Dejalo que cante, si total no entiende lo que dice la letra
Para los más chiquitos, las canciones fueron, son y serán un gran estímulo de aprendizaje y entretenimiento: para moverse, para afinar su oído musical, para divertirse, para ensanchar su vocabulario, para jugar a las estatuas, inventar coreografías y tantas cosas más.
Hoy en día ocurre un fenómeno muy particular, gracias a la accesibilidad y variedad de la música, todos escuchamos de todo. Sin embargo, no siempre aprovechamos esta posibilidad de seleccionar del amplio menú y hacerlos conocer música clásica, o geniales canciones históricas del rock nacional, del folclore o éxitos de nuestra infancia. Más bien parece que todos escuchamos lo mismo y que los acordes se van reduciendo, a tal punto que nos parece estar escuchando siempre la misma canción.
Sin adentrarnos en cuestiones técnicas musicales, quisiéramos detenernos a pensar qué ocurre con los más chicos. En cada época contamos con muchísimos músicos y compositores talentosos, que dedican especialmente sus piezas musicales a los más chicos, hablándoles directamente a ellos, atrapándolos con historias, melodías y personajes. No podemos dejar de nombrar a María Elena Walsh como gran ícono de la historia musical infantil, pero también hay numerosos artistas de nuestros tiempos que producen lindísimas canciones.
En la casa de Marisa siempre se escuchó música. Hace unos años, el gran minicomponente tenía un lugar preponderante en el living de la casa, que ahora fue reemplazado por un parlantito y dispositivo con todas las plataformas musicales a disposición. Tanto su marido Gustavo como sus hijos, comparten su pasión por la música, y cuando alguien llega de visita, es raro que no se escuche alguna canción de fondo. Cuando sus hijos Tomás y Clara que hoy tienen 16 y 14 eran chiquitos, tenían sus propios momentos musicales, y también Gustavo había implementado una dinámica familiar para los viernes a la noche, en la que les hacía escuchar algún álbum histórico, de diversos géneros musicales. Con los años, la tradición se fue perdiendo y el más chiquito de la casa, Valentín de 3 años nunca tuvo canciones especiales.
En los últimos años, Tomás y Clara tomaron el control absoluto de la musicalización, tanto en la casa como en los viajes en auto. Marisa y Gustavo resignados, escuchaban “su música” únicamente cuando estaban solos, o en sus auriculares cuando salían a correr. Un domingo, en medio de un asado familiar, al abuelo le llamó la atención ver al pequeño Valentín hablando solo en un rincón del jardín. Se acercó y descubrió que estaba cantando, se acercó más curioso, y para su sorpresa, Valen entonaba con más claridad aún de la que hablaba en la vida cotidiana, una canción con frases con fuerte connotación sexual, palabras agresivas, insultos, y demás. Cuando se acercó a los padres para contarles preocupado, lo sorprendió más aún su respuesta: “Dejalo que cante, si total no entiende lo que dice la letra”.
Cualquiera de nosotros podría ser Marisa y Gustavo, y cualquiera de nuestros hijos, Valen. Como decíamos, la velocidad y magnitud de la penetración de la música, es una avalancha difícil de frenar, que pocas veces nos deja con energías de reflexionar y tomar decisiones a consciencia. Si todos lo hacen, si todos lo escuchan, si los chiquitos escuchan estos temas hasta en los cumpleañitos infantiles y si los animadores no los ponen, hasta los reclaman.
Creemos que vale la pena detenernos y parar la pelota. Esta no es una batalla perdida y si se trata de preservar la infancia de nuestros hijos ninguna lucha lo es.
Más allá de los gustos musicales y de estilos, es importante detenernos en lo que comunican las canciones a través de su letra. En muchas aparecen situaciones de violencia, de abusos sexuales, o de consumo de drogas, de manera más o menos explícita. ¿Qué ocurre en el cerebro de los más chiquitos cuando las oyen? Naturalizan, normalizan estas situaciones. Bebés, niños y adolescentes, en cada uno impacta de manera diferente, pero en todos influye. No es gratuito estar repitiendo todo el día estas frases que se nos vuelven pegadizas hasta a nosotros mismos.
Hace unos días encontramos esto en Twitter: “¿Saben que pasa si normalizamos que los nenes escuchen y repitan canciones con contenido sexual? El día de mañana no van a saber distinguir a un pervertido que le dice cosas obscenas, o le quiere hacer las cosas que dice la canción, porque para ellos va a ser algo natural”. Para pensar.
Sin embargo, no todo son las cuestiones sexuales, encontramos también en las canciones una naturalización de la violencia y de las adicciones, temas que siempre nos preocupan a los padres, y que requieren de mucho diálogo con nuestros hijos.
Es inverosímil creer que no van a escuchar estas canciones, ni cantarlas, pero es nuestra responsabilidad como adultos, no dejarlos solos, y acompañarlos también en esto.
Algunas ideas para sacar lo mejor de la música
- No dejemos de ofrecerles a los más chiquitos música, como así también otros contenidos acordes para su edad. Claro que cuando hay hermanos más grandes de rebote también escuchan otras cosas. Pero lejos de “no entender nada”, entienden y mucho. Busquemos con creatividad los momentos y aprovechemos la accesibilidad para presentarles canciones infantiles de ayer y hoy.
- Escuchemos nosotros los adultos las “canciones de moda” (aunque a nuestros oídos les sea difícil), y aprovechemos sus letras como disparador para conversar con nuestros hijos. Cuando proponemos esto, muchos padres nos dicen que sus hijos son muy chicos para hablar de esos temas, pues entonces, no serán también chicos para escuchar canciones que los relatan con pegadizos ritmos. Escuchémoslas con ellos, preguntemos qué entienden de lo que cantan, que creen, que piensan. Siempre valen la pena esas conversaciones, y seguro surgirán muchas más cuestiones de las que nos imaginamos.
- Sabemos que la moda siempre tiende a uniformar y masificar. Todos escuchan lo mismo, todas las canciones se parecen. Desarrollar un sentido crítico y ayudarlos a descubrir su propio gusto musical, más allá de lo impuesto. Para esto, puede ser interesante navegar por diferentes ritmos, de distintas épocas. Desafiar al algoritmo que nos sugiere qué escuchar, y animarnos a elegir nosotros mismos. Una manera sencilla de implementarlo puede ser aprovechar determinados momentos en casa (la cena de los jueves por ejemplo, o los domingos a la tarde), o los viajes en auto, para que cada miembro de la familia elija una canción. Armar listas colaborativas es un excelente recurso. Comprometernos todos a respetar las elecciones de los demás. Más allá de la música, esta actividad será de gran aprendizaje para crecer en la capacidad de espera y en la empatía.
- “Todos lo escuchan” seguramente será la respuesta si pretendemos que no escuchen determinadas canciones. Y si buscamos que no las escuchen nunca, nos frustraremos y les generaremos también a ellos situaciones estresantes. Una chiquita se ponía muy mal cuando en un cumpleaños aparecía una canción que su mamá no la dejaba escuchar, se tapaba los oídos, se iba al baño, hasta se ponía a llorar. Intentemos buscar un equilibrio, transmitirles con claridad lo que creemos no es bueno para ellos, y ser realistas en nuestras expectativas.
- Aprovechar la infancia y adolescencia para que conozcan más sobre la música. Podemos ofrecerles clases de canto, o tocar algún instrumento, con videos, profesores, lo que esté a nuestro alcance. El objetivo no es que se vuelvan profesionales, este contacto en primera persona es en sí mismo un gran aprendizaje. Pueden producir también su propio contenido, y agudizan su oído crítico cuando les toca estar del lado del consumidor.
Muchas veces, la corriente es tan fuerte que sentimos que nos lleva a toda velocidad, pero recordemos que siempre tenemos a nuestro cargo el timón en el barco de la educación de nuestros hijos y la música nos acompaña también en este viaje.
*Magdalena Clariá es Licenciada en Psicología y Mercedes Gontán, abogada, mediadora y Orientadora Familiar. Juntas hacen Apuntes de siembra

