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La danza de la lluvia

Todos celebramos las precipitaciones sobre Corrientes pero, ¿cuánto debe durar ese festejo genuino?
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Lo adecuado es que el festejo por las lluvias en Corrientes sea corto. El drama del fuego que consumió buena parte de la superficie de la provincia y todo lo que estaba sobre ella como casas, emprendimientos productivos, instalaciones turísticas, campos, viviendas e infraestructuras ya tiene severas consecuencias palpables. No son pocos los especialistas que estiman en décadas el tiempo necesario para alcanzar una recuperación ambiental completa.

Seguramente no provocará imágenes tan prensables, pero la caída de miles de toneladas de cenizas sobre el agua tendrá un impacto tan grave como el que ya vemos en la tierra y hará falta medio siglo para que las especies nativas de árboles recuperen el estado que empezaron a perder en diciembre. Son millones los animales afectados, algunos de especies que ya estaban amenazadas por la extinción antes de las llamas. 

¿Qué simbolizan los saltos y los apretados abrazos de bomberos y brigadistas voluntarios cuando cayeron las primeras gotas? El alivio lógico al percibir que se acerca el final de una batalla tan extensa como desigual. 

¿Era inevitable que fuera así? Sin dudas no. 

En el lamentable y tradicional pase de facturas argentino durante el desastre se expusieron carencias y responsabilidades de todo tipo.  La gran mayoría no surgieron de un análisis riguroso ni técnico. Más bien fueron expresiones de prejuicios ideológicos nacidos en la mezquindad de la especulación partidaria.

Tanto el fuego como la pandemia, la crisis económica o la inseguridad son daltónicos, por lo tanto no distinguen colores políticos. Destruyen personas y bienes de todas las filiaciones. Más allá de toda especulación, al final de todo siempre está la gente. 

Como en tantas crisis, representantes de distintos espacios apuntaron sus dardos hacia los adversarios; como en tantas otras, autoridades de distintos niveles del Estado intentaron, ante todo, transferir su responsabilidad. El peor resultado para el sistema se encuentra cuando la ciudadanía le cree a unos u otros, nadie se salva del descrédito generalizado. Para qué afrontar el pago de tasas e impuestos por triplicado si al final la población siente que desde el municipio a la nación, pasando por la provincia, nadie se hace realmente cargo de sus verdaderos problemas. El solapamiento de áreas oficiales, con objetivos aparentemente confluyentes,  lejos de multiplicar los resultados ofrece vías para eludir la tarea. El crecimiento de las estructuras solo infla las cargas públicas, nunca los servicios.  

Nuestro país padece la falta de planificación en buena parte de sus áreas. Mucho más, aún, carece de estrategias articuladas para las contingencias. Más lejos estamos de las verdaderas soluciones si, además, los problemas son -como casi todos- multicausales. 

Es indudable que en Corrientes, como en las islas a la vera del Paraná que separan Entre Ríos de Santa Fe están impactando el calentamiento de nuestro clima, la sequía y los hábitos de productores para intentar ganarle campo a los humedales. Pero eso es tan cierto como que el Estado no puede esgrimir esas razones como algo ajeno a su incumbencia. A los organismos les cabe el trabajo de advertir, crear normativa adecuada y capacitar a los emprendedores ante las nuevas circunstancias ambientales, establecer canales de vigilancia del cumplimiento de las nuevas pautas, guiar la reconversión laboral cuando sea necesario y desplegar la batería de recursos para contener a tiempo las hipotéticas emergencias. Sabemos que nada de eso sucede. Las crisis de envergadura, en realidad, desnudan las carencias previas. 

Los déficits del Estado están expuestos como pocas veces en nuestra historia. A la intemperie, como los bomberos hoy festejando la lluvia. 

Ya tenemos el fuego, no necesitamos cortinas de humo.

 

* Alejandro Finocchiaro, diputado nacional de Juntos por la provincia de Buenos Aires.