Los secretos de los anticuerpos, según un investigador del Conicet

Los secretos de los anticuerpos, según un investigador del Conicet

El bioquímico Jorge Quarleri explicó el funcionamiento del sistema inmune en el marco del uso de las vacunas y en el caso de aquellos que se infectaron con el virus. Además, aclaró que los anticuerpos no representan inmunidad.

MDZ Sociedad

MDZ Sociedad

Jorge Quarleri, bioquímico e investigador principal del Conicet, despejó dudas respecto al funcionamiento del sistema inmunológico en el marco de la segunda ola de covid-19.

Una de las grandes dudas tiene que ver con los anticuerpos y los recuentos y calidades de los mismos. Sobre este tema, indicó que “cada fábrica o laboratorio utiliza un valor de corte diferente. Superar ese valor implica la detección de anticuerpos. El resultado puede variar muchísimo entre las personas, es imposible generalizar. La cantidad no implica necesariamente calidad. Los anticuerpos de calidad son los que tienen efecto neutralizante y no le permiten al virus entrar en contacto con los receptores de las células. Es decir que no lo dejan meter la llave en la cerradura de la célula y así infectarla”.

Además, agregó que no está claro porqué algunas personas generan más anticuerpos que otras, pero sí es seguro es que las personas inmunosuprimidas tienen una respuesta inmune casi nula con la enfermedad, más allá de que son vacunados por ser parte de los grupos de riesgo y porque hasta cierto punto ayuda a que puedan producir una cierta inmunidad.

Por otro lado, aclaró que unas tres o cuatro semanas de recibida la primera dosis y luego de 30 días después de la segunda, es el mejor momento para verificar la cantidad de anticuerpos. En muchos casos, personas se testearon luego de recibir la primera y se sorprendieron por la ausencia de inmunidad detectable, aunque eso no quiere decir que no tengan anticuerpos.

Vacunar a más personas con la primera dosis, demorando la segunda, busca garantizar una respuesta primaria pero no siempre se traduce en anticuerpos detectables. Además sirve para crear una memoria inmunológica que hace que el cuerpo detecte con mayor rapidez el virus y comience a genera defensas.

Con respecto a las vacunas y la clase de anticuerpos que generan, comentó que “en los casos de la vacunación con AstraZeneca y Sputnik V, también ocurre con Pfizer y Moderna, en los que se aplica un inmunógeno, el cuerpo recibe la información genética para fabricar la proteína S o Spike, que es la espícula que sirve de llave para que el virus ingrese a la célula. De esta forma, se simula la infección para enseñarle al organismo cómo tiene que reaccionar por si sucede realmente. Es decir, le va a mostrar la cara del virus para que lo reconozca con facilidad y actúe en consecuencia de ser necesario. Esa estimulación de la proteína S va a producir anticuerpos que están dirigidos solo contra ese componente. En cambio, cuando se aplican vacunas como la de Sinopharm, con el virus inactivado, se van a generar diferentes tipos de anticuerpos o inmunoglobulinas. En otras palabras, se le va a mostrar a nuestro sistema inmune no solo la cara del virus sino también el color de pelo, las orejas, las manos”.

Pero esos anticuerpos son distintos a los que genera una persona que se contagió de la enfermedad. Esta recibe el virus completo, “lo que obliga al organismo a defenderse de todas sus partes. Y, a diferencia de lo que ocurre con la inoculación del virus o parte del virus inactivado, cuando se da la infección, el agente agresor se multiplica por lo que genera un desafío extra en el cuerpo y, a la vez, otro tipo de aprendizaje. Por esto, la respuesta inmune que se desencadena tiene características particulares. Por ejemplo, en la mucosa por la que ingresó el virus se logra una inmunidad localizada, algo que no sucede con igual magnitud entre los pacientes vacunados”.

Uno de los temores es el momento donde los anticuerpos comienzan a disminuir. Sobre ese tema informó: “Existen cinco clases de inmunoglobulinas o anticuerpos. La de mayor relevancia, por ser la más duradera y más abundante en el plasma que circula en el organismo es la G (IgG). Las investigaciones con las que contamos hasta ahora indican que la IgG perdura en el cuerpo por lo menos por ocho meses”.

“También sabemos que cada 21 días disminuye a la mitad. La segunda dosis de la vacuna -o la primera en pacientes que ya tienen niveles elevados de anticuerpos por haber transitado la enfermedad- funciona como booster o refuerzo para afianzar la inmunidad y prolongar su presencia o retrasar su desaparición”, agregó.

Sobre la memoria inmunológica aseguró que “tampoco hay certezas de duración, aunque todo indica que podría extenderse por mucho tiempo. Solo a modo de ejemplo se puede tomar lo que ocurre con la vacuna antitetánica que guarda memoria inmunológica por hasta 50 años”.

Sin embargo, aclaró que “los anticuerpos no implican inmunidad absoluta. Pero sí suelen derivar en cuadros leves en caso de reinfección o de contagio después de aplicada la vacuna. Si se contagian pueden transmitir el virus por lo que es importante que se sigan cuidando, no solo por ellos, si no también para proteger al resto de la población”.

Fuente: Clarín

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?