La escuela en medio del desierto: cuando la educación va mucho más allá de la enseñanza
El camino hacia el norte de Mendoza tiene como destino un lugar inhóspito y casi escondido que suplica ayuda. El pueblo de San Miguel, ubicado en el departamento de Lavalle y a más de 170 km de la capital mendocina, no sólo está rodeado de un desierto que parece infinito sino que también está repleto de carencias y urgencias a resolver.
Tiene una población de un poco más de mil habitantes, que están esparcidos el extenso territorio de la localidad. La falta de servicios básicos como redes de agua, gas, telefonía e internet los obliga a rebuscárselas como pueden.
Como en toda comunidad -más aun en las que, como en San Miguel, abundan las carencias-, la escuela es un oasis que contiene e impulsa. En síntesis, un hogar. Esa es la palabra que define a la Escuela Albergue 8-404.
MDZ viajó a Lavalle para saber cómo es asistir a clases en medio del desierto en pleno invierno, con temperaturas muy por debajo de los cero grados.
“Las inclemencias climáticas son desfavorables todo el tiempo, tanto en verano como en invierno. En verano porque los días son extremadamente calurosos; y en invierno extremadamente fría. Los maestros el ponen la mejor de las ondas. Mis profesores trabajan con mucho amor, con mucho cariño y demostrando cada día que a pesar de las inclemencias del tiempo se puede dictar clases y los chicos pueden aprender ”, detalló Ángel Navarro, director de la escuela.
Con respecto a la situación de alumnos que asisten al establecimiento, Ángel aseguró que las carencias se han incrementado: “Ha medida que van pasando los años, cada vez se nota más. Este año ha sido muy especial y se evidencia albergada tras albergada, no solamente en la ropa que traen, sino también en el hambre con el que llegan a la escuela”.
“Desde que ingresan, y hasta el día que se van, tratamos de darle lo mejor gracias al aporte que da el gobierno y los grandes corazones solidarios que tiene Mendoza para que la comida rinda. Pero sí, este año se nota mucho la necesidad que hay en cada familia, en cada hogar”, lamentó.
Toda esta compleja realidad es una sumatoria de diversos factores muy adversos: “Las urgencias son muchas. Las distancias complican la comunicación y es uno de los problemas de la comunidad. En los caminos hay mucho serrucho, mucha tierra, mucha piedra. También la falta de agua, la falta de iluminación en algunos lugares, en los puestos, hace que haya necesidades básicas que todavía no se pueden resolver en estas comunidades”.
Las palabras de Navarro no son nuevas. Ya las hemos escuchado en su boca cuando los niños volvieron a clases en el verano y también las hemos leído en las historias de Cristina, que vive con su familia en el desierto y de Stella, la médica que atiende a la comunidad en una salita sin agua y sin baños.

Ángel enfatiza que cada ayuda que llega es bienvenida: “Siempre decimos que estamos tan cerca pero a la vez tan lejos de la Ciudad que nos cuesta llegar a todas esas comodidades que existen en una ciudad: desde una heladería hasta una salida al parque, un juego, un par de zapatillas, ropa nueva y un abrigo. Tratamos de paliar esa situación con todo lo que nos llega y hacerla menos hostil de lo que es”.
“Para bien, siempre se destaca la empatía de cada persona que viene acá. Eso es lo más maravilloso, porque uno está tan alejado del resto, pero siempre llega alguien con su gesto tan generoso y eso hace que potencie lo lindo que uno vive acá. Yo creo que el tiempo y el amor hacen condiciones maravillosas en un lugar tan hostil como este. Hay tantas carencias pero se termina convirtiendo en algo multiplicativo gracias a los que vienen de otros lugares a ayudar”, finalizó.


