Escribir en la era de la inteligencia artificial
Como solía destacar el semiólogo francés Roland Barthes, en sus estudios de retórica de la imagen, la palabra y la imagen se hicieron compañía desde siempre. Los primeros signos son icónicos y las letras son íconos. La era de la imprenta privilegió la palabra, pero los primeros libros eran más parecidos a nuestros libros de ilustraciones actuales que bloques de textos uniformes cubriendo la totalidad de las páginas. Estaban más cerca de los manuscritos iluminados -con guardas, incipit e ilustraciones en vivos colores-, que de los libros de bolsillo, que aparecieron en el mercado, de manos de la editorial Penguin, recién en 1934.
En “La retórica de la imagen”, Barthes plantea que el texto guarda en su coexistencia con la imagen relaciones de anclaje o de relevo, según sea su función conducir las plurales lecturas que despierta la imagen hacia una prevalente, podando las connotaciones visuales adicionales, o complementar el mensaje visual dentro de un mismo texto. Ejemplo de lo primero son los
pies de fotos; ejemplo de lo segundo, los globos de diálogos en las historietas. La era digital ha hecho proliferar los textos escritos, a la par que la tipografía y el diseño visual de los textos pasó a ser dominio de todos los usuarios de procesadores y editores de textos, es decir todos nosotros.
El analista de tecnologías Lev Manovich explica que entramos en una era en la que el soft tomó el mando. Lo que encontramos debajo del paquete de Office de Microsoft, de un administrador de PDF de Adobe, de un editor web como WordPress o de cualquier red social es un soft. A este soft cultural lo descubrimos en toda la cadena de producción, distribución y consumo de contenidos. En la era digital la unidad de almacenamiento de los contenidos ya no es el documento cerrado sino una pieza desarrollada sobre un soft. Esta pieza puede ser intervenida por los usuarios: editada, comentada, compartida, recortada y combinada con otras piezas, embebida en nuevos contextos, integrada a piezas producidas por nosotros.
Foto: MDZ.
Aunque la historia que contara permaneciera abierta, el libro impreso nos llegaba cerrado –salvo el inacabado libro de arena del cuento de Borges, que cambia en cada lectura- con una inalterable tipografía, diseño, cantidad de páginas, distribución de los textos, etc. Todo lo más podíamos subrayar frases, anotar en los márgenes, doblar páginas. Al citar un fragmento de ese libro, al asociarlo con pasajes de otros libros, al incluir trozos de su texto en un nuevo texto podíamos de alguna manera materializar la lectura y darle una continuidad en la propia escritura, pero el documento original quedaba intacto.
En otro artículo, “De la obra al texto”, Barthes distingue entre la materialidad de la obra que puede fecharse, ubicarse en una tradición, atribuirse a un autor y sería lo que guarece en el documento de la era de la imprenta, por un lado, y, por otro lado, el texto, que producen los lectores al vincular los fragmentos de la obra con otros muchos fragmentos textuales de una forma que no se atiene a las genealogías ni a las cronologías culturales. El texto del lector es también una producción: el lector pone en la interpretación el deseo y la intensidad que el autor pone en la escritura. Pero ese texto es una producción mental. Esta lectura productiva, de ir y volver entre las partes del libro, de relacionar esas partes con partes de muchos otros libros, se inicia ya con la aparición del formato de códice de los libros que antecede a la imprenta. El libro encuadernado es anterior al libro impreso. Desde Montaigne (1580), el ensayista hace públicas sus lecturas, retoma en sus propios textos esos apuntes consignados en los márgenes de los libros leídos. La novedad de la era digital es que hoy se puede intervenir la obra original, alterar la integridad del documento, convertir las estrategias de apropiación y reutilización propias de la lectura en operaciones de modificación material del
soporte.
Al entrar en el mundo digital la “escritura expandida” se entrelaza fluidamente con la imagen fija y en movimiento. Desde los primeros libros, entonces, palabra e imagen convivieron y en los primeros filmes los bloques de texto escrito alternaban con los fotogramas. Pero al codificar todos los contenidos en el formato digital, lnternet abre los documentos, los modulariza, y habilita a los usuarios para que los editen, reutilicen fragmentos, creen nuevos contenidos a partir de contenidos preexistentes y los compartan.
Hoy cualquier procesador de textos permite insertar imágenes de todo tipo y cuenta con una creciente cantidad de opciones de edición de fuentes, estilos tipográficos, formatos de documento, hipervínculos dentro y fuera del archivo, etc. En las publicaciones de las plataformas mediáticas (blogs, redes sociales, páginas web, wikis, videos, visualizaciones), el texto escrito convive con todos los otros lenguajes. A la vez, el software que da soporte a estas publicaciones amplía las opciones de navegación, edición y compartición del documento.
Todos nosotros, usuarios de estos recursos tecnológicos para el consumo de contenidos, pero también para la producción de escritos originales, que dialogan con los infinitos textos que los rodean, deberíamos pensar más nuestros textos, pensarlos como editores, diseñadores y gestores. Pensar los textos que incluimos en las presentaciones en nuestros trabajos, subimos
a las redes, publicamos en los blogs, incluso los apuntes que esperan algún día hacerse públicos, en consonancia con el formato, las fotos o dibujos, los vínculos y las herramientas del medio en que vayamos a publicar, la interfaz del soporte en donde se va a leer. Conectar nuestros textos con textos (verbales, visuales o audiovisuales) precedentes -mencionando honestamente las fuentes- y alentando que nuestro propio texto sea reutilizado total o parcialmente en la incesante corriente de textos de Internet -pidiendo se nos mencione honestamente-.
* Damián Fernández Pedemonte, Director de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.