"Temblor, terremoto es cuando todo se viene encima": así viví el sismo
Ayer a la tarde, después de un viaje sin inconvenientes, disfrutando del paisaje desde la altura de un vuelo low-cost, me acogió la cálida ciudad de San Miguel de Tucumán. No sé si para engañarte, o para ir de a poco con las emociones, resultó que la manga del avión y el aeropuerto estaban climatizados.
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Al salir al estacionamiento me encontré con la temperatura natural... aguantable. Me puse a armar la bicicleta que había despachado y viéndome en dificultad un hombre que podía rondar los 35 años vino a preguntarme si necesitaba ayuda. Cuando me quise dar cuenta ya me había desenredado la cadena y colocado la rueda.
“Trabajé 10 años en una bicicletería”, me dijo. Apenas me dio tiempo para agradecerle y se alejó. Mientras cargaba mis bártulos en la bici -con un estilo más de emigrante a las apuradas que de experimentado excursionista- se me acerca otro joven local, igual que el anterior con marcadísimo acento. “¿Te has bajado del avión y ahora te vas en bicicleta?”, preguntó.
A lo que respondí: "Quiero intentarlo, si no se puede, llamo a alguien para que me busque...”
“Si querés me dejás las cosas acá, te vas con la bici y las venís a buscar en auto, nosotros estamos hasta las 22:30”, contestó. Enseguida supe que se trataba de un miembro del personal sanitario pronto a hacer hisopados en el aeropuerto en los casos que fuera necesario. Le dije que si no me las arreglaba aceptaría encantado. Me dejó su número -Gustavo- y se fue a seguir con sus cosas.
Emprendí la travesía de unos 18 km hasta mi destino, al norte de la ciudad de San Miguel de Tucumán, el aeropuerto queda al Este. Bolso en la espalda estilo Rapi, mochila adelante apoyada en el caño, colgada del manubrio y hecha un rollo la voluminosa funda en la que viajó la bici. Iba cargado pero tenía con buen control...
Me hizo sentir menos raro ver pasar algunas motos con 3 o 4 ocupantes. Alguno por el camino me gritó algo y yo, sin entender, me limité a sonreír. Un poco dolorido adonde acaba la espalda por el peso extra, pero llegué sin inconvenientes a mi destino.
A la noche me acosté a dormir con el ventilador prendido. Me desperté de golpe, en medio de sueños. La cama se movía. “Sí, la cama se mueve”, me dije a mi mismo. Y la puerta de la habitación también temblaba. Me acordé de la experiencia más parecida que tuve, en Roma, cuando hubo un terremoto en la ciudad de L'Aquila y la sacudida llegó hasta la capital, también había sido de noche.
Miré el reloj: 5:37. “¿Qué hay que hacer en estos casos? ¿Ponerse bajo el marco de una puerta? ¿Salir de la casa?”. No hice nada, me quedé en la cama. Duró unos segundos, pero te da tiempo para las consideraciones. Esta mañana pregunté a alguien si había sentido el terremoto.
“Un temblor” fue la respuesta que siguió con una aclaración: “Terremoto es cuando se te cae todo encima”.
"OK", pensé, "estamos dentro de lo normal". Esta fue otra nota de color para mi llegada a esta tierra, cálida e inquieta, como pienso que es también su gente.
*Juan Pinasco es ingeniero y sacerdote
