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Pascua, paso de Alguien

“Debería llamarse Semana de la contemplación”, me comentaba una mujer orante y de rica vida espiritual; y que es una propuesta muy válida. Transitar la Semana Santa, nos ayuda introducirnos de lleno en el Misterio central de nuestra fe: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
Muy feliz y bendecida Pascua de Resurrección Foto: Gentileza: El Cierre Digital
Muy feliz y bendecida Pascua de Resurrección Foto: Gentileza: El Cierre Digital

Jesús nos amó a todos y sin límite, “hasta el extremo”. El tiempo de la Pascua es por excelencia el tiempo de la esperanza: la muerte de Jesús y su resurrección son las pruebas irrefutables de que, Él ha vencido al pecado y ha vencido a la muerte; razón por la cual, ya ni el pecado ni la muerte son la última palabra. Verdad de fe que se proclama con la expresión del Bautista: “Este es el
cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y que la decimos en cada Eucaristía. El martes pasado, compartía en la Misa Crismal, que celebraba junto al Clero y Pueblo castrense; los desafíos que nos implica que, los valores del Evangelio sean
recuperados en nuestra cultura. Muchos de nosotros hemos crecido, podríamos decir, en un “clima” cultural que ayudaba a “contemplar” estos días.

Hacemos memoria por un minuto y, seguro, recordaremos el valor que tenía el silencio, incluso en las radios, se favorecía solo un música más serena, los espectáculos públicos también tomaban su “reposo” de viernes santo, incluso el deporte se “sumaba” a ese día tan caro al sentir de nuestra fe. De algún modo, se “respiraba” se “palpaba” que esos días, eran distintos. En clave de desafío y sin caer en la sentencia de “todo pasado fue mejor”, creo que debemos avivar nuestra fe, el Evangelio no pasa “de largo”, no es solamente para un tiempo o para tiempos favorables.

Es para cada día, por gracia de Dios. Este desafío exige, de nuestra parte, la conversión. Por eso necesitamos renovar- los creyentes, los cristianos- ese paso de Jesús vivo y resucitado, por nuestras vidas, por nuestro corazón. La Pascua es el tiempo por excelencia del paso que libera, del paso de la esclavitud del pecado a la libertad de hijos, del paso de la adhesión “al padre de la
mentira” con todas sus implicancias, al querer transitar por el camino de la libertad y la verdad del Evangelio de Cristo. El Señor sigue mirándonos con misericordia, Jesús sigue pasando por nuestra vida de hoy, transformándonos. Él pasa haciendo el bien y
mirándonos con ternura.

Es Pascua, que sea Pascua para mí. Foto: Youtube.

La Pascua es un tiempo para confrontar mi vida al evangelio, para que realmente esto que celebramos- que Cristo ha resucitado- dé sentido a nuestra vida y se transforme en actitudes, pensamientos y sentimientos cristianos, “hasta el extremo”, sin mezquindades ni cobardía, al estilo de Jesús. Este desafío no es una utopía irrealizable, que parece imposible, aunque sí exigente. La Pascua, nos invita a tener una mirada y una actitud distinta ante una realidad cultural que, en algunos estamentos, favorece la violencia y la muerte; la “cultura de la muerte” que vemos plasmada también en las adicciones, el aborto, los hechos delictivos
que manifiestan el poco aprecio y valor que se le da a la vida, los agravios, los insultos y descalificaciones.

Por promoción o inacción, vemos que algunas de esas actitudes se ven favorecidas por un entramado social que se ve desbordado.
Pascua debe ser paso del desencuentro al “encuentro con el hermano”. La celebración del “Pesaj” del Pueblo Judío, que este año como feliz coincidencia compartimos en fecha, se inicia con una pregunta de alguno de los niños de la familia; ¿“porque esta noche es distinta”? y los padres/ abuelos explican a los niños que es una noche distinta, por el paso liberador de Dios…

También lo es para nosotros, la Pascua, el paso- no de algo- sino de Alguien: Jesús, que tiene la capacidad y el poder de
transformarnos. Eso no es una utopía sino una realidad si lo dejamos entrar en el corazón para pasar nosotros, cada uno, “yo”; de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del desencuentro al encuentro, de la distancia a la cercanía, de la mezquindad a la solidaridad, de la indiferencia a la fraternidad; del odio al perdón… de la guerra a la paz.

Es Pascua, que sea Pascua para mí. Es Pascua, es cambio, que sea cambio para mí. Es Pascua, es alegría y paz, que sea alegría y paz para mí. Es Pascua, es Jesús. Recibirlo y celebrarlo hará posible la tan deseada y “esperanzada cultura del encuentro”.

Muy feliz y bendecida Pascua de Resurrección

* Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina