El consumo de alcohol entre los adolescentes: ¿una batalla perdida?

El consumo de alcohol entre los adolescentes: ¿una batalla perdida?

Cada vez más adolescentes consumen alcohol, cada vez lo consumen en mayor cantidad y lo hacen desde edades más tempranas. Las cifras son contundentes. Ahora, mientras esto ocurre, ¿Qué hacemos los adultos?

Lic Magdalena Clariá y Mercedes Gontán

Cande y sus amigas estaban muy entusiasmadas con la organización de su UPD (celebración que realizan los chicos del último año de la secundaria para conmemorar su último primer día de colegio que tiene lugar en la madrugada previa al inicio de clases). Decoraron unas remeras con lentejuelas, pintaron carteles alusivos y planearon cada detalle de esa especial noche que compartirían con su camada. La casa de los abuelos de Lucas (que estaban fuera de la ciudad), sería la sede del encuentro. Como era de esperar, circuló mucho alcohol a lo largo de la noche, bebidas diversas que se convertían en tragos multicolores y se mezclaban al ritmo de la música. Todo estaba saliendo como lo planeado, sin embargo, Cande, nunca tuvo su verdadero UPD ya que sus amigas tuvieron que llamar a sus padres para que la fueran a buscar en medio de la noche, porque ya no podía más. El alcohol había hecho estragos en su cuerpo y su noche terminó en una guardia del hospital, con una internación por un coma alcohólico. Nunca llegó al colegio. Nunca tuvo su último primer día de clases de 5to año. 

Historias como esta suceden semana tras semana. En los distintos barrios, en las distintas ciudades, en las distintas provincias. Con diferentes matices y gravedad. Y no solo suceden en los eventos especiales como egresos, grandes fiestas, cumpleaños o celebraciones. En lo cotidiano de las “juntadas”, de las “previas”, de los “pre”, los chicos van caminando por este precipicio de los excesos, que en el mejor de los mundos termina con un fuerte dolor de cabeza y una enorme resaca, zafando de que no haya pasado nada, pero en otras ocasiones, se complica aún más con algún accidente de tránsito, internación, situación de violencia, entre tantos otros desenlaces.

Ahora bien, los padres como adultos responsables, ¿qué papel jugamos en esta historia? ¿Nos acomodamos en el sillón como simples espectadores?, o ¿estamos dispuestos a involucrarnos?

Nuestra primera tentación será decir que nuestro hijo o hija no está tan mal. Que entre sus amigos nunca ocurren estas cosas que aparecen en primera plana de las noticias. Sin embargo, los padres de cada uno de esos chicos, seguramente hayan pensado lo mismo. 

Los encuentros que realizan de manera cotidiana, naturalizada y como costumbre instalada la mayoría de los chicos de 17, 16, 15, 14, y hasta 13 años o menos, suelen planificarse y desarrollarse alrededor del consumo de bebidas alcohólicas.

Lo que a simple vista es diversión adolescente, se convierte rápidamente en una adicción. ¿Por qué una adicción? Porque

  • es un condicionamiento
  • algo que me controla
  • de lo que dependo
  • no puedo dejar de hacerlo
  • se vuelve un extremo
  • da placer a corto plazo
  • genera angustia
  • pretende “Tapar algo con algo”
  • es una falsa libertad

Hace un tiempo, en una charla con chicos de secundaria en un colegio, les preguntamos ¿Por qué tomaban alcohol? Las respuestas que nos dieron fueron de lo más variadas, pero lo más interesante fue debatir con ellos sobre cada una de esas razones. Acá les compartimos un resumen: 

  • Tomo porque me desinhibe. ¿Y qué pasa con mi personalidad, la dejo en casa antes de salir?
  • Tomo porque todos toman. ¿Y qué ocurre con mi libertad?
  • Tomo para divertirme más. ¿Y cuando termino dado vuelta, me estoy divirtiendo?
  • Tomo para encarar. ¿Y entonces, encara mi falso yo, mi “yo borracho”, y si me va bien y gano, ¿tendré que sostener la conquista estando borracho las 24 hs?
  • Tomo porque me libera. ¿Y si dependo de la bebida para divertirme, en realidad no soy esclavo de ella?
  • Tomo porque me gusta. ¿Y entonces porque me gustan las hamburguesas me como 20 un sábado a la noche?
  • Tomo porque es una excusa para decir lo que siento. ¿Y si la impunidad del borracho esconde la cobardía del sobrio?
  • Tomo para olvidarme de los problemas. ¿Y mañana entonces tengo los problemas de siempre más la resaca por lo de hoy?

Los adolescentes militan por su libertad pero, la verdadera libertad, ¿es hacer lo que quiero o saber qué quiero y elegir? 

Cuando uno tiene la oportunidad de indagar y conversar con ellos, muchas veces advertimos que ellos mismos sienten que no toman sus propias decisiones. Algo así como un piloto automático que los arrastra al consumo, una inercia que no logran cortar. 

Y acá los adultos tenemos que tomar consciencia que somos nosotros quienes tenemos que ayudarlos a hacerlo. 

Porque son vulnerables, porque cognitiva y emocionalmente aún no finalizó su desarrollo. Porque si relativizamos la ilegalidad consintiendo el consumo en menores de edad aunque los letreros y etiquetas digan en letra cada vez más grande que está prohibido, les generamos una confusión que trasciendo el tema del alcohol. Todo vale, no hay reglas. Y ni hablar cuando financiamos, o gestionamos las compras masivas del alcohol (bajo el lema de asegurarnos mejor calidad, primeras marcas y precios mayoristas). Cada una de nuestras acciones, decisiones u omisiones tienen su impacto. 

Es imprescindible poner el tema sobre la mesa. Con sinceridad y sin vergüenza. Con los más chicos, es muy importante que conversemos con ellos, aunque nos parezca que es demasiado pronto. Tienen que barajar la posibilidad de que en una salida, aunque no lo esperen puede aparecer el alcohol, casi sin aviso. Nosotros, sus padres, tenemos que darles las herramientas para enfrentar esta situación. Con role playing, haciéndolos practicar que dirían o harían en esa circunstancia. Pero sobre todo, poniéndonos a su disposición: “Vos me podés llamar a cualquier hora, y yo te voy a buscar”. La seguridad que le brinda a un chico esa disposición por parte de sus padres, no tiene precio. 

Como adultos, también podemos ayudarlos a impulsar su creatividad, para generar programas alternativos, una diversión sana. ¿Cómo? 

  • Poniendo a disposición nuestras casas, dándoles ideas de diferentes cosas para hacer, promoviendo el deporte, el arte, la música. 
  • Mostrándoles como cada pequeña decisión que tomen los lleva a la gran decisión de no ser uno del montón.
  • Animándolos a mirarse a los ojos, y generar con sus amigos, verdaderos encuentros, sin esconderse detrás de una copa. 

No podemos seguir siendo cómplices de esta situación. Porque la vulnerabilidad en la que los deja el alcohol les abre la puerta a otros peligros, pero sobre todo porque cada uno de nuestros hijos es demasiado valioso para darnos por vencidos. Sin duda alguna, la batalla nunca está perdida. 

 

*Magdalena Clariá es Licenciada en Psicología y Mercedes Gontán, abogada, Mediadora y Orientadora Familiar. Juntas hacen Apuntes de siembra

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