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Ernesto Suárez: genio y figura del hombre más valioso de Mendoza

Viene, desde hace 60 años, construyendo identidad, a través de trabajos teatrales en el mundo de la cultura popular latinoamericana. Es una de las personas más importantes de la historia de Mendoza. Luego de dos meses de charlas, vinos, cafés y funciones, la crónica de vida de un maestro colosal.

He vivido sin amos”, Ernesto Suárez.

No debemos ver con ojo sencillo a este hombre contundente, flaco y largo como un quijote andino o una caña al borde de un zanjón, con su bigote frondoso y su mirada clara y potente. No debemos ver a este artista popular consagrado por su pueblo, a este profeta en su tierra, abanderado de la dignidad, de las lágrimas y las risas y de las causas nobles, como si viéramos a un ángel. 

Tampoco debemos ver a la reacia personalidad pública, al amado tanto por los desposeídos como por los aposentados, aplaudido en las villas y también en los teatros urbanos que llena; al que emociona a sus iguales y también a personas que ideológicamente nada tienen que ver con él, pero, lo respetan, los emociona y los hace reír y los hace llorar, como si viéramos la llave capaz de cerrar la grieta que nos divide, porque él tiene muy en claro de qué lado de la mecha se planta su estatura. 

Al ver a este maestro de generaciones culturales, no debemos ver apenas al hombre seguro de sí mismo, al que nunca quiso nada para sí, nada que no fuera construcción de identidad desde los sectores populares, nada que no fuera proceso de construcción de una obra teatral y un modo de ser de los estratos proletarios, nada que no fueran talleres de teatro popular para jóvenes deseosos de explorar los extremos de la expresión y dispuestos a experimentar la consonancia de sus vidas con sus obras, nada que no fuera denunciar a los cabrones y gambetear a los estúpidos, a los poderosos o a los banales. Detrás de cada chiste, hay algo muy serio que sostiene como estandarte: su pluma da cosquillas, pero tiene el filo de una espada japonesa. 

No debemos ver, al ver a Ernesto Suárez, a este hombre vehemente con sus valores, intolerante con los cínicos y los reaccionarios, tierno hasta el dolor con los desamparados, sólido tutor de artistas y talentoso con lo breve como nadie, allí, sobre las tablas, en cada una de sus escenas, en los enramados del silencio y las miradas, que también maneja como los manejan las tejedoras huarpes en el desierto: debemos ver lo que no da a ver. 

El Flaco, leyenda del teatro latinoamericano.

Al ver a Ernesto Suárez, por lejos, el hombre más valioso de Mendoza, hay que ver todo lo que lo llevó a ser lo que es: sus casi 83 años siendo fiel a sí mismo, auténtico a rajatablas, fiel, por encima de todo, a sus convicciones y su origen. Al verlo, hay que ver dónde está y, sobre todo, de dónde viene. Por eso, vamos a viajar con él hacia atrás y hacia adelante, como en una mecedora, dejando pasar los días y las semanas, a bordo de sus historias. Lancémonos en picada hacia el fondo de sus ojos claros, desde donde, en una de nuestras muchas charlas, nos dirá:

- Como todo viejo, ya pienso en el final. Tengo casi 83 años y veo que se acerca la inexorable muerte, pero también puedo decir: he vivido sin amos

 

Escena I / La infancia 

 

Cuando era niño, fui lustrador de zapatos, en la esquina de San Martín y Godoy Cruz. Hace unos años, me dieron el título de Ciudadano Ilustre de Mendoza. Y claro, porque era lustrador, por eso me lo dieron: ciudadano y lustre”, Ernesto Suárez.

 

(Hace tiempo amagábamos con reunirnos para dejar pasar el tiempo, charlar largo y tendido, con la excusa de una crónica, pero con mi inocultable afán de oírlo, de aprender de él, de construir cariño en el encuentro. Prometí ver todas sus obras y lo hice y él me prometió que llevaría algunas de ellas a las cárceles donde trabajo y lo hizo. En medio, hubo charlas en autos, en chats de Whatsapp, en asado con guitarras, verbos con vinos y con café, en recovecos de teatros, en pabellones tumberos, en la honesta calle. Ernesto Suárez es una persona auténtica y una persona auténtica es aquella que no traicionó a sus sueños de niño. El Flaco jamás lo hizo y jamás olvidó que la pobreza fue su nido y su elemento

 

Mi casa era muy, muy humilde: una sola pieza y ahí vivíamos mi mamá, María Josefa Bustos, mis cinco hermanos y yo. Mi viejo, Antonio Suárez, fue un hijo de puta: tenía otras dos mujeres y, cuando venía, le pegaba a mi mamá o a alguna de mis hermanas. Un día, después de que le volvió a pegar a mi mamá, agarré un cuchillo de la cocina y casi lo mato. Ella era una mujer muy trabajadora, la Pepa, analfabeta, lavandera y ‘sirvienta’, como le decían antes… Ella fue mi madre. Estudió analfabetismo y se recibió.

Mi mamá me trajo al mundo en El Infiernillo, en Guaymallén, y vivimos en una pieza de una especie de conventillo en un lugar que estaba atrás de la llamada Quinta Agronómica, donde hicieron la Casa de Gobierno. Ahí estuvimos un tiempo y con mi madre fuimos a un remate de lotes que hacían en la Cuarta Sección, allá abajo, más allá de la Cuarta de Fierro, adonde iba a parar toda el agua cuando llovía.

El barrio se llamaba Villa Ciudad y tenía todas las calles de tierra. El agua potable la teníamos que buscar a dos cuadras y media del lote, en baldes, creo que en Ramírez y Santa Fe. Era toda gente muy humilde, no era una villa inestable como las de ahora, pero éramos muy pobres. Los que no han muerto y viven allí todavía, siguen siendo amigos míos. Éramos unos villeros, de barrio pobre, con canchita de tierra para jugar a la pelota y hasta un reñidero de gallos había, en un callejón. Había también dos carniceros que nos regalaban algunos huesos para hacer la sopa, nunca me olvidé de ellos: uno era el Alfredo y el otro, don Puertas.

De chico, lo que más me gustaba era jugar al fútbol con mis amigos y así me crié, con obreros, cafishios y prostitutas. Mi vieja laburaba todo el día limpiando casas y nos dejaba con una señora que vivía enfrente. Se llamaba Helena y era prostituta; en esa época, las prostitutas trabajaban en la Alameda. Helena era buenísima con nosotros, cuando volvía mi madre, ella se iba a trabajar. 

El Flaco, de niño. (Gentilieza Walter Gazzo) 

Había algunos curas tercermundistas que llegaban hasta el barrio y trabajé con ellos. Todos usábamos alpargatas en las calles de tierra y cuando llovía, todo se llenaba de barro y tenías que sacarte las alpargatas y caminar descalzo por el barro. No teníamos luz y, de noche, usábamos velas, porque no teníamos plata para una lámpara Petromax.

Qué humilde era ese loteo, llegamos a tenerlo, porque lo pudo pagar mi viejita gracias al peronismo. Nos criamos todos en una sola habitación, pero era nuestra casa. Cortamos los adobes entre todos y teníamos una chacrita con algunas verduras para comer. No teníamos agua, luz, cloacas, nada. Sin embargo, tengo el recuerdo de mi madre cantando tangos, siendo feliz con sus hijos. Era una mujer increíble, con unos cojones impresionantes. Salimos todos buenas personas. Ha pasado el tiempo: el año pasado murió otro de mis hermanos, ahora, me quedan dos hermanas vivas, una de 84 y otra de 85.

Yo, para ayudarla, vendía verduras que buscábamos en la feria de Guaymallén con un viejo en carretela. Y también he lustrado zapatos en el Centro, los viernes y los sábados en las calles San Martín y Godoy Cruz, de Ciudad, con un amigo veterano al que le decíamos ‘Gardelito’. Había mucho laburo para los lustradores, era importante tener brillantes los zapatos. A los 10 años, también trabajé en un corralón haciendo cajitas de madera. Ya a partir de los doce, me hice cosechador también.

Después, hice el secundario. Mi vieja no sé cómo hizo, pero me consiguió una beca en el colegio Santo Tomás de Aquino. Fui el único del barrio que terminó el secundario y hasta empecé a estudiar Abogacía, pero por suerte abandoné. Sigo en contacto con mis amigos del barrio, los que siguen vivos. Ese fue mi ambiente. El otro día pasé y vi un viejo sentado en la puerta, era el Pocho Gandolfi. Él se crió ahí y nunca se fue del barrio. Yo iba en el Renault 12 y paré y empezamos a hablar de aquellos años y terminamos los dos llorando, abrazados a tantos recuerdos.

 

Escena II / Bairoletto, bandido rural 

 

Ustedes que están presos saben lo que es la pobreza y no tener plata para un abogado. Esta obra de teatro habla de esto, de lo que ustedes están viviendo, hermanos. Yo también estuve en cana y a mí, por suerte, me salvó el teatro”, Ernesto Suárez

 

(Fines de setiembre, acaba de desembarcar la primavera y hay un solcito hermoso, con sus nubes petiteras. Estamos en la cárcel Boulogne Sur Mer. El Flaco ha llevado uno de sus elencos, De Sol a Sol, a presentar la obra “Bairoletto, bandido rural”, un trabajo formidable del que participan unos 15 actores y músicos en escena, y que cuenta la infortunada y épica vida del bandido y cuatrero Juan Bautista Bairoletto, considerado como un Robin Hood argentino. Nació en Santa Fe y murió, en 1941, en el rancho en el que vivía con Thelma, su mujer, y sus hijas en General Alvear, Mendoza. La presentación de la obra fue emocionante y generosa en lágrimas. Si había un lugar donde hacer esta obra, era en una cárcel como esta, construida en 1905. Mientras se desarrolla la obra, con inusitada atención de los presos, estamos a un costado el Flaco y yo, secreteándonos con disimulo. El Flaco está muy conmovido y no lo oculta

 

Mirá, mirá las caras de los presos, fíjate la atención que ponen, la manera en que viven el hecho teatral. ¡Para esto hago teatro, para vivir esto! A mí, siempre me interesó hacer teatro con las cosas que le pasan a las personas más humildes y con pocos, casi nada, de elementos en la escena. Me gusta hacer teatro con dos trapos, porque así nos criamos, con dos trapos, así jugamos y así hemos vivido. Y así nos vamos a ir. 

Yo hago teatro para la gente de barrios como los de mi infancia, para que pueda ir la gente común y disfrutarlo. Cuento en mis obras las cosas que le pasan. Y si van otras personas a verme, bienvenidas, pero siempre dejo en claro que mi teatro es teatro popular. El arte será popular o no será nada. 

"Bairoletto, bandido rural", en la cárcel Boulogne Sur Mer

Con “Bairoletto, bandido rural”, hacemos eso: contamos la historia de un tipo que padece injusticias y persecución del poder, al que las circunstancias lo llevan a matar y que termina siendo venerado por los humildes, a quienes ayuda, a los que representa. Y en la obra, aprovechamos para tocar temas muy sensibles de la historia de Mendoza, como el despojo del agua que sufrió Huanacache, la importancia de los trenes en el pasado, la falta de derechos laborales para los obreros y el surgimiento de líderes populares como Martina Chapanay y Santos Guayama, además de Bairoletto. Y la música en vivo es música cuyana, que tan bien nos ha distinguido. Este es el teatro de los pobres, hermano, el del respeto, el de la construcción colectiva de la cultura. Estos son los momentos que he buscado siempre vivir.

Si te fijás, el final de la obra muestra cómo decenas de policías rodean el ranchito de Bairoletto y Thelma en Alvear y él, para que no abran fuego y maten a su familia, sale afuera con las manos en alto y, antes de que lo maten, se suicida con su arma, porque no quiso que nadie se hiciera famoso por haberlo matado.

 

(Termina la obra, es mediodía en el patio de los talleres productivos de la cárcel y decenas de presos se muestran emocionados y agradecidos y aplauden sin parar. La vibración de los actores también es evidente; algunos de ellos lloran porque, bueno, todos hemos tenido a algún pariente o amigo en cana y, si no, sólo es porque lo mereció y no lo atraparon o gozó de los contactos apropiados, pues en cana sólo terminan, de los culpables, los más humildes. Los presos y los actores se abrazan. El Flaco Suárez da un pequeño discurso, contando cosas de su infancia, de alguna vez que estuvo en cana, de la persecución política que sufrió en la Dictadura Militar y de que el teatro no es nada más que encontrarse en las cosas que nos pasan). 

 

Escena III / Los inicios y “Educando al nene” 

 

(Comenzó octubre, con calores bravos. El Flaco y su sobrino, el actor “Negro” Daniel Quiroga vuelven a hacer la legendaria obra “Educando al nene”, que vienen sosteniendo desde hace 35 años. El lugar elegido, el Cine Plaza, de Godoy Cruz, que luce prácticamente lleno. El escenario es enorme y será ocupado sólo por dos sillas y, en algún momento, una mesita con una vieja máquina de escribir. Lo demás, serán sus cuerpos entregados a la acción, el silencio como recurso y el humor como herramienta, a pesar de los duros temas que asume la obra, varios de los cuales provienen de la propia infancia de Suarez, quien con suma sabiduría convirtió el dolor en arte, la gente disfruta la puesta) 

 

Un día, a los 23 años, medio en pedo, conté un chiste en una peña, universitaria, en la calle Rivadavia, y todos se rieron. Y me subieron al escenario, para que contara más: algo se sacudió en mí esa noche. Entre los presentes, en el grupo de amigos, estaba la Negra Mercedes Sosa, que vivía en Mendoza con el “Negro” Oscar Matus y todavía no era famosa. Había también un director de teatro, que se llamaba Leónidas Monte y me dijo que tenía que hacer teatro, en su elenco de la Facultad de Ciencias Económicas.

Allá fui y me dio un pequeño papel en una obra, que hacía en la Biblioteca San Martín. Yo decía tres frases nada más, pero me gustó. Así, empecé a hacer teatro y terminé largando todo a la mierda. Puedo decir que he perdido muchas cosas, incluyendo compañeras de vida maravillosas, por mi fanatismo por el teatro, pero, bueno, como te dije, he vivido sin amos, sin patrones, libre, viajando por Latinoamérica y por Europa, haciendo teatro. Y, después de mucho andar, me quedé finalmente en Mendoza, donde vivo y me quiero morir, pero falta un poco todavía.

Hace 35 años, después del exilio por la Dictadura Militar que pasé en Ecuador y otros países latinoamericanos, me volví para Mendoza, a trabajar con el teatro. Y armamos un elenco que hizo historia: El Taller. De ahí salió, entre otros valores, el Negro Quiroga, que además es mi sobrino. Ya antes de venir a Mendoza, empecé a escribir “Educando al nene” y, cuando vine para acá, empezamos a improvisar con el Daniel y, de a poco, se fue armando una estructura. Su primer título fue “Que pase el que sigue”. 

Suarez y Quiroga, "Educando al nene". (Gentileza E Suárez) 

El eje central es el tema de machismo. Parte de una familia, donde en una primera escena el padre reta a la hija, porque no le gusta la hora a la que llega, a pesar de que es temprano y también reta después al hijo porque llega temprano, en vez de quedarse en la calle hasta cualquier hora. El hijo, incluso, no encuentra su rumbo, porque el padre le marca todo lo que tiene que hacer. El padre es un machista prototípico. Está inspirado en mi viejo, que era un machista terrible y le pegaba a mi mamá y también a mis hermanas y les dejaba marcadas las caras. Era un tipo muy hijo de puta. Él tenía tres familias y nos hablaba de moral y era un violento. Era el auge mayor del machismo y era común que los tipos tuvieran otras familias. Y a mí me quedó guardado eso de por qué había que educar de una manera a las mujeres y de otra, a los hombres. Es un padre que todo el tiempo está buscando la manera de manipular la vida de su familia, para que tengan una vida miserable como la de él. La obra es desopilante, es cruda y es muy cruel y también tiene que ver con momentos difíciles de mi vida en el exilio, con los miedos y con los privilegios que tienen los varones. Hace 35 años, el feminismo no estaba tan internalizado, ahora sí. Por eso, qué bueno que las mujeres hayan pegado un grito de guerra y hayan salido a pelear por sus derechos. Ha sido un gran avance.

- ¿Te ha sorprendido que la obra tuviera tanto éxito a pesar de sus temas?

Es notable, pero pasa que también tiene mucho humor y así hemos superado largamente las 1.000 funciones, en Mendoza y muchas ciudades. Creo que una sola vez presentaron mi obra en un concurso, porque yo no creo en la competencia en el arte. Fue en Mar del Plata, donde hacíamos “Educando al nene”. Ellos tienen un concurso muy difundido y resulta que salimos terceros. Y nos pidieron disculpas por no darnos el primer premio, porque se lo tenían que dar a Moria Casán y Nito Artaza y el segundo a los Midachi, por la enorme inversión en producción que ellos habían hecho. Nosotros, con el ‘Negro’, salíamos a escena con dos sillas y una máquina vieja de escribir, eso era todo. Y con esos mismos recursos hemos hecho esa obra durante 35 años por todos lados. 

El Flaco, firmando ejemplares del estupendo libro escrito por Walter Gazzo.

 

(Termina la obra. El teatro Plaza, luego de reírse a destajo, los aplaude de pie; son cientos de personas que sólo han visto a dos hombres sostener escenas a fuerza de oficio teatral. Se nota que el público, además de disfrutarlos, los quiere. También los aplaudo, con ternura, incluso hacia mí mismo: no sé cuándo fue la primera vez que vi esta obra, quizás fue en el café “Los cuatro gatos”, quizás en el “Soul”, a fines de los ‘80. Décadas después, me provoca admiración ver a este par de hombres, ahora contundentes, seguir sobrados de fuerzas para enfrentarse al público y salir victorioso)

 

Escena IV / Lágrimas y risas 

 

Y el teatro, de pronto me salvó la vida”, Ernesto Suárez.

 

(Es mediodía y salimos con el Flaco del penal Jóvenes Adultos, donde hizo su monólogo “Lágrimas y risas”, para algunas decenas de pibes de 18 a 21 años que lo escucharon con fascinación, que lo aplaudieron, que se rieron y que lloraron con sus historias y se tomaron fotos con él. Otra vez, el Flaco queda conmocionado con la respuesta de ese público, que vive al borde mismo de la vida. Muchos de ellos han visto por primera vez en sus vidas teatro para adultos, a través de una obra qué cuenta de dónde viene Suárez y aquello que la vida fue haciendo con él, matizado con encantadoras historias de ficción. Ya estamos en la calle, camino a su viejo Renault 12, junto al cual, mirándome a los ojos, soltará una frase inolvidable para mí: ‘Creeme si te digo que esta ha sido una de las mejores funciones de mi vida’)

 

El Flaco en su Renault 12, compañero de mil batallas

Qué impresionante lo que pasó. Yo veía a los esos chicos escucharme y me estaba viendo a mí mismo, a la edad de ellos y todavía más chico. Yo vengo de ahí, hermano, por eso es que me han dejado tan conmovido. ¿Viste la atención que ponían, el silencio, la risa, las lágrimas? Esas caritas eran las caritas de los pibes de mi barrio, de mis amigos, mi propia cara. Por eso les dije en un momento que el teatro me salvó la vida, porque es verdad.

¿Entendés por qué me gusta el peronismo? Porque nos representa, a mí y a mis amigos del barrio: todos peronistas, sin ser del partido. Al peronismo le debimos todo lo que tuvimos, para empezar, el lote que se pudo comprar mi viejita. Por eso, no quiero ser personalista y llamarme peronista del partido, pero nunca en la familia olvidamos lo que logramos gracias a Perón. Hay cosas que sólo las ha dado el peronismo y yo me siento muy agradecido. Ojo: no he militado el peronismo, pero mi madre, siendo una ‘sirvienta’ llegó a tener esa casita, en la época de Perón. Algo bueno siempre había ahí, pero, bueno, ya viste, después la fueron cagando los mismos peronistas. A mí no me gustaron muchos tipos que se acercaron al movimiento y lo terminaron cagando. Hay una frase justa para esto: el que se olvida de dónde viene, nunca sabe dónde va, cuánta razón.

Esta obra, “Lágrimas y Risas” cuenta parte de mi vida y agrega historias de ficción. Está cuando fui verdulero y lustrador, está la carretela de don Andrés con la que íbamos a la feria, mi escuela secundaria, está mi madre y cuento que una vez la llevé a ver una de mis obras y no entendió una mierda, pobrecita. Y también cuento de cuando vendía libros y me convertí en actor y cantante en las peñas, con el Negro Tulián en guitarra y El Sosa. ¿Sabés? Me di cuenta de que mi vida podía ser triste, pero que podía hacer reír a la gente. Así llegué a mi primera mujer, Mirta, una rubia hermosa, que me soportó tres años.

Cuántas cosas, hermano. A veces, me acuerdo de la infancia, cuando caía una tormenta y nos acurrucábamos todos sobre una cama, justo donde no se llovía: ¿cómo no voy a contar estas cosas en una obra, hecha para gente que vive cosas parecidas? También cuento cuando con El Chicho y el Arístides Vargas hicimos nuestra primera obra, “El aluvión”, en el barrio Virgen del Valle, donde murieron ocho personas a causa de un tremendo aluvión. El telón de fondo eran sábanas de los inundados, actuó la gente del barrio y, con esa obra, llegamos al teatro Independencia. 

"Lágrimas y Risas", en el penal Jóvenes Adultos

“Lágrimas y risas” cuenta también de las amenazas recibidas, de la Triple AAA, de los curas tercermundistas, como el Macuca Llorens y el Jorge Contreras. Y del exilio, con mi entonces mujer y Laura, mi primera hija. Y de cuando dormíamos en una plaza de Lima y pasaba la gorra para conseguir unas monedas y comer.

En aquella época, armé un grupo de teatro en Guayaquil, Ecuador que hasta hoy sigue vivo y es legendario allá. Se llama “El Juglar”. ¿Sabés cuándo cumple 45 años ese grupo? Hoy, hermano, hoy los cumple y hay un gran festejo allá, con un importante homenaje. Yo lo festejé acá, haciendo teatro en una cárcel, para jóvenes que se parecen a mí. Voy a llorar.

 

(La obra es encantadora, el Flaco cuenta su propia historia y también da vida a personajes encantadores como Blackaman, el contador de historias en las calles y la plaza y el mercado de Santa María la Antigua del Darién, la tremenda víbora mapaná, que te mata aún antes de picarte, las piedras mágicas de Oriente, la máquina de combatir el dolor. Y hasta una dolorosa historia de un negro que ama la libertad y lucha toda su vida por tenerla y muere por no tenerla. Volvamos al momento junto al Renault 12, afuera del penal y escuchémoslo, incluso, decir las mismas cosas, mientras guarda en el bolsillo una multa por mal estacionamiento, como quien guarda en el bolsillo un pañuelo usado y suelta frases definitivas, como su impronta)

 

Ay, querido amigo, esta fue una de las funciones más conmovedoras de mi vida; la que hice con más energía, con más fuerzas que nunca. Te repito que veía las caritas de los pibes presos y me veía yo, en mi barrio. Veía a mis amigos, a algunos los mataron, otros terminaron en cana y yo estuve unos días también en una comisaría… Cuando llegue a mi casa quiero llorar un rato.

A veces pienso todo lo que viví hasta terminar haciendo teatro popular, son muchas cosas… Me pasó algo parecido, cuando llegué a Ecuador, adonde me fui exiliado por la Dictadura Militar. Era toda gente humilde y me salió la oportunidad de irme a México. Mi compañera de entonces y mi hija ya estaban en el Distrito Federal y yo tenía la posibilidad de trabajar en la Universidad Autónoma de México. Y los ecuatorianos, muy humildes, me rogaron que me quedara haciendo teatro con ellos, porque estábamos construyendo algo. Y me quedé en Guayaquil y nunca me arrepentí, porque entendí que ellos eran como yo: no teníamos ni ropa para ponernos. Vivíamos en el suburbio guayaquileño, que es bravo. Y ahí me quedé y ahí nació “El Juglar”, que cumplió ya 45 años de vida, el mismo día en que voy a una cárcel mendocina a hacer la obra de teatro. Hoy hay un homenaje en la Asamblea Nacional y yo, antes de empezar la función, se las dediqué a ellos.

“El Juglar” recibió un premio, pero yo recibí un premio más grande: ir a la cárcel y mirar esas caritas, que parecían las de mi barrio, con la diferencia de que no había tanta droga y tanta violencia. Gracias, gracias, por hacerme vivir esta experiencia. 

 

Escena V / Asilo Vip, el fútbol y el amor 

 

Le dije al director, ¿cuánto dura el rodaje? No quiero tener que estar aguantando a un pendejo pelotudo que se hace la estrellita –por Rodrigo de la Cerna lo dije– y resulta que él estaba ahí con el director y, entonces, escucho que me dice: ‘mirá, yo tampoco quiero estar mucho aguantando a un viejo choto’”, Ernesto Suárez.  

(El Flaco y el músico Marcelo Sánchez han hecho la divertida obra escrita por el Flaco, “Asilo Vip”, en el teatro Imperial de Maipú. Se fueron ovacionados. Ya en la calle, algunas personas se han quedado a esperar su salida para tomarse una foto o hacerle firmar el estupendo libro que, sobre él, escribió el periodista Walter Gazzo, llamado “Lágrimas y risas, vida y obras de un hombre de teatro”, el que, desde ya, recomiendo para ser engullido con gozo. Días después, reúno en mi casa un grupo encantador: El Flaco, su mujer Mónica Pacheco (directora de coros e investigadora), su encantadora hija, la joven escritora Ana Suárez, dos figuras descollantes de la plástica argentina, Luis Scafati y su pareja Marta Vicente, la actriz Andrea Simón y su pareja, el músico Marcelo Sánchez, la actriz Belén Cherubini, el director teatral Daniel Posada, mi pareja, la soprano Griselda López Zalba y nuestra hija, Galilea. Desde temprano, puse un vacío en la parrilla, que fue minuciosamente devorado por los comensales, con muchas botellas de buen vino, anécdotas imperdibles de la cultura argentina a cargo de los referentes mayores y cierre con guitarreada jubilosa y hasta con coreografías torpes. Poco se pudo rescatar de todo aquello tan bello. Como dijo un amigo, un sabio olvidado: ¿para qué me divierto tanto, si después no me acuerdo?)

Luis Scafati y Ernesto Suárez, referentes de la cultura nacional

El fútbol es mi pasión; siempre fui hincha de Boca y ahora estamos festejado otro campeonato. De niño jugaba al fútbol con pelotas de trapo, las que se usaban en los barrios pobres. Teníamos una canchita y un club que se llamaba Villa Ciudad. Yo jugaba de 2, en la defensa. Ahora, donde teníamos la cancha de fútbol, hay una plaza, en la calle Santiago del Estero. Con todos los elencos de teatro que tuve, teníamos un equipo de fútbol. Con “El Juglar”, en Ecuador, teníamos un equipo imbatible; allá cortábamos la calle y hacíamos los desafíos ahí mismo. También teníamos un equipazo en Mendoza, con el elenco de “El Taller”, jugaban Víctor Arrojo, Turco Yasar, Daniel Posada, Tuti Azar, José Barbeito. No había quién nos ganara. Nunca fui profesional, pero me gustó mucho jugar, siempre, hasta los 70 años, jugué. Una vez, fui a probarme a Godoy Cruz, pero no me daba el tiempo, por mis laburos…

El fútbol es popular y barato, con cuatro piedras hacés los arcos y, con una pelota de trapo o de goma, te ponés a jugar. Una vez, a los 15 años, me dieron un patadón y caí de espaldas y me golpeé la cabeza; vomité y me desmayé, y me llevaron a un hospital. Mis amigos creyeron que me moría o que ya no iba a caminar. Ellos hicieron entonces la promesa de ir caminando hasta El Challao para que me curara y no supieron más de mí. Días después, cuando estaban cumpliendo la promesa; iban caminando y vieron que los pasé: yo iba encima de una carretela, cantando con un amigo y yendo a una joda en El Challao. ¡No sabés cómo me putearon! Ellos estaban con la promesa y yo estaba de joda, pero siguieron caminando y la cumplieron.

Del amor no sé qué te puedo decir. Tuve una larga lista de amores, pero no quiero dar nombres, aunque por ahí se me escapan algunos. Me casé muy joven, a los 25 años y me separé al poco tiempo. Era una mujer maravillosa, llamada Mirta Castillo. Era una relación muy linda y la cagué, porque estaba muy metido en el teatro y no le di pelota a ella. Después, tuve una pareja, Tati, con la que tuve mi hija Laurita, que ya tiene más de 40 años. Con ellas, me fui al exilio. Y he tenido otras parejas, hermosas personas, pero nunca me duraban mucho. Recuerdo especialmente a excelentes personas como Alejandra y Herta y Mirtha, una escultora peruana con la que viví en Florencia, pero me volví porque extrañaba Ecuador.

Ahora, desde hace más de 30 años, estoy en pareja con Mónica Pacheco, una mujer extraordinaria, a la que admiro como mujer y como artista, también. Ella se dedica a la música y es una gran madre de nuestra hija Ana (que tiene 28 años y es poeta). Mónica es una gran compañera y una cocinera espectacular. Siempre está investigando, siempre está estudiando. Es fanática de la música, muy buena docente y excelente persona. El arte y la docencia nos unen y la admiración mutua por nuestros trabajos. Con ella, puedo decir a mis 82 años, aprendí a alimentar y conservar el amor.

Por mi entrega al teatro, perdí trabajos y amores. Ahora, cuando veo, como en estas semanas juntos, los teatros llenos de gente, es muy lindo, pero yo no me olvido de dónde vengo y de todo lo que he vivido. Tuve que pasar por mucha vida para llegar hasta acá. 

Suárez y de la Cerna, en "Camino a la paz"

- Contame de la película que filmaste con Rodrigo de la Cerna

De la película “Camino a la paz” que hice con Rodrigo y el director Francisco Varone, ¿qué decir? Fue una experiencia linda, sobre todo porque ellos resultaron ser excelentes personas. Me querían contratar por teléfono y yo me hice el difícil. Le dije al director, ‘¿Cuánto dura el rodaje? No quiero tener que estar aguantando a un pendejo pelotudo que se hace la estrellita –por Rodrigo de la Cerna lo dije– y resulta que él estaba ahí con el director y, entonces, escucho que me dice: “mirá, yo tampoco quiero estar mucho aguantando a un viejo choto”. Ahí, todos nos cagamos de risa. Vinieron a Mendoza y fui al aeropuerto a esperarlos con el Renault 12 y compré dos bolsas de verduras y les hice una sopa en casa y eso también les encantó. Al final, nos divertimos haciendo “Camino a La Paz”, ellos resultaron ser muy buenas personas. 

 

Escena VI “Asilo Vip” en una cárcel de mujeres y de hombres 

 

En el final de mi vida sigo pensando igual y siendo fiel al niño marginal que fui, con su pelota de trapo, en su barrio humilde, pero libre y sin patrones”, Ernesto Suárez.

(El 2 de diciembre, llevo al Flaco y a Marcelo Sánchez a hacer “Asilo Vip” en el Complejo Penitenciario Almafuerte II, en Cacheuta, piedemonte mendocino, donde está la cárcel de mujeres de Mendoza y también una unidad de hombres. Allí, solemos hacer actividades culturales en las que hacemos convivir la población femenina con la masculina, una experiencia única y poco conocida de los mundos penitenciarios. Hace un calor tremendo, pero ellos llegan entusiasmados con la propuesta. Hacen la obra con todo suceso y, al final, se arma guitarreada, con zambas, cuecas y gatos, con los presos cantando y tomando mates. Hay abrazos finales para los artistas, que hicieron pasar uno de los mejores momentos del año a más de cien personas privadas de libertad. Un preso, con vergüenza, le regala al flaco una matera que hizo con sus manos; Suárez se emociona y lo abraza, allá, al pie de los cerros calcinados, adentro de la cárcel. Por un rato, el mundo parece ser un sitio agradable. Nos vamos, dejando a su paso veneración también entre los penitenciarios. Respecto de nuestras charlas con el Flaco, bueno, va siendo hora de buscar algún tipo de final. Y el final por naturaleza, del que pocos hablan, es el enfrentamiento con la idea de la muerte, algo que al Flaco parece no preocuparle demasiado) 

 

"Asilo Vip", en el penal Almafuerte II, de Cacheuta

¿Viste lo que volvió a pasar ahí adentro? Otra vez el teatro me da eso que busco de él: la posibilidad del abrazo. Esto no se trata del aplauso, se trata de encontrarse con el otro, de hacer algo en el escenario con lo que se sienta identificado. El arte teatral debe ser un encuentro, un abrazo, no una propuesta llena de palabras e imágenes “raras” o “cultas”. Eso no es un encuentro, eso es sólo una “exposición”.

Eso es lo que busco cuando voy a los barrios, a las cárceles, a las escuelitas marginales. Y no es limosna, odio esa palabra. Es abrazo, hermano, es volver a mi barrio. Por eso, hacemos teatro. Quienes hacen este laburo para competir con sus colegas en festivales o sólo buscan temas y lenguajes de moda ‘aculturizantes’, nunca tendrán el placer de estas lágrimas y risas compartidas. Se quedarán con un efímero aplauso. 

- Querido amigo, hablame de la muerte

A principios de enero, el 9, cumplo 83 años. Siento que he vivido mucho y muy intensamente. Como todo viejo, yo ya pienso en el final. Tengo casi 83 años y, como dijo Charles Chaplin, veo que se acerca la inexorable muerte. Sin embargo, también puedo decir: he vivido sin amos; he tenido una vida libre, gitana, divertida, con proyectos y con amor.

Me parece importante haber podido demostrarme y demostrar que se puede vivir del teatro y no de un teatro para festivales, sino uno para la gente de a pie. Ahora, en el final de mi vida sigo pensando igual y siendo fiel al niño marginal que fui, con su pelota de trapo, en su barrio humilde, pero libre, libre y sin patrones.

Ulises Naranjo (texto y fotos). 

Ernesto Suárez y Ulises Naranjo, por los caminos de la vida. (Foto Marcelo Sánchez)