mismo cuando fue lo de (Alberto) Nisman", añadió. El fiscal, que investigaba la Causa AMIA, fue hallado sin vida en su departamento en enero del 2015, cuatro días después de denunciar a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros funcionarios por presunto encubrimiento.

Luego, cuando estalló la guerra en Franja de Gaza en octubre del año pasado, un sentimiento similar despertó en él. "Soy de origen judío, no me considero judío, pero creo que, como todo en la vida, meterse con las minorías es más fácil. Sinceramente no sé y no entiendo de dónde sale ese odio a la comunidad", apuntó. Le parece mentira, aunque sucede, que al día de hoy hay quienes niegan el Holocausto o a los 6 millones que fueron asesinados en este.

Mientras Sucari llegaba a su trabajo durante esta entrevista, reconoció que su participación como voluntario en 1994 no es una anécdota que cuente con orgullo ni mucho menos. Por el contrario, prefiere hablar de que es deportista y de que este año participará del Teatlón. Pero a 30 años de dicha tragedia, le cuesta dejar de lado el contexto nacional e internacional actual.

Este jueves 18 se cumplen 30 años del atentado a la AMIA.

"La gran mayoría de las personas del mundo no entienden. Las guerras en Ucrania, en Gaza, el atentado a las Torres Gemelas, el asesinato de Nisman, sucede porque hay intereses de por medio. Ambas bombas (a la embajada de Israel y a la AMIA) tuvieron muchísimo apoyo de un montón de personas, no es fácil hacer un atentado. Policías, vendedores de bombas, quienes permitieron que llegaran los terroristas al país. Pero es más fácil tener un pueblo ignorante que mantienen entretenido con mundiales y copas cada tanto", señaló con la voz cargada de frustración.

Recién este año, a tres décadas del peor atentado en la historia de Argentina, el máximo tribunal penal del país dio por probado que Irán estuvo detrás del ataque. La Cámara Federal de Casación también confirmó que fue perpetrado por la organización armada islamista Hezbolá, declarándolo como un crimen de lesa humanidad. 

"Si después de 30 años recién empezaron a atribuir el atentado a los iraníes, es una tomada de pelo", dijo indignado, y sumó: "Hay acuerdos que jamás sabremos que existieron. Las drogas y las armas mueven fortunas. No es nada más que la ambición desmedida de la gente por el dinero. Creo que estamos cada vez más cerca de una guerra mundial, de la destrucción de todo. La agresividad se ve en la calle, al manejar y caminar". 

El atentado sucedió el 18 de julio de 1994, a las 9:53 horas. Foto: NA

La causa AMIA atravesó ya ocho gestiones presidenciales, y va por la novena. No son sólo 30 años de un ataque, sino también de impunidad y ocultamiento, que quedaron tatuados en la historia argentina con sangre de inocentes. De momento, el Gobierno de Javier Milei presentó un proyecto de Ley para introducir la modalidad de juicio en ausencia. 

Su objetivo es modificar el Código Procesal Penal y el Código Procesal Penal Federal, para poder juzgar a imputados que no se encuentran presente en el proceso. Será válido para delitos de lesa humanidad, terrorismo y proliferación de armas de destrucción masiva. En otras palabras, se quiere enjuiciar a los libaneses e iraníes prófugos en la causa por el atentado a la AMIA, cuyas 85 víctimas fatales al día de hoy no encuentran justicia.