Sexualidad

Sexting: el origen de una tendencia que puede resultar peligrosa

El acceso ampliado a la tecnología junto con la enorme capacidad de distribución de Internet, hacen que el “sacarse fotos y compartirlas” pueda practicarse con una facilidad nunca antes experimentada.

Valentina Arias sábado, 20 de abril de 2024 · 11:00 hs
Sexting: el origen de una tendencia que puede resultar peligrosa
El sexting es el envío voluntario de fotos, videos, audios y mensajes, de carácter erótico, sensual y sexual, a través de cualquier medio tecnológico Foto: Shutterstock

El sexo virtual o "sexting" se convirtió en una práctica muy común entre jóvenes y adultos. A nivel mundial, millones de personas utilizan los chats de las redes sociales para enviar fotos "subidas de tono" aprovechando la espontaneidad de los sistemas de mensajería para "jugar" eróticamente con su pareja sexual.

La expresión “sexting”, recientemente añadida al Diccionario de la Real Academia Española, está conformada por la contracción de las palabras en inglés sex (sexo) y texting (enviar mensaje de texto) y refiere a una práctica específica: usar la cámara del teléfono para producir imágenes sexuales propias y después compartirlas con otras personas, generalmente a través de WhatsApp o redes sociales. Para quienes viven al margen de este fenómeno, escuchar hablar de sexting puede generar sorpresa y perplejidad pero lo cierto es que, desde hace más de dos décadas, existen investigaciones que analizan su recurrencia y características.

De hecho, los cruces entre tecnologías de la imagen y sexualidad tienen una larga historia; los retratos en color pastel del siglo XVIII (usados en los acuerdos matrimoniales burgueses para que los pretendientes se conocieran entre sí, como una especie de “proto-Tinder”), las cartes- de-visite de la época victoriana (pequeñas fotografías personales pegadas a un cartón que se intercambiaban entre amigos y pretendientes), los daguerrotipos con imágenes de mujeres desnudas (que, al comercializarse, inauguraron el negocio de la pornografía), las cámaras Polaroid (que permitían producir fotos eróticas evitando pasar vergüenza al ir a una casa de revelado), las videograbadoras y el VHS (y la inédita posibilidad de dirigir e incluso protagonizar coreografías sexuales en el ámbito doméstico) y, el último capítulo de esta saga, los medios digitales e Internet, que modificaron una vez más las formas de producir, circular y consumir contenido sexual.

El acceso ampliado a los teléfonos inteligentes, su portabilidad, la gratuidad de la fotografía digital junto con la enorme capacidad de distribución de Internet, hacen que el “sacarse fotos y compartirlas” pueda practicarse con una facilidad nunca antes experimentada. Más allá de los cambios tecnológicos, hay una serie de características sociales y culturales que también influyen en el sexting. Hoy, cuesta comprender el erotismo que implicaba el intercambio de las cartes-de-visite de los victorianos y ver un cortometraje “pornográfico” filmado en 1896 despierta más risas que ardores sexuales. Esto es así porque el concepto de “erótico” o “pornográfico” se construye y define en relación directa con la época histórica y la sociedad en la que nos encontremos. ¿A qué le llamamos hoy una “imagen pornográfica”?

“Cultura sexualizada” o “cultura pornificada” son nombres con los que se busca describir cierto estado de las cosas: ya sea en productos de la cultura mediática o en prácticas como el sexting o las formas de presentarnos en redes sociales, imágenes de variable tenor sexual circulan sin mayor resistencia, con una progresiva extensión y naturalización. Frente a esta situación, encontramos posiciones celebrantes (quienes aplauden este avance en términos de mayor libertad y apertura mental) y posiciones críticas (quienes se alarman y denuncian cierta “degradación” de la cultura). En el medio, hay posiciones matizadas que, antes que celebrar o condenar sin más este rasgo de la cultura, se preguntan por sus límites y contradicciones: la sexualización de la cultura, lejos de ser un fenómeno homogéneo, está atada a sesgos de género, edad, clase social, orientación sexual, estética.

Por ejemplo, como describe la investigadora Silvia Elizalde, la imagen sexual de una joven suele tener diferentes lecturas según su clase social: una chica de sectores altos que se muestre de forma erótica tiende a ser percibida como liberada de prescripciones morales y empoderada para mostrar su cuerpo; por el contrario, si la joven pertenece a sectores populares, la lectura se torna alarmista y se la percibe como alguien moralmente reprochable o “en riesgo” (de contraer enfermedades, de embarazarse, de ejercer la prostitución, etc.) El tipo de cuerpo que se muestra en la imagen también ofrece lecturas contrapuestas, en relación a cuán cerca o lejos se encuentra de los parámetros de belleza imperantes.

La llegada de los medios digitales y la sexualización de la cultura permiten entender, al menos en parte, la popularidad actual del sexting. Los discursos sociales acerca del fenómeno también suelen aparecer bastante polarizados. Por un lado, encontramos quienes entienden que estas prácticas son testigos de la liberación sexual y por lo tanto, siempre deseables y enriquecedoras (las revista “para chicas” suelen publicar notas en esta línea, al estilo: “Tips para sacarte las mejores fotos hot”). En la vereda opuesta, están aquellos discursos construidos desde el pánico moral, que predican directamente la abstención de su ejercicio. Esto es particularmente evidente en ciertas campañas “anti-sexting”, dirigidas sobre todo a niñas y adolescentes, que advierten sobre los peligros de la viralización de las imágenes íntimas. Si bien estos riesgos son reales y tienen consecuencias graves en la vida de las personas, es notable cómo este tipo de campañas no cuestiona a quienes comparten la imagen de otra persona sin consentimiento y, de manera más o menos explícita, terminan por responsabilizar a la víctima.

Como suele suceder, la realidad se presenta de manera más compleja, heterogénea, cambiante: el sexting puede ser un vehículo de expresión sexual, ligado al placer y al juego y también puede generar nuevos mandatos y suscitar diferentes tipos de violencias. Para abordarlo y eventualmente comprenderlo en profundidad, es necesario un esfuerzo intelectual que abrace sus contradicciones, tensiones y matices como partes constitutivas de su ejercicio.

Valentina Arias: docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNCuyo. Autora del libro “Mandar fotitos. Mujeres jóvenes, imagen y sexualidad en la era digital” (EDUVIM, 2023).

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