La hazaña del soldado helicopterista de Malvinas: "Fue como estar en el infierno"
Cuarenta y dos años atrás, aquel 2 de abril de 1982, los noticieros y los diarios anunciaban el desembarco de las Fuerzas Armadas en las Islas Malvinas, con el fin de recuperar el territorio que las fuerzas británicas habían ocupado -ilegalmente- desde 1833. En medio de la dictadura, se prometía una gesta libertadora en el sur, para la cual más de veinte mil soldados de todo el país iban a ir a luchar por la soberanía de las islas. Muchos de ellos fueron convocados por el listado del Servicio Militar Obligatorio que regía en el país en ese tiempo, mientras que, otros, se sumaron como voluntarios, con la certeza de querer luchar por la patria.
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“¡Viva la patria!”, gritaban los jóvenes reunidos en diferentes puntos del país, celebrando la llegada de las FFAA a las islas, con la fe de que la reconquista del territorio sería inminente. “Wow, ¡recuperamos Malvinas!”, exclamó con sorpresa, Antonio Emilio Falcón, el ahora veterano de Malvinas, al oír la noticia. Antes de 1982, las docentes enseñaban en las escuelas que las Malvinas eran -y son- argentinas, y, ese 2 de abril, gran parte de la población así lo sentía. “El 2 de abril, fuimos con mi papá y unos compañeros de estudio a la Plaza de Mayo; a Retiro no pudimos llegar porque era impresionante la cantidad de gente que había. Recé y se veían todos contentos”, recordó Falcón, en diálogo con MDZ.
Pero a Antonio algo le preocupaba. “¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Qué iba a hacer Inglaterra?”, pensaba. Sucede que, un año atrás, el muchacho de tan solo veinte años había entrado al servicio militar obligatorio con la clase 62, como ciudadano en el batallón de aviación de combate 601, que es el helicóptero en Campo de Mayo. Impresionado por esa aeronave, se decidió a ser helicopterista en la Fuerza Aérea, tras haber egresado como dragoneante. Se anotó en la Escuela de Suboficiales General Lemos, con el fin de egresar como subteniente de comisión y poder volver al Batallón de Aviación de Combate. Finalmente, en diciembre, su anhelo comenzó a cumplirse, cuando le ofrecieron prepararlo como soldado dragoneante antártico y realizar la Campaña Antártica. “Era la única forma de que un ciudadano pudiera conocer nuestro continente blanco”, reconoció en ese momento y aceptó la oferta.
En la Campaña Antártica aprendió todo lo que sabe de helicópteros, en compañía de su camarada, el también dragoneante, Sergio Hernández. Estuvieron todo un verano conociendo las bases de la Fuerza Aérea en ese continente, viajando en el rompehielos ARA Almirante Irízar, seguidos por el buque polar ARA Bahía Paraíso (B-1). “Todos los días aprendía un montón de cosas que me enseñó el ejército argentino: la camaradería, la amistad; eso que después se vio en Malvinas”, manifestó el ex combatiente, y relató: “A fines de marzo vamos a Ushuaia. Se juntan los dos barcos. Un helicóptero -el Alfa Eco 504- se traslada al Bahía Paraíso, que es el que luego va a la isla Georgias; y el otro helicóptero, el 502 -donde yo estaba como soldado auxiliar- tenía una avería, entonces había que bajarlo al aeropuerto de Ushuaia. No sabíamos que después las operaciones iban a seguir en Georgias”.
Finalizado el periplo de la Campaña Antártica, Antonio regresa a Campo de Mayo, en el partido de San Miguel y, a los pocos días, resuena la recuperación de las Islas Malvinas. Pero lo que parecía ser una buena noticia, cambió completamente al enterarse de la baja del primer helicóptero argentino en la zona del conflicto. “El 3 de abril nos enteramos que es derribado un helicóptero, justo en el que estuvimos nosotros en la Antártida, el 504. Gracias a Dios no hubo pérdida de aviación, de objetos, pero sí mueren dos soldados de Infantería 1 y el cabo Patricio Guanca. Ya teníamos caídos”, contó con pesar.
Enseguida, su mente se nubló con pensamientos y preguntas para las que nadie tenía respuestas. Dudaba si su unidad participaría en el conflicto bélico o no. Llamó a Campo de Mayo, intentando ayudar. No le atendieron. Pero, esa falta de respuesta no fue un impedimento para que, el 4 de abril, se levantara resuelto a presentarse como voluntario en la guerra. “Le dije a mis padres que me iba a Campo de Mayo para ver en qué se podía ayudar”, aseveró el helicopterista. Llegó a Campo de Mayo, donde, desde la parte administrativa civil, lo pusieron a redactar listados. “Así fue la noche del 4, pernocté ahí y el 5 a la mañana le avisé a mis papás que me iba a quedar”, relató.
Mirá la entrevista con Antonio Falcón
Falcón, ya había anunciado ante las autoridades su aspiración por ir a Malvinas, sin aún tener respuesta, ya que nadie sabía nada: “Había un batallón que se estaba preparando; sabíamos que había mucho movimiento, pero no que iría a Malvinas. Yo le preguntaba al teniente primero si iría a Malvinas, pero no había información. Justo me da un papel muy reservado para que lo pase a máquina; eran un par de copias con un listado de personas, y veo mi nombre con un indicativo de los pilotos. Decía Antonio Falcón, soldado dragoneante, encargado del pelotón personal, Luján. Le dije al teniente: ‘Vamos para Malvinas’, y él me respondía: ‘No, vamos al sur. No es tu problema’”.
El calendario marcaba el 6 de abril, cuando obtuvo una licencia para irse a despedir de los suyos, antes del 7 de abril, día en el que partirían al sur. “Esa noche no pude dormir. El 7 a la madrugada, me llevó mi papá con un vecino italiano, muy amigo de él, porque en ese entonces no teníamos el coche, estaba roto. Me despidió con un abrazo y no lo volví a ver hasta mi regreso, el 16 de junio. El partir fue muy fuerte; los dos -mamá y papá- contuvieron las lágrimas, pero estaban muy emocionados. El abrazo con mi viejo nunca me lo olvido”, contó con un poco de nostalgia en su mirada.
Esa fría mañana, se encontró con que ya le habían designado el equipo, la ropa de combate, el buzo de vuelo y la campera, el armamento, y la caja con cosas administrativas; todo lo necesario para ser el auxiliar del segundo jefe de unidad, el coronel Roberto Yanzi, durante la guerra. Partieron de Campo de Mayo con 19 helicópteros; él, como muchos otros, viajaron como voluntarios: “Me incorporé voluntariamente, así como muchos de la unidad a la que pertenecía, para defender a la patria”.
Los helicópteros en Malvinas, y el día que derribaron un Harrier
Desde aquel 7 de abril, cuenta Falcón, hicieron varios viajes en el Hércules, para trasladar a los helicópteros Bell UH-1H desde Comodoro Rivadavia hasta Puerto Argentino. El día 23 desembarcaría, definitivamente, su unidad en la tierra de Malvinas. El frío y el viento del venidero invierno ya calaba en sus pieles, mientras crecía la incertidumbre respecto a un posible ataque inglés. “Recién el primero de mayo recibimos y vimos los ataques en el aeropuerto y después en Darwin. Ahí nos dimos cuenta de que la guerra estaba acá”, confesó el veterano.
Lo que en un momento fue una euforia colectiva por salir a luchar en conjunto, se transformó en una forma de supervivencia, donde primaba la unidad. Debían hacer las mejores estrategias para cuidar a los suyos, seguir con vida y dar batalla. Desde la sección de helicópteros, se encargaron de trasladar a los soldados, reunir a las tropas de todas las unidades, buscar y rescatar a los heridos y desamparados, luchar contra el fuego y vigilar cuando fuese necesario.
Sin embargo, la Fuerza Aérea Británica los sorprendió con uno de los ataques que más conmocionaron a los soldados argentinos. Se trató del ataque al barco pesquero Narwal, que había sido destruido. El 9 de mayo, el teniente primero Roberto Fiorito, teniente primero Juan Carlos Buschiazzo y un sargento volaron en el helicóptero Puma 505 para ir a rescatar a los sobrevivientes del barco. “Ellos habían estado con nosotros la mañana antes, volaron esa tarde y no volvieron. Y eso nos tocó muchísimo. Al día siguiente se los buscó, pero el helicóptero ya se había derribado; no sobrevivieron. Sabíamos de muchas unidades que habían perdido personal y nos enteramos del hundimiento del crucero ARA General Belgrano. Pero esa nos tocó de cerca”, sostuvo.
La muerte acechaba y el temor por ella no hacía más que crecer con el correr de los días. Muchos se aferraron a su fe en dios; otros, a la familia, novia y amigos que esperaban en su ciudad. Antonio, rezaba cada noche con el rosario y la imagen de San Antonio de Padua en la mano. Pero nunca tuvo más miedo como el 21 de mayo, cuando su unidad fue atacada por dos aviones Harrier en Monte Kent, a menos de 50 metros de altura.
“Yo siempre identifiqué a ese avión como la muerte. Vi lo que era un Harrier por primera vez en mi vida, y la forma en la que nos tiró. Nosotros estábamos en tierra con todos los helicópteros, destruyeron dos helicópteros, averían otro”, detalló Antonio, contando que estuvieron a la altura del ataque, contraatacando hasta vencer al Harrier: “Nosotros tiramos boca arriba a fuego reunido, o sea, todos los proyectiles. Y, la verdad, todos teníamos una aceleración a nivel personal, que era, de por sí, por el miedo y porque no sabíamos qué iba a pasar. Pero reaccionamos”.
Así fue que sobrevivieron, tras haber realizado toda una hazaña en plena guerra de Malvinas, atacando al Harrier que vieron por primera vez en sus vidas. Aun así, los momentos de terror no cesaban, por lo que debían estar preparados para la defensiva. “En todo lo que fuera vuelos de helicópteros teníamos miedo porque éramos como un pajarito, volando a 15 metros desde la tierra; no es nada en el cielo de Malvinas. El tema eran los patrulleros de combate que estaban sobrevolando arriba de nosotros con los aviones. El que decía que no tenía miedo era mentira, porque pensábamos que en cualquier momento nos iban a derribar”, formuló.
Siete días más tarde, el 28 de mayo, Falcón vivió otra pesadilla en medio de la batalla. Los helicópteros debían trasladar a la compañía B del regimiento 12 a Puerto Darwin, en medio del combate que se llevaba a cabo a unos kilómetros. En esa misión, le tocó desempeñarse como artillero de puerta, por primera vez, del helicóptero AE 413. “Cuando bajamos a los soldados, era como si hubiéramos estado en el infierno. Tiraban muy cerca del helicóptero con el motor en marcha. La muerte la teníamos ahí, muy cerca”, reconoció.
Lo que dejó Malvinas
“Malvinas, a todos nosotros nos marcó. La mayoría éramos adolescentes, en ese momento, con la adrenalina a mil, pero nos marcó hasta ahora mismo que ya somos grandes, y en nuestra cabeza hay algo siempre”, dijo Antonio. Un año después de la Guerra, Falcón tuvo la suerte de encontrar trabajo en el Banco Nacional de Desarrollo. Para poder ingresar, le pedían un examen psiquiátrico, por lo que estuvo mano a mano con un psicólogo y un psiquiatra, por primera vez en su vida. Sin embargo, la experiencia no fue nada grata, ni reveladora para el veterano. “Fue la primera decepción que tuve, porque ningún psicólogo entendía lo que era Malvinas”, recordó, diciendo que el psicólogo criticó su accionar y se burló de la derrota.
“Yo soy familiar de Miguel Ángel Falcón, mi primo, muerto en combate el 12 de junio. Nos enteramos recién en septiembre u octubre, por medio de mi tío, de que no volvió. Es uno de los que están allí, entonces lo viví en carne propia. A los 15 días, volví al psicólogo, ya con estrés post traumático, y le digo: ‘En base a lo que usted me dijo el otro día, yo me puse a pensar’. ‘¿Y qué pensaste, en qué yo tengo razón?’, me preguntó y le dije: ‘No, usted mientras estaba acá calentito, fumando, nosotros estuvimos allá defendiendo la patria’”, vociferó.
Tras ello, estuvo internado una semana en Campo de Mayo por estrés post traumático. Y, al regresar, se enfocó en el gimnasio, como así también a hacer terapia con otros profesionales más dispuestos a hablar de Malvinas y, malvinizando, tarea que sigue hasta la fecha. “Ahí vamos sobreviviendo, cada uno con su carga, que nos hizo pensar un montón de cosas. Después, la desmalvinización tiró mucha gente abajo, hubo suicidios. Seguimos con esa carga, pero tenemos una responsabilidad y es contar que nos sentimos orgullosos de haber defendido a nuestra patria, y somos los voceros de nuestros héroes del bronce que están allá. Y eso es lo que nos mueve, a mí me mueve mi primo desde siempre. Siempre el 2 de abril, nuestra tarea es esta”, concluyó Falcón.