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Inflación: el número que azota en lo profundo de las familias

El aumento de los precios de junio no solo se traduce en una variación porcentual. En el interior de las familias, cada compra se debate entre lo urgente y lo prioritario. En este contexto, el dinero no alcanza, los pobres son cada vez más y el deterioro en la calidad alimentaria se hace evidente.

Un nuevo porcentaje se dio a conocer por estas horas: la inflación de Mendoza -de acuerdo a los datos de la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas- trepó al 5,9% en tan solo un mes, disparando sobre todo, los precios de alimentos, bebidas e indumentaria. El dato, en lo superficial, muestra una nueva escalada de precios que no tardará en repercutir en las decisiones cotidianas de miles de familias que ya, desde hace tiempo, corren muy por detrás con sus sueldos en relación a las variaciones en el valor, nada menos, que de productos básicos y fundamentales para alimentarse adecuadamente y vestirse.

En lo profundo, la realidad de ese mismo número se manifiesta de manera mucho más cruda. En las charlas cotidianas, en el café de la mañana, al planificar el almuerzo o la cena o antes de armar la lista para ir al supermercado, los ánimos quedan expuestos. Hay preocupación, tristeza e incertidumbre, mientras las decisiones políticas no logran mitigar una crisis que ya se avecinaba desde hacía tiempo.

En los almacenes de barrio y en las carnicerías, los dueños aseguran que las familias ya no hacen compras con varios productos; tampoco pueden llevar artículos o cortes de carne de primera calidad, De hecho, lo primero que la clientela pregunta al pisar un negocio es "¿cuánto sale?". Como anticipándose a la respuesta, muchos miran de reojo ese asado que ya se transformó en un lujo casi inalcanzable y llevan huevos por unidad y carne molida común para estirar (también) cada ingrediente que llega a la olla. La crisis recrudece los lamentos y una manzana no es una fruta para llevar "de a un kilo". El pan se compra de "a bollitos"; muchas veces se reparte entre varios al caer la noche. 

La clase media se empobreció. A tal punto que hoy las ferias de ropa usada y el pase de indumentaria de temporadas anteriores entre los mismos integrantes de la familia, son los recursos "en boga" para poder abrigarse. ¿Comprar camperas nuevas?. No. Hoy, son pocos quienes acceden a ese privilegio de estrenar. Y si lo logran, es porque en la tarjeta de crédito quedó algo de remanente de las compras del mes. Porque, dicho sea de paso, hoy miles de familias en Mendoza acuden al pago en cuotas, justamente, de la mercadería; ya no de todo el mes, sino de unos cuantos días.

En las cajas de los supermercados, el personal es testigo de ese malestar y de la sensación constante de desamparo que la gente muestra en cada expresión. "Se nota mucho que no hay plata. La gran mayoría de las personas que vienen acá, se llevan de a dos o tres artículos de primera necesidad. Llevan mucho arroz, fideos y polenta. Lo más preocupante son los adultos mayores o mamás que vienen con niños chicos y que no llegan a comprar la leche o los pañales". La frase de la cajera de un conocido supermercado del barrio Parque, en Godoy Cruz, es tan solo un pálpito, un acercamiento a todo aquello que implica la variación en un porcentaje; un número que ya lo complejizó todo.

Porque si la clase media empobrecida aún puede planificar estrategias para llegar al menos a la mitad del mes, entonces, quienes ya fueron expulsados al extremo de la pobreza, luchan simplemente, para sobrevivir con toda la amplitud y connotación de ese término. Sobreviven, como pueden, al hambre y al frío extremo. Recorren calles en busca de auxilio, se guarecen como pueden, debajo de chapas, catones y nylon. Sufren casi en silencio, los azotes de una pobreza que a esta altura ya se transformó en riesgo latente. 

El hambre en los niños y niñas es la cara más cruenta de la crisis.

Tanto o más que hace dos décadas, la emergencia obliga a sumar voluntades que no se pueden sostener solo con buenas intenciones. Hoy, comedores, merenderos y todo sitio donde haya un plato de comida caliente para ser entregado ya colapsaron su demanda. El hambre estruja los cuerpos y también los corazones, mientras la infancia y la vejez se ahogan en necesidades de toda clase. El número queda ya distante y a esta altura, ya pocos se preguntan el por qué. Empobrecidos e indigentes sufren el deterioro progresivo de un país que evidencia sus fracturas cada vez que un niño llora de hambre o que una madre hace el fuego para calentar agua y repartir entre todos, un yerbeado con pan.

Es que la mesa no está servida en Argentina; y en Mendoza, claro está, tampoco. El pan no es el mismo para todos. Mientras tanto, el número vuelve a reflejar desde afuera aquellos sacrificios diarios, las postergaciones y las caras de preocupación que ya son el condimento infaltable del ánimo social. En solo siete meses, la provincia registró un aumento del 38,2% de inflación. Hacia adelante, el gran interrogante será cómo seguir subsistiendo mientras las decisiones finales quedan, en definitiva, en manos del poder.