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El argentino que se puso la humanidad al hombro

La foto en la que se ve a Francisco con un pequeño cordero sobre sus espaldas trasluce cercanía, empatía y compromiso; tres de las actitudes con las que viene transitando los primeros diez años de un pontificado que, como no pasaba desde hace siglos, es criticado por algunos de la misma Iglesia.
Francisco y un corderito en sus hombros.
Francisco y un corderito en sus hombros.

Aquella imagen se tomó durante una visita que hizo Bergoglio a una parroquia de las afueras de Roma, en su primera navidad como sumo pontífice; uno de los tantos pequeños gestos que llenaron y llenan su agenda. El párroco le había hecho saber que le
gustaría recibirlo para la celebración del pesebre viviente llevado adelante por adultos y niños de su barrio. Y Francisco aceptó. En poco menos de dos horas conversó con los “actores”, saludó al “público” que se agolpaba en las callecitas del barrio y dirigió una brevísima reflexión a los niños presentes. En un momento uno de los “pastores” le puso un corderito sobre los hombros.

Y Francisco festejó la ocurrencia. “Aceptar la vida así como se da” y vivir la fe en una relación “de cuerpo a cuerpo”, fueron dos de las enseñanzas que el ex arzobispo de Buenos Aires había trasmitido a los vecinos de las villas porteñas a los que visitaba con frecuencia.

Y eso es lo que viene haciendo desde que fue elegido por sus pares como vicario de Cristo, ahora a escala mundial, en el trato uno a uno con los referentes de la Iglesia de todos los países, con los grandes líderes políticos, económicos, sociales y de otras religiones y con quien sea que se encuentre.

Francisco es el líder mundial que  pone el tema del cambio climático en la agenda mundial.

Lo que hizo y dejó de hacer está siendo presentado en estos días por medios de comunicación y organismos católicos de todo el mundo. Se proponen charlas y difunden documentales o artículos testimoniales o de análisis; algunos tan simples como éste y
otros con sesudas interpretaciones. Si bien no todos tratan a la figura del Papa y a la Iglesia por lo que son y, en consecuencia, algunos ofrecen miradas totalmente distorsionadas, tales recopilaciones actualizan las numerosas acciones protagonizadas
por el papa argentino.

Amén de las reformas que está implementando al interior de la Iglesia -que suscitaron resistencias de propios y ajenos-, Francisco no se ha distraído un momento de su tarea: anunciar el Evangelio. “No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso: Jesucristo. Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón y deseo que llegue a todos y a cada uno mi saludo", dijo a los jóvenes en Brasil a pocos meses de asumir.

Y no se ha ocupado ni se ocupa sólo de los católicos sino que su horizonte es el bien de la humanidad toda porque “Jesús nos recordó que tenemos a Dios como nuestro Padre común y que eso nos hace hermanos”. Así lo dice en Laudato Si, una encíclica sobre el cuidado de la “casa común” que dirigió a “cada persona que habita este planeta” porque “lo que pasa en el planeta nos impacta a todos”.

Francisco es el líder internacional que con mayor crudeza e insistencia pone el tema del cambio climático en la agenda mundial. Y lo hace siguiendo el mismo método que aplica en otras cuestiones: a partir de un discernimiento que además de la plegaria incluye una escucha activa y diálogo fecundo no sólo con quienes saben del tema sino también con los que se ven más afectados.

Algunos católicos lo consideran una especie de coach de la humanidad o director espiritual global.

Basta escucharlo los domingos en el Angelus o los miércoles en sus catequesis para confirmar que no hay nada que le pase a los hombres que le resulte indiferente. Su capacidad de percibir el ánimo o desánimo social, y su esfuerzo por acompañar a los
hombres y mujeres a transitar los diferentes momentos con las herramientas que provee el Evangelio, se puso en evidencia con claridad durante la pandemia por el covid 19. No sólo dispuso el streaming de las misas matinales en la capilla del lugar donde vive, sino que facilitó toda iniciativa que creyó adecuada para reducir y combatir la pandemia y los efectos individuales y sociales del aislamiento obligatorio.

Algunos de quienes lo siguen, leyéndolo y escuchándolo directamente y no a través de interpósitas personas, lo consideran una especie de coach de la humanidad o director espiritual global. Es que, al no estar apegado a ningún poder político se siente libre para hablar con todos y proponer, más allá del resultado, caminos de diálogo y pacificación donde cunde la cerrazón y el conflicto. Algo así hizo con Cuba y Estados Unidos o con la iglesia en China, aunque el mundo se enteró de eso cuando ya estaba todo acordado. Son los métodos y lógicas de la Iglesia, no del mundo.

Propone a los católicos salir de las iglesias para ir a los lugares –reales o existenciales- donde están los hombres y mujeres y entablar un diálogo con la modernidad que escandaliza a algunos –pocos, pero poderosos y ruidosos. Desconociendo las
indicaciones del Concilio Vaticano II e incluso lo ya iniciado por Benedicto VI, y tomados de frases sueltas de Francisco, éstos últimos lo acusan de subversivo de la tradición, revolucionario social y populista-peronista. Pierden de vista que, como señaló
recientemente el periodista italiano Gianni Valente, director de la agencia Fides, los cambios en la Iglesia no buscan modernizar la institución sino la salvación de las almas.

Aferrados a rígidos esquemas ideológicos no llegan a ver en Francisco lo que algunos describen como un pensamiento de reconciliación; un pensamiento que, en palabras del profesor de filosofía Mássimo Borghesi “valoriza las polaridades de la realidad en una dialéctica abierta que no preludia una síntesis que acabaría por eliminar uno de los dos en tensión, sino que es capaz de acoger la paradójica coincidencia de los opuestos y la concordia polifónica de los diversos”.

Para comprender y ponderar con acierto los primeros años del papado de Francisco deberán transcurrir algunas décadas más. Sucede así con todos los acontecimientos históricos. Lo que hoy sí se puede afirmar con certeza es que, en pos del bien de todos, el primer papa latinoamericano no rehusó, ni rehúsa, ponerse la humanidad al hombro.

El Padre Mario Pantaleo, el cura de las manos milagrosas. 

*Silvina Premat, periodista. Autora del libro "Padre Mario"