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Yésica Marcos: su vida a cuatro años de su última pelea

Este 2 de noviembre se cumplirán cuatro años de la última pelea de Yésica Marcos como boxeadora profesional. Hoy, lejos de las luces del entarimado, trabaja y da clases de boxeo en su San Martín natal.
Yésica tuvo una carrera soñada como boxeadora rentada Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
Yésica tuvo una carrera soñada como boxeadora rentada Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

La muchedumbre ya no corea su nombre. Las 45 mil almas están en silencio. Todo es un simple recuerdo guardado en viejos recortes de diarios locales. La adrenalina de la previa a cada combate, el desandar camino desde la zona de camarines al entarimado, el Bombón Asesino de Los Palmeras sonando, son solo parte del pasado. Yésica Marcos, hoy se enfoca en su nueva vida.

El destino es injusto, porque no da el brazo a torcer, porque se encapricha con no volver al pasado, cuando era una de las joyitas del boxeo mendocino, porque se guarda con recelo en un viejo cajón. Un cajón tan viejo como el de la mesa de luz que yace al lado de una cama de dos plazas, abarrotado de cosas que son más parte del presente que del futuro. Una mesa de luz que guarda una estampita del Gauchito Gil, el mismo que lleva tatuado a fuego en su espalda; al que tantas veces apretó con fuerza en los malos momentos y al que le pidió, más de una vez, que la acompañara en sus empresas mundialistas.

Cerca de esa cama se puede divisar un viejo televisor de 14 pulgadas como en el que, cuando tenía 13 años, vio su primera pelea de boxeo en la vidriera en un local de electrodomésticos de San Martín. No recuerda quienes eran las mujeres que peleaban, pero sabe que esa noche fue fundamental para su futuro. Quería eso. Había quedado encantada. Necesitaba aprender a boxear, no solo por lo que pudiese generar económicamente, sino para aprender a defenderse en la calle. Por eso, una tarde, se acercó al gimnasio del Pato Martínez, el profe que la acompañó en sus primeros pasos.

Yésica Marcos vivió un tiempo en un rancho al costado de la ruta 7 en San Martín. Ahora vive con su pareja en el barrio Nestor Kirchner.

La tele está prendida, pero sin volumen; de vez en cuando engancha señal y sintoniza el único canal de aire que alcanza a tomar; otras veces, sólo se transforma en un ruido blanco ensordecedor. Tan ensordecedor como el silencio de su alma; esa que está llevando una dura procesión interna difícil de sanar, como aquellas de la adolescencia en las calles de su pueblo natal, en el que la luchó para sobrevivir; en el que supo dormir bajo las estrellas; en el que buscó a sol y sombra la supervivencia. 

Hace exactamente un año, Yésica volvió a ser noticia. Tras vivir en distintos lugares, como Chile (donde estuvo bajo el ala de Carolina La Crespita Rodríguez), y San Luis, lugar en el que desembarcó tras su salida del país trasandino, regresó a San Martín para instalarse en un rancho de palos y nailon que ella misma levantó. 

Yésica el día que en su cuenta de Facebook, anunciaba que se sumaba al equipo de Carolina La Crespita Rodríguez.

Las luces se apagaron; la plata ya no alcanza; las tripas hacen ruido; el mate, muchas veces, sirve para calmar la languidez provocada no solo por el hambre, sino también por la angustia de no tener un futuro certero; un futuro que no quiere torcer el rumbo y volver a brillar como en esas noches mágicas en el teatro griego Juan Pablo II de San Martín.

Más allá de eso, Yésica Marcos sueña. Cada noche cuando se acuesta mira el techo e imagina el pasado; recuerda lo que fue; sueña con la casa que tuvo y que perdió, por el oportunismo de otros; rememora ese techo que construyó gracias a las bolsas ganadas en sus primeras tres peleas mundialistas y que fue terminada gracias al apoyo de Jorge Giménez, el por aquel entonces intendente del departamento del Este de la provincia de Mendoza, y por una gran cantidad de empleados municipales que se pusieron a disposición de la otrora campeona del mundo.

Yésica, en 2011, luciendo su título de campeona del mundo en la construcción de lo que era su casa. Foto: Gentileza Prensa Municipalidad de San Martín

Y sueña con su infancia en el barrio Los Parrales, una de las barriadas más populosas y conflictivas de la tierra del bonarda. Sueña con esas calles de tierra que transitó en soledad. Recuerda, en tanto, aquellas mañanas en las que iba a la escuela y se encontraba con la señorita Gladys, su maestra de primer grado, una de las primeras personas en el mundo que le brindó contención. Le dio tanto amor que Yésica siempre soñó con que la seño la adoptara para poder sentir el calor real de una familia, y así poder tener la vida que todo niño de su edad soñaba: un hogar acogedor, sin violencia, sin necesidades y con algo tan básico como el amor de una madre.

Aunque esa especie de familia la encontró con los que ella llamaba sus "ángeles de la guarda" y que no eran ni más ni menos que su antiguo entrenador Martín Díaz y el exdirector de Deportes de la comuna esteña, Cristian Martín, quienes desinteresadamente le abrieron las puertas de sus casas y la hicieron parte de todo: cumpleaños, almuerzos de domingos, navidades y festejos de fin de año. Aunque la relación, con el tiempo, se rompió y cada uno siguió su camino.

Yésica junto a Cristina Martín y Martín Díaz en la intimidad del camarín en su primer combate en el Luna Park.

Los "amigos" que se acercaron en sus momentos de gloria se esfumaron. Así funciona el mundo del boxeo: se acabó la fama y la guita y no quedó nadie. Y los que siempre estuvieron, vaya a saber por qué, quedaron en un costado del cual no pueden salir.

Las luces del cuadrilátero se apagaron como se acaba una carrera deportiva. Con 36 años cumplidos, algo lógico de la edad en la carrera de un deportista, sabe que está todo a punto de acabar. Se apoya en su actual pareja, quien la cuidó este año cuando ingresó de urgencia al Hospital Perrupato con convulsiones, y quien le brindó un techo cuando, al volver al rancho que había levantado, se dio cuenta que le habían robado las pocas cosas de "valor" que tenía, como los materiales donados por las personas que decidieron tenderle una mano cuando salió a la luz las condiciones en las que vivía.

Yésica trabaja y mezcla la rutina con su pasión. Vende garrafas en la Rodríguez Peña y es empleada municipal. Da clases de boxeo en el polideportivo del barrio San Pedro, ese recinto mágico que la supo ver brillar como boxeadora amateur en los siete torneos Guantes de Oro donde se consagró como la mejor boxeadora de la provincia y donde alzó el título de campeona argentina en el Nacional de mujeres desarrollado en el 2007.

Yésica, lejos de ser la que brilló arriba del ring. 

En su vida no quedan muchas oportunidades deportivas. Los promotores boxísticos, esos que se peleaban por tenerla en sus establos, le dieron la espalda. De ser la "nena" mimada de Osvaldo Rivero pasó a ser un número más en la escuadra de Mario Arano, con quien firmó un contrato y ni siquiera le programó una pelea. Sólo le faltó estar con Mario Margosian, quien en su época de brillo se moría por tenerla en su escudería.  Hoy eso ya no existe. El boxeo, cruel, por cierto, la olvidó y sólo quedó en la estadística en una nutrida lista de boxeadoras nacionales campeonas del mundo.

Frente a frente con la filipina Ana Julaton en la previa de lo que fue su mejor pelea como profesional. Foto: Gentileza Prensa Municipalidad de San Martín

De ser una de las mejores pagas del país (bolsas que se arreglaban en las negociaciones entre su equipo y Osvaldo Rivero, y de la cual no se le descontaba un peso más que lo pactado), aventajando en los cobros a boxeadores como Juan Carlos Reveco (campeón minimosca y mosca de la AMB), pasó a perderlo todo. Hizo 11 peleas por campeonato del mundo, dos de ellas ante Marcela La Tigresa Acuña, la licencia número uno del boxeo femenino argentino; y una ante Ana Julaton, en lo que fue su pelea consagratoria y que marcó el récord nacional de convocatoria con 45 mil espectadores en el teatro griego Juan Pablo II de San Martín.

Así lucía el Juan Pablo II cada vez que peleaba Yésica. Foto: Gentileza Prensa Municipalidad de San Martín

Y casualmente, en pocos días (más precisamente el 2 de noviembre) se cumplirán 4 años de su última pelea como boxeadora rentada. En esa oportunidad, en Francia, cayó por puntos ante la local Segolene Lefebvre, en una contienda que puso en juego el título supergallo de la Federación Mundial de Boxeo, una entidad insurgente en Europa y que en nuestro país no es avalada por la Federación Argentina de Box.

Su última pelea fue el 2 de noviembre de 2018 ante la francesa Segolene Lefebvre.

Aquellas memorables noches, en el Parque Agnesi de San Martín, se ven lejanas en el tiempo como un mero recuerdo de algo que supo brillar y se apagó. Aquellos ingresos al ring en compañía de Martín Díaz y todo el plantel de profesores de la Dirección de Deportes, mientras 45 mil almas coreaban su nombre, quedaron solo en las fotos.

Hoy Yésica se enfoca en otra cosa: en progresar y en poder formar boxeadores que sientan la adrenalina que alguna vez ella sintió en su carrera como la mejor boxeadora que vio nacer la tierra del sol y del buen vino.