Vendimia: entre el “siga, siga” y “la pelota no se mancha”
Son años de vendimias. Primará un espíritu tradicional que inhibe hasta cierta audacia para arriesgar. Nos pasa a nosotros como espectadores, imagínense el pánico que debe tener cualquier director.
El tiempo previo nos va anticipando en encuestas a las reinas favoritas; las típicas manifestaciones (cada vez más ingeniosas, aunque cada vez menos populosas); los políticos que nos visitan para la ocasión; los gauchos, los turistas, los fanáticos y los detractores. Los argumentos variarán, aunque no se alejarán demasiado de la histórica línea argumental que tradicionalmente nos mostrará últimamente el Frank Romero Day. Durante estos casi 90 años de fiestas vendimiales, en casi todas siempre habrá un huarpe que vencerá al desierto aprovechando el agua que baja de la montaña; un encuentro con los conquistadores españoles; bailes y canciones típicas de las colectividades latinoamericanas. Siempre llegarán inmigrantes: tarantelas, pasodobles y la maletita de un joven “llena de ilusiones” bajando de un tren. No faltará música que caracteriza a las regiones del país: chamamé, tango, chacarera, carnavalitos, zambas.
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A lo largo de todas las ediciones, más de una decena de veces, además, hubo un “borrachito” que metió siempre la pata y despertó la risa de todos; un casamiento entre jóvenes vendimiadores que se conocieron entre los parales; un anciano que le contará la historia a su nieto; no podrá faltar un poquito de Baco o de Dionisio o de Hunuc Huar. Un hada celestial que es aliada del “populacho”. Infaltable: una voz impostada que anuncia el devastador momento de las heladas y el granizo; canciones netamente cuyanas que anuncian que hay que “meterle por las hileras”; la tonada de los trovadores; un camioncito lleno de trabajadores, a veces “un tractor amarillo”. La voz de Don Hilario, un dialogo entre la luna y el sol, el ruido de las cunetas y los surcos, cientos de bailarines, la representación de caballos gigantes, garzas gigantes, luciérnagas gigantes, tachos gigantes, tijeras de cosecha gigantes, o hasta sapos gigantes. El malambo que hace delirar a la tribuna, el agua como esperanza de vida, los “duendes del vino”, la nece|saria presencia de la indiscutida figura de José de San Martín y la esperada emotiva presencia de la Virgen de la Carrodilla saludada por miles de pañuelos blancos. Tal vez el pericón nacional, cientos de artistas, banderas, lágrimas, luces, escenario lleno, abrazos y “Mendoza, tierra del sol y del buen vino. Mendoza, Mendoza, Mendoza”. Aplauso de pie. Aplausos. Millones de aplausos.
Muchas de esas cosas ya las vimos. Son reiteradas. Llegaron a ser anodinas. ¿Y qué? ¿Qué vas a cambiar? ¿Más luces, más sonido, más música, más escenarios en los cerros, más pantallas, algunos giros argumentales donde lo pensado se corresponda con una la puesta en escena impactante, más inversión? Perfecto. Estamos de acuerdo; pero siempre será en la próxima. Por ahora, está bien, porque la vendimia es un género en sí mismo. Además, a los turistas les encanta. Es como la frase de Diego: “la pelota no se mancha”. Es como si dirigiera Lamolina: “siga, siga”. Habrá libretos mejores, “regularones”, menos lindos, más poéticos, más innovadores, más creativos, mucho más infantiles, aburridísimos, pretendidamente más “cool”, etcétera. Pero habrá siempre fiesta de la vendimia.
La última vendimia “Coronados de historia y futuro” nos trajo como personaje central a Pedro, ese orfebre que por pedido popular tendrá que crear un objeto que identifique a Mendoza y los mendocinos, y que después de muchos intentos y sobreponerse a frustraciones, lo pudo encontrar: una corona. Atributo discutido, pero que puede interpretarse como el elemento que le dará poder soberano a un pueblo.
La crítica determinará una sentencia. Los directores la refutarán. El pueblo no les dará demasiada “bolilla”. En el fondo, la fiesta de la vendimia será siempre un momento que nos acerca a todos los mendocinos. Trasmite un espíritu, porque en el fondo, abrazo mediante, ese “Canto a Mendoza” final, nos emociona como si hubiéramos ganado un mundial. Pero ya terminó. “Se acabó, el sol nos dice que llegó el final. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”. Y como siempre, la próxima fiesta de la vendimia arrancará con la promesa y desafío de ser transgresora e innovar, aunque todos sepamos que será bastante parecida o igual. Pareciera que de eso se trata, aunque en algunos casos, no hay que subir un escalón; hay que animarse a cambiar de escalera.
Con el diario del lunes: “el loco” Fray Luis Beltrán
Siempre será más fácil opinar “con el diario del lunes”. Expresión futbolera si la hay. Pero vale, y a uno le sale cómodamente “el maestro de Siruela”.
Mendoza tuvo un gran orfebre en su historia. Incomparable. Único. Extraordinario. Y vaya paradoja siempre ausente en cual línea argumental de cualquier expresión vendimial. Fue “el loco” Beltrán. Si, Fray Luis Beltrán. Trasgresor que cambió las hostias por los fusiles. Libertario de verdad. El prototipo del mendocino. Siempre poniendo el hombro. Batallador inigualable. “La fragua de la independencia”, “el Vulcano con sotana”, “el obrador de los pertrechos de guerra”, “el Arquímedes de la patria”, serán solo algunas imágenes literarias que lo reflejarán para siempre en el histórico imaginario popular argentino. Pero nunca presente en vendimias. Mira que orgullosa estaría nuestra virgen de la Carrodilla con un ladero como Beltrán.
Su imagen está en lo alto del emblemático monumento del “Cerro de la Gloria” cubriendo uno de sus frisos laterales. ¡Que homenaje! Pero esa creación fue hace más de un siglo. Que estúpido e ingenuo soy, mira que si para ser supuestamente progresista alguien se va a poner a estudiar. Probablemente (“para me’, eh”) ese sea el error.
Beltrán, el cura, también carpintero y ebanista, dibujante, sastre, tornero y constructor de piezas inéditas. Artesano del vidrio, pirotécnico, talabartero, relojero, empírico arquitecto. Apasionado por la química, matemática, física y mecánica. Un genial inventor que admiraba a Da Vinci y que hasta de médico hacía. El orfebre que inventó monedas, hizo anillos y diseño portones. El que le prometió a San Martín “cañones con alas de cóndor”, porque estos debían pasar ríos, cuestas y quebradas, entonces inventó puentes y grúas.
Fray Luis Beltrán el que quedó completamente sordo y arruinadas sus cuerdas vocales por impartir órdenes a los 700 operarios, organizados en tres turnos diarios, que trabajaron durante los años de la campaña libertadora. Ruidos aturdidores, entre cien fraguas ardiendo, en medio de cien yunques que atronaban al aire a los golpes de martillo. Dolor y ruido, como el que brinda el granizo, la helada, el zonda o el calor abrazador. Pero el que a pesar de la calamidad siempre fue optimista. El que animó a todos tras el desastre de Cancha Rayada. El que infundió animó en San Martín; el que nunca dudó del objetivo como el emprendedor que sabe que siempre hay que seguir trabajando.
Tras su retiro, solo recibió una medalla del gobierno por su acción. Beltrán seguramente nunca hubiera reclamado nada más, al igual que el viñatero que se conforma (tristemente) sin saber cuánto por su vino pagarán. En compensación, San Martín lo llenó de elogios en todos lados. Pero fue Beltrán, el orfebre y luchador que nunca estuvo en vendimia.
Triste derrotero de la historia. Murió solo. Vestido de cura. Su féretro fue llevado hasta su tumba por Tomás Guido y Manuel Corvalán. Hay que decirlo también: sí, San Martín tuvo buenos amigos, esos fueron Guido y Corvalán. Todo, una señal.
Beltrán. El que pidió por la libertad de indios y esclavos. Defendió a niñas de los abusos de patrones violadores. Enseñó a leer a los soldados. Fue curandero de perros y caballos. Cocinero criollo de campaña. Enfermero en la desgracia. Hizo cunetas e hijuelas. Ecologista. Rezó ante la tormenta. Peleó contra las injusticias. Luchó por la emancipación. Fue un guerrero de la patria. San Martín era su amigo. Mendocino. Sembró viñas e hizo vino. Pero nunca estuvo en vendimia. Indefectiblemente; no hay que subir un escalón. Hay que cambiar la escalera, porque encontraran siempre en la historia, las señales más revolucionarias, progresistas, “locas”, innovadoras, ingeniosas, inéditas, que todavía la imaginación, de los aún más futuristas no pudieron encontrar. Habrá que aggiornarlas, pero están ahí. Derribando muros, para encontrar lo que siempre estuvo ahí, porque es difícil caminar hacia adelante, sino sabemos desde dónde hemos partido.