Son cinco hermanos, la vida los separó y después de 30 años volvieron a abrazarse en Mendoza
Felisa Pereyra (67) nunca olvidó la promesa que le había hecho a su mamá: aunque la vida y las decisiones personales marcaron rumbos diferentes en la vida de los cinco hermanos, ella se encargaría, por todos los medios posibles, de unirlos nuevamente a pesar de las dificultades y de las distancias geográficas. Este domingo, después de treinta años, no solo el sueño de Felisa se cumplió, sino que el sello del amor filiar quedó, una vez más marcado a fuego en el corazón de toda la familia.
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Es que para la ocasión, un motivo más movilizó todas las circunstancias para que el esperado reencuentro fuera posible. Nada menos que el bautismo de su sobrino nieto, sirvió como el puntapié para que Mendoza fuese el sitio acordado para que los tres hermanos, de los cinco que habían partido de la provincia hace mucho, encontraran el tiempo, el espacio y dinero necesario para sentir, una vez más, el abrazo fraterno que no se encuentra en las videollamadas ni en los mensajes de whatsapp.
Aunque a lo largo de los años, cada uno de los hermanos y hermanas de la familia Pereyra había podido encontrarse en diferentes oportunidades -y de hecho, divididos en dos grupos residen en los mismos lugares-, desde hace tres décadas no sucedía que los cinco se vieran frente a frente, se abrazaran o compartieran una charla amena teniéndose en persona.
Un túnel en el tiempo
Así, como si el tiempo no hubiese transcurrido, el amor dio paso al milagro. Luis (63) y Claudia (62), quienes habían partido muy jóvenes junto a sus padres a Mar del Plata, tomaron hace unos días, un avión que los trajo de regreso a estas latitudes de montaña. Toda una vida de por medio, trabajos, hijos y rutinas que obligaron a posponer en cada intento la coincidencia, los devolvieron al presente con varios años más. Y también con la sabiduría cosechada en las valijas. Felisa, la segunda en el orden de nacimiento, es la que arribó a tierras más lejanas, cuando apenas tenía 33 y varios años de trayectoria como maestra de grado. Hace unos días, con la mente y el corazón permeables a los designios del universo, no dudó en viajar los más de 10 mil kilómetros que unen a la provincia de Cala de Mijas (Málaga, España), con tierra mendocina.
Osvaldo (68), el mayor de los cinco junto a Marijó (45), la más joven todos, viven en Mendoza, el lugar donde la primavera les regaló retoños de vida que brotaron con miles de anécdotas y recuerdos. De la infancia compartida en la casa de calle Honduras al 1330 del barrio Parque, en Godoy Cruz, donde en algún tiempo, hace casi medio siglo, crecieron juntos, vivieron la llegada de la pequeña Marijó, aprendieron y disfrutaron de los años de niñez entre risas, juegos y sueños por cumplir. Felisa confiesa que la vida, en realidad, no fue sencilla pero que pese a ello, los años le enseñaron a seguir las huellas que el destino le fue dejando para darle valor, por encima de todo, a los afectos.
La última vez que Osvaldo, Felisa, Luis, Claudia y Marijó se vieron antes del domingo 2 de octubre de 2022, fue en 1992, cuando la familia Pereyra se reunió para festejar el cumpleaños de 15 de su hermana más joven. "Había llegado con mi hijo que por entonces tenía dos años. Después pude ir visitando en diferentes oportunidades a cada uno, pero desde ese momento no nos habíamos vuelto a ver los cinco", relata Felisa, que ya con más de tres décadas de vivir en tierra española no puede alejarse del acento de aquél país. Su tono es ameno y alegre, pues asegura que después del esperado encuentro, siente que se mayor cuenta pendiente en la vida ha sido saldada.
Durante la reunión y el convite del domingo, en el marco del festejo de bautismo que los unió, asegura que mantuvo las emociones a raya, porque cada tanto, las lágrimas se le escapaban. Solas, sin que ella misma quisiera. El remolino de sensaciones se le atoró en el pecho.
"He logrado ser muy feliz después de mucho tiempo. Para mí todo esto ha sido un milagro y sé que en el momento en que me toque irme de esta vida, lo que quedará son los afectos, el amor. Nada más", reflexiona Felisa.
Una frase sintetiza su sentir. "Estoy henchida de amor", dice Felisa haciendo alusión a la jerga de la zona donde habita, mientras a su lado, se escucha a Liliana Avellaneda (66). Es su amiga desde hace 55 años, con quien compartió la escuela secundaria en el colegio Nicolás Avellaneda y a quien también visita por estos días antes de hacer sus valijas para seguir rumbo a Mar de Plata. Luego su itinerario de momentos únicos seguirá allí, para pasar algunos días con los hermanos que ya regresaron a su rutina. El paso siguiente será continuar a Buenos Aires, retornar a Mendoza y tomar el avión que la llevará a España el 23 de noviembre. Su idea es exprimir al máximo cada segundo de disfrute junto a seres amados; compartir con intensidad el "aquí y ahora" de un presente que es la clara evidencia tangible de la existencia.
Cosechar antes de partir
En cada rincón que visita, Felisa cuenta que encuentra la charla gratificante de un amigo o amiga que cosechó en el andar. Y en el sitio a pocos metros del mar, "su" lugar favorito en el mundo, Felisa también es de esas personas en las que es posible confiar aún sin conocer. Justamente, en aquellas lejanas tierras donde viven tan solo 4 mil habitantes, ella es quien tiene a cargo el cuidado de las casas de fin de semana. Su disfrute de la vida es pleno, asegura ya cuando lleva muchos años desde su divorcio y su hijo decidió volar del nido. 
Ama el mar. "Málaga es la tierra donde nació mi abuela y donde yo siempre quise vivir, desde muy chiquita, cuando ella me relataba sus experiencias de niña", relata la mendocina que ya lleva más tiempo de su vida viviendo a la orilla del mar que a los pies de la cordillera. Fue por esa chispa que nunca se le apagó de su mente, por la que ni bien se casó a los 33 años, dejó todo y se fue. "Me casé un viernes, el sábado estaba en el avión y el domingo estaba en Málaga", ilustra Felisa al volver la mirada sobre aquellos años de juventud. En poco más de un mes, cuando la vida la vuelva a ubicar frente al mar, su agradecimiento al universo será eterno. Felisa habrá ganado todas las batallas contra el tiempo y las distancias, gracias al amor.
