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Vendimia cruel y sagrada: un aguafuerte de la fiesta máxima de Mendoza

La Fiesta de la Vendimia es el espectáculo mayor de Mendoza, pero no solo eso. Cruel y hermosa, tiene un arraigo profundo.
La Fiesta Nacional de la Vendimia es es espectáculo mayor de Mendoza. Foto: Santiago Tagua/MDZ
La Fiesta Nacional de la Vendimia es es espectáculo mayor de Mendoza. Foto: Santiago Tagua/MDZ

Caminan juntas. Cruel y sagrada. Es vendimia. No es una u otra, y aunque se mirarán de reojo, ocupan siempre los mismos escenarios. Tienen perfiles claramente distintivos, pero no son dos, es una sola, porque es una la historia.

La vendimia cruel del año entero tiene color de estaciones. Se nutrirá de humores. Esta entrenada porque proviene de generaciones. Se empachará de mitos y hasta alumbrará las mismas tradiciones. Y ahí están los hombres y mujeres, “contra vientos y mareas”, enfrentando un combate que siempre resultará desproporcionado.

Esta noche “viene el turno del agua”. El pibe correrá hasta el almacén del pueblo para cumplir con el pedido del padre. Son seis pilas grandes. De “las coloradas” para esa linterna larga de aluminio que solamente se ocupará cuando el predeterminado turno del riego disponga a qué hora llegará el agua a los surcos de la finca. Es impostergable. No hay cumpleaños, ni feriados. Ni domingos. Ni gripe. Ese momento anhelado se convertirá en la hora clave, y la familia lo sabe. Costó mucho llegar hasta la primavera. El agua vuelve a regar la viña tras un muy largo gris invierno.

Corazón que mira al cielo

Ahora hay que empezar a mirar al cielo. Ayer, con herramientas basadas en prácticas sustentadas por la experiencia o rudimentarios medios empíricos. “Con los ojos del buen cubero”. Pecando de voluntarismos. Con la fe puesta, en vaya a saber cuál ritual. Con la invocación mítica a través de un santo protector. Con consejos centenarios trasladados por el tiempo llenos de “cruces de sal”, “cuchillos enterrados en la tierra para cortar la tormenta”, cintas verdes o estampitas clavadas en las cepas. Con puñados de cenizas esparcidos en las cunetas. Rociando “agua bendita”. Golpeando tarros. Haciendo humo con yuyos y prometiendo lo que no hay.

A veces salía bien. Pero otras tantas, el rito fracasaba rotundamente, y entonces la vida en las fincas cambiaba los roles de la casa. Era el nieto quien corría a consolar al abuelo que lloraba abrazado a un espaldero porque la tormenta le había llevado todo.

Eso es la vendimia cruel. La que tiene siglos. El hombre desamparado, sin saber qué hacer, y con la penosa certeza que no será la última vez.

“Póngale por las hileras”

Y así será. Ese pibe que corría al almacén por las pilas coloradas; o el que no entendía por qué el abuelo lloraba, observará feliz como de la mano resiliente y de ese temple bien mendocino, las voluntades resucitan.

Ahí va el viejo otra vez. Convencido. Peleando el precio del vino, del tacho, del acarreo. Se pondrá camisa nueva porque se junta palmo a palmo con “los políticos” y esgrimirá un reproche: “¡ustedes que se han creído””. Hasta tendrá un tiempito para ir al acto de fin de curso de los chicos. Habrá fotos y risas. Es la misma escuela a la que mandó a sus hijos, de la que hoy egresan sus nietos. Ahí el viejo se pone más en jefe que nunca. Se olvida de todo y “ordena” al pobre pibe que recién empieza las vacaciones: “¡Guarda mocoso, mire que hay que seguir estudiando; cueste lo que cueste!”. Eso también enseñó vendimia. Que nunca hay que dejar de buscar el futuro y que ir a la escuela será siempre sagrado.

Ya lo dice el paceño Palorma: “hay que llenar la bodega / ya se está acabando el vino”. El amigo lector podrá preguntarse: pero esto es un libreto de una fiesta de vendimia. Y, sí; con lo sanamente incorregible que la vida tiene y con lo altamente positivo que algunas tradiciones que miran al horizonte nos ofrecen, porque la propia vida de Mendoza es cotidianamente un sabio (irremediable) libreto de cualquier vendimia.

“Para el tiempo de cosecha que lindo se pone el pago”

Los problemas no se van. Están ahí. Latentes. Algunos son graves y propios de un nuevo tiempo político y cultural. En casos (no para todos) aquella “orfandad” mutó hacia una problemática colectiva donde renovados estudios técnicos y científicos brindarán otras opciones. Nunca olvidemos que la vitivinicultura tiene una sola cosecha anual, a expensas de mil factores que sorprenderán día tras día. Con costos cotidianos altos o con tormentas (propio de los cambios climáticos) que son cada vez más álgidas y ligeras. Con cada vez menos agua y por consiguiente con terrenos cada vez más secos. Y aunque el malhechor seguirá siendo tan atrevido como siempre (las heladas, el granizo, las pestes o algunas normas administrativas emanadas de políticas erróneas) ese hombre nunca bajará la guardia, poniendo empeño por encontrar la respuesta ante la crueldad acida del momento.

Por algunos días la provincia será epicentro de miradas, fotos, comentarios, “roscas”, obnubilados turistas, pero también de melones que vuelan, caballos que relinchan en plena calle San Martín, familias que se juntan, cerros que se llenan, columnas que se manifiestan, bailarines que se rompen el alma para ofrecer su malambo y “chinas” ataviadas con faldones resaltarán el valor de la mujer mendocina: deslumbrante actriz, heroína, compañera y señora. Pañuelos blancos saludarán a la virgen, habrá palcos glamorosos o picnics en el parque, espumantes premiados o mistelas, finos canapé o queso, membrillo y mortadela. Siempre será vendimia.

Eso es también parte de la construcción cultural de la celebración. No la del año; si la de un día. Distinta, pero irrefutablemente inseparables: cruel y sagrada. Aplaudiendo a San Martín, al huarpe, al criollo y al extranjero. Es “Fiesta” de Serrat; en el fondo es la fiesta de la vendimia: “Hoy el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha. / Juntos los encuentra el Sol / a la sombra de un farol/empapados en alcohol / (vitoreando) una muchacha”.

Sin grietas en este ámbito antropológico, sociológico y cultural. “La fiesta vendimial” es el corto brindis que une. “La vendimia” (las dos) es la que hizo distinta a Mendoza. La de la cultura y el trabajo. La local y la global. ¿Mejor? No sé. Elijo distinta, que ya es decir muchísimo.

Esto es vendimia. Es la síntesis de Mendoza, “la que acunó la libertad”. El abuelo que llora abrazado al parral por el granizó que “peló” la finca. Desesperado, pensando responsablemente cómo “parará la olla” durante el año, y el mismo veterano renacido abuelo que en sus hombros lleva feliz (“chocho”) al nieto para que haga barra por el carro de su departamento en la florida mañana del carrusel.