Miguel Espeche: "Es peligrosamente simplificador definir al varón como violador"
"¿Dentro de qué 'matriz cultural' se habrá criado el panadero Orlando Ibarra y los otros vecinos varones que, junto con las mujeres de la cuadra, detuvieron poniendo el cuerpo y recibiendo golpes la violación grupal de la que fueron testigos?", escribió hace días Miguel Espeche. Sus palabras quedaron resonando luego de que Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad publicara un hilo, en su cuenta de Twitter, señalando que la violación grupal en Palermo no era un hecho aislado sino consecuencia de una "matriz cultural".
"Hay una matriz cultural que es muy policromática", sentencia Espeche que coordina el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano. Y entonces explica su punto de vista: "Dentro de esa matriz cultural hay un menú de opciones que da como resultado la banda de muchachos que violó a la chica dentro del auto y también a un señor que puso el cuerpo y rescató a esa mujer. Entonces, a mí entender, no está mal hablar de matrices culturales. Sin embargo, es excesiva y peligrosamente simplificador marcar la frente de todos los varones como hijos de una matriz que -unívocamente- conduce a la violación y el afán de dominar si tener elementos de nobleza ni nada que los pueda rescatar".
Este tipo de generalizaciones tiene consecuencias. "Genera una especie de pandemia culpógena en muchos varones y es desacertado", explica para comentar luego que las desigualdades y la violencia no existan sino de que no son la única opción. "Muchos hombres eligen otra escala de valores", dice y agrega como desafío la educación que debería ir en línea para erradicar "la cosificación de las mujeres y de la sexualidad".
"Es excesiva y peligrosamente simplificador marcar la frente de todos los varones como hijos de una matriz que unívocamente conduce a la violación, el afán de dominar"
Simplificar al exceso puede ser riesgoso desde distintos aspectos. "La imagen del varón cómo violador o enemigo es terrible", sentencia. Y sigue: "Es una declaración de guerra que responde a otros problemas que son más de orden político o antropológico, son muy agraviantes para el género masculino e implican un quebranto en la fe y en el amor dentro de la diversidad".
Sabe de las luchas y de las consignas que levantan diversos grupos. Se refiere al modo en que ciertos "feminismos exacerbados" culpan al varón -por el sólo hecho de serlo- con la misma estrategia que algunas instituciones ancladas en el pasado. "Generan algo parecido a la culpa que usaban algunas antiguas religiones que señalaban que por el sólo hecho de ser humanos éramos pecadores y merecíamos la mayor pena. Esa es una forma de dominio ideológico muy perverso", afirma y acota: "Afortunadamente no es lo que predomina en el discurso que pretende una mejoría de la situación de géneros pero que viaja de colada y hace desmanes dentro de ese discurso".
Aparte, marca otro peligro de la simplificación. Se refiere a la tensión entre el medio en que se desarrolla una persona y su responsabilidad individual. "Es peligroso definir a un género como delictivo o violento. Es agraviante. Las personas son responsables de sus actos. Aun teniendo matrices culturales, nosotros definimos nuestras conductas y hay un código penal que establece si esas conductas están bien o mal y las penas del caso", apunta.
Espeche explica que la violación grupal es violencia de género "porque tiene que ver con la idea de la mujer queda como un trozo de carne dentro de la cual los hombres descarga a través de la dominación una sexualidad. Ya se sabe -y este es un pensamiento unánime- que en el caso de la violación no hay tanto una cuestión sexual como de poder. No es cualquier idea de poder sino un poder que cosifica al otro. No poder de posibilidad, sino de dominación a través de la cosificación", dice y aclara que "esto indica una fragilidad superlativa desde lo psicológico que no los exime en absoluto de ser penados por la ley".
Señala como algo fundamental "la toma de consciencia del otro como otro distinto e igual a mí en términos de humanidad". Asegura que es un tema que siempre esta en tensión porque el ser humano tiende a la dominación, pero con mucho énfasis afirma que "la diversidad debe ser respetada y mantenerse como tal: no es transformar al otro en algo semejante a mí sino honrar al otro, darle alguna sacralidad a la entidad del otro. No tiene que ver con un tema de guerra ni por replicar una puja ideológica sino un diálogo y un sinceramiento emocional de la persona".
Entonces vuelve, aunque indirectamente, a la matriz cultural. "Hay razones psicológicas y emocionales poderosas que tienen que ver con la educación que hemos recibido, con una idea de lo que es el poder que tenemos los hombres y las mujeres que distorsiona nuestras conductas, nos distancia, nos pone en roles espantosos y nos aleja -también- de nosotros mismos", concluye dejando entrever que la educación emocional es una herramienta clave.