Echar leña al fuego: profundizar el conflicto en contexto de crisis

Echar leña al fuego: profundizar el conflicto en contexto de crisis

El discurso del poder debería señalizar cómo se deben dirimir los conflictos democráticamente. El carácter polémico es inherente al discurso político, porque la política es un espacio de competencia y contraste.

Damián Fernández Pedemonte

Damián Fernández Pedemonte

El jueves 25 de agosto inauguré la décima edición de la Maratón ComPol, en la Usina del Arte de la Cuidad de Buenos Aires. Se trata del evento local más potente dirigido a equipos de comunicación política. Consiste en veinte conferencias que se desarrollan durante veinte horas: en ellas se combinan los puntos de vista de la academia y de los profesionales.

En mi presentación comparé la gestión de las crisis económicas de Mauricio Macri y Alberto Fernández bajo la hipótesis de que ambos carecieron de una estrategia de comunicación consistente que facilitara esa gestión -que tanto tiene que ver con modelos mentales, percepciones y expectativas-. Parte del problema es emplear un modelo de comunicación inadecuado a las circunstancias, por ejemplo, el modelo del marketing electoral o de la confrontación con los adversarios cuando se debería apelar a un modelo de comunicación de crisis.

También mostré cómo la pobreza retórica y los errores discursivos no forzados de Macri se acentuaron con Alberto. Recordé varios ejemplos, como cuando en plena pandemia denunció que el sistema sanitario se había relajado, porque había empezado a atender “otras necesidades quirúrgicas” (14/04/21) o cuando en conferencia de prensa junto a Pedro Sánchez, dijo que los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva y los argentinos llegamos de los barcos (9/06/21).

La noche anterior a mi ponencia Alberto sostuvo en el canal TN que el fiscal Nisman “se suicidó, hasta acá no se probó otra cosa, espero que no haga algo así el fiscal Luciani”. Por supuesto, al día siguiente aclaró: “hubo una tergiversación de lo que dije, no tengo ningún temor de que a Luciani le pase lo mismo que a Nisman”. Es inútil decir que no se quiso decir lo que se dijo. Sería mejor contar con un guion antes de hablar, prever las lecturas que las propias palabras van a tener. Esto es: contar con una estrategia de discurso.

Lo que me interesaba destacar en mi presentación y me interesa resaltar ahora es que estos continuos deslices en la superficie del discurso denuncian carencias en la estructura profunda: el modelo de comunicación altamente polémico es muy inapropiado para encauzar una crisis. La comunicación de crisis busca despejar la incertidumbre y recuperar el consenso, la polémica alimenta la confrontación. El contexto político es de extrema fragilidad: está caracterizado por la presencia de "accidentes normales", a la vez previsibles e inevitables, como la pandemia, y por un cambio de ethos en la política que promueve la reacción individual contra las instancias de poder. Las crisis se expanden por todos los sectores y todos los grupos están indignados.

El discurso del poder debería señalizar cómo se deben dirimir los conflictos democráticamente. El carácter polémico es inherente al discurso político, porque la política es un espacio de competencia y contraste. Pero se ha impuesto la idea -propia de los teóricos del populismo, adoptada con entusiasmo por sus cultores tanto de derecha como de izquierda-, de que la construcción del enemigo y la brecha entre las demandas populares y el establishmet constituyen la esencia misma de lo político. Por ejemplo, Chantal Mouffe sostiene que la celebración de consensos puntuales podría ocultar la persistencia del conflicto profundo, ese tipo de conflictos que divide a la ciudadanía en campos inconciliables -el pueblo contra la elite-. Los que están del otro lado de la grieta, ellos, son una exterioridad constitutiva, nuestra identidad se define en contraposición a la de ellos. La diferencia deviene siempre en conflicto, ellos son los enemigos. (Esa función cumple, por ejemplo, el colectivo "gorila" en los cantitos de advertencia de los fans de Cristina ante la eventualidad de una condena en la llamada causa de Vialidad).

Las crisis económicas, en este contexto de vulnerabilidad del sistema y de protesta social generalizadas, pronto derivan en crisis de gobernabilidad. Adam Przeworski afirma en La crisis de la democracia que el sistema democrático funciona cuando los conflictos se procesan de manera pacífica en el marco institucional.

No es momento para echar leña al fuego, para comprometer con discursos exaltados la colaboración de los actores necesarios para salir de la crisis y hacer peligrar una cierta conciencia alcanzada de que no se pueden tensionar más las demandas sectoriales en la situación crítica en la que nos encontramos. Eso no significa abandonar la naturaleza polémica del discurso político, contrastar proyectos y valores.

En Elogio de la polémica, Ruth Amossy tiene otra idea de la polémica: no está al servicio de la radicalización del conflicto, pero tampoco de la consecución de consensos superficiales. Se puede construir un ellos que no sea percibido como un enemigo a destruir: la polémica también puede generar comprensión de los otros, de las demandas de sus identidades. Democracia no sería tanto una cuestión de consenso puntual como de gestión del disenso. Se trata de decidir en cada momento -y sobre todo en los momentos críticos- sobre el curso de acción preferible basándose en valores variables, contradictorios y jerarquizados de distinta manera por los diversos grupos. Para lograrlo quizás se requiere de un umbral de consenso fundamental que no soslaye un disenso más amplio: priorizar la gestión de la crisis económica en el contexto del respeto al funcionamiento de las instituciones democráticas para evitar más daño a los sectores más postergados hasta tanto se pueda debatir un proyecto de país en las próximas elecciones.


 

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