Belleza: la Crucesita, un paraíso al pie de la cordillera de los Andes

Belleza: la Crucesita, un paraíso al pie de la cordillera de los Andes

Desde hace siglos, es un rincón divino con características extraordinarias: agua de vertientes, profusa vegetación, cerros ideales para ser disfrutados y cercanía con los centros urbanos. Muchos lo eligieron como lugar de residencia permanente. Con ustedes, La Crucesita.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

Es un oasis de bellezas distintas y también puerta de entrada a mundos diversos. Están los cerros, el agua, la flora y la fauna y también la historia. Durante siglos, estuvo habitada por huarpes que dejaron sus huellas, luego, llegaron criollos y españoles que dejaron las suyas. Su nombre: La Crucesita

Hoy, La Crucesita (así se escribe, con “s”), camino a Cacheuta por la Ruta Panamericana o Ruta Provincial 82, a una hora de la capital de Mendoza, se ha constituido como un polo turístico, deportivo y residencial bajo características extraordinarias. 

Quienes lo conocen a fondo, saben que allí hay cumbres soñadas, cascadas escondidas, vegas edénicas con sauces llorones, un campanario sobre las faldas del Negro, paisajes inauditos desde las cumbre del Colorado, huayquerías misteriosas, surgentes de agua exquisita y curativa y unas flora y fauna ricas y singulares. 

Los cerros del lugar son bellísimos. (Foto: Ulises Naranjo)

La Crucesita es, sin dudas, uno de los lugares más hermosos de Mendoza. Vamos, entonces, a conocer un poco de su historia y sus vestigios

Huarpes y jesuitas 

La Crucesita se halla en el extremo sudoriental de la precordillera, a 1.700 metros sobre el nivel del mar. El lugar fue espacio de residencia de los huarpes desde hace unos 2.000 años y, antes, de otros grupos etnográficos vinculados biológicamente a ellos, como los viluco y los agrelo, a los que “corresponderá también llamarlos huarpes”, considera María Verónica Godoy, en su interesante libro “La Crucesita, entre huarpes y jesuitas”. 

Esta publicación viene muy al caso, pues reúne distintos factores y actores que tienen relación directa con el presente de este paraíso. Por un lado, surge el libro a pedido de uno de los propietarios del paraje, el veterinario Sergio de la Torre, quien lleva adelante un proyecto turístico con protección del medio ambiente y la historia del lugar. 

El libro muestra el lugar, su fauna y su flora y los aspectos históricos que lo definen, según los cuales, este espacio deja ver vestigios de presencia humana desde hace más de 10.000 años. 

Entre otras cosas, y gracias a la presencia constante de agua, durante la época de la conquista española, a partir del siglo XIX, fue refugio de huarpes, que huían de los españoles que querían llevarlos esclavizados a morir trabajando en minas de Chile. 

El trabajo de Godoy destaca, además, la posterior presencia de jesuitas en La Crucesita, que, por aquellos años, se llamaba La Estanzuela, abarcando un territorio muchísimo más grande que el que hoy conocemos, pues incluía parte de Godoy Cruz, la villa de Luján, Sierras de Encalada, La Magdalena, Vistalba e incluso Chacras de Coria y La Puntilla

Los jesuitas, allí, criaron animales de corral, construyeron corrales de piedra (hay vestigios de uno inmenso de más de 20 hectáreas), plantaron nogales y álamos. 

Había además, una casona que aún se conserva en pie y, según estimaciones, data de mediados del siglo XVIII. Un árbol, asimismo, tiene, se calcula, unos 400 años y posee un mangrullo, con una escalera por la que se ascendía para hacer avistajes. 

Negro y Colorado 

Desde el cámping, es posible hacer distintas excursiones y las más elegidas son tres: una caminata por la quebrada hasta una cascada y la subida a dos cerros, que se hacen en el día: el Negro (2190 msnm) y el Colorado (2300 msnm). 

Se trata de cerros de baja dificultad, aunque con cierta exigencia de estado físico, pues subirlos puede llevar, ida y vuelta, unas 6 horas el Negro y una 8 horas, el Colorado. 

El grupo Ecoandinia subiendo el Colorado, en La Crucesita. (Foto: Ulises Naranjo)

Las vistas, desde sus cumbres, sin preciosas: hacia el oeste, el cordón del Plata, el volcán Tupungato y la precordillera; hacia el este, la planicie mendocina en su extensión. 

Sin embargo, quienes sólo quieran ir a comer un asado, pueden hacerlo, de hecho, los fines de semana, de tanta gente que asiste, el lugar puede lucir atestado. 

Casas de piedra 

Sergio de la Torre es un conocido veterinario local y uno de los propietarios de La Crucesita. Ahora, lleva adelante su proyecto turístico con protección ambiental y respeto por la historia del lugar. Escuchémoslo: “Heredé de mi madre y mis abuelos diez hectáreas de La Crucesita y en los `90 conocí un pueblo italiano construido todo con piedras e imaginé algo así para este lugar. Al principio, costó imponer el estilo de construir las casas con piedras del piedemonte, pero se fue logrando. En el 2000 había unas tres casas de piedra y ahora, hay varias decenas de casas de piedra o forradas en piedra”. 

Construcción típica de piedra. (La Crucesita)

Y completa el veterinario de la Torre: “Somos ecologistas. No queremos cableado eléctrico por las calles: usamos energía solar; tampoco queremos cloacas, para no desperdiciar agua: hacemos pozos sépticos chatos, con lecho nitrificante, con los que regamos, luego, el jardín. La tenencia de animales, además, es restringida al espacio disponible”. 

La casona y la cultura 

Entre otros encantos, en La Crucesita, hay una casona que fue construida, se estima, en 1750, y fue casco de estancia y también posible sitio de residencia de jesuitas que allí se afincaron. 

La vieja casa y sus secretos. (Foto: Ulises Naranjo)

Allí, además, explica Godoy en su libro, hacia 1930 funcionó un hotel para personas con problemas en las vías respiratorias. La construcción era de adobe y tenía una seis habitaciones con baños y un fondo con frutales, un laguito y una pileta para los visitantes. En otro momento, funcionó allí un restaurante que tuvo buena fama, donde se hacían, por ejemplo, casamientos y cumpleaños. 

Hoy, la casona está vacía y necesita ser restaurada, con urgencia, si se la quiere preservar, pues es un muy importante patrimonio cultural de Mendoza, en estado de abandono. 

También quedan allí restos de un mangrullo que se construyó en un álamo centenario, a modo de atalaya. 

Ahora, como nunca antes, las actividades de montaña proliferan por toda la cordillera de los Andes.

Vista del Cordón del Plata, desde la cima del Colorado. (Foto: Ulises Naranjo)

Mendoza es gran ejemplo al respecto: el andinismo, más que un deporte, se ha vuelto una cultura, un modo de interpretar la vida, a partir de la experiencia de vivir la naturaleza. Esta actitud, ahora, abarca a generaciones y grupos de trekking que van desde niñas y niños hasta adultos mayores, pues no hay edad para disfrutar la montaña. Cada quien halla en ella su altura precisa: la de su esfuerzo, esa cumbre personal que nada tiene que ver con llegar a las cimas más altas, sino a las más hondas. 

Ulises Naranjo (textos, fotos y video). 

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