La palabra tejer y las redes que sostienen nuestros desvelos

La palabra tejer y las redes que sostienen nuestros desvelos

Como adulto, cada uno debe hacerse cargo de los desafíos que elige o se le presentan. Nadie puede aprender por nosotros ni es posible tomar la posta en experiencias ajenas. Todo es más sencillo cuando hemos tejido redes de contención que nos permiten pedir ayuda y conectar con el otro.

Diana Chiani

Diana Chiani / Comunicadora, editora y Coach Ontológico Correo: escribime@milyunrelatos.com. IG: @milyunrelatos)

Tejer es una de esas palabras que vibran. Sin embargo, nunca pude tejer nada.  Al menos nada con lana o hilo; en el sentido estricto del término. Lo que sí he tejido son textos, contextos de aprendizaje y, sobre todo, redes.

Tejer viene de “entrelazar” y uno de sus significados de diccionario es “idear un plan”. Mi propio acervo encadena a esta palabra con otras como reparar, cobijar y abrazar (todo parecido con la palabra abuela no es ninguna coincidencia).

Y es que las redes que tejemos sostienen nuestros planes, desbarajustes, almas y corazones en los momentos cruciales en que aprendemos algo. Es que estoy convencida de aquello que llaman la “soledad del que aprende”. Y no hablo de rendir un examen de matemáticas sino del aprendizaje que a cada uno le toca –y elige- hacer en la vida.

Aprender es saber hacer, es una palabra que conecta con la existencia y habilita espacios de crecimiento, disfrute y superación. Aunque muchas veces llegar allí implique desafíos y varios dolores de cabeza, en el mejor de los casos, y algunas pérdidas o grandes tristezas, en otros.

Como sea, nadie puede hacer los aprendizajes por nosotros ni adelantar los tiempos en que nos cae la ficha ni –por más amor que nos tenga- suavizar los golpes que estamos destinados a darnos. Del otro lado, no tenemos el poder de hacer por el otro, ni de que un ser querido vea lo que es “obvio” para nosotros y –mucho menos- salvar a nadie que no quiere ni pidió ser salvado.

Sin embargo, hay algo que creo que nos rescata a todos de distintas maneras y son las redes que, con amor, cada uno teje para vincularse, relacionarse y dar un sentido aún más profundo a la vida que construimos día a día.

¿Qué sería de nosotros sin los amigos y amigas que están en las buenas y en las malas? ¿Y qué, sin las hermanas, hermanos, madres, abuelos, tíos, primos o sobrinas que tienden la mano allí cuando las papas queman? Ni hablar de los mensajes de aliento, de alguna comida que reconforta, de esa llamada justo cuando necesitamos desahogarnos.

Cabe preguntarnos cuánto nutrimos esas redes, si las agradecemos, las cuidamos y las honramos en vez de dar por supuestos los te quiero y las palabras de afecto que casi nunca sobran.

Porque cuando somos adultos, nadie puede hacer por nosotros lo que nos corresponde o elegimos. No obstante, tejer redes, saber pedir ayuda cuando la necesitamos, abrir conversaciones, ofrecer una mano o una oreja son maneras de hacer crecer nuestra red, de fortalecerla y de saber que tenemos un respaldo emocional cuando lo necesitamos.

Abrirnos a esa posibilidad, mostrar nuestra vulnerabilidad, dejarnos arropar y salirnos de la postura del “yo puedo solo/a con todo” es una gran vía de alivio y conexión en tiempos en que la pandemia arremete y la economía hace temblar.

 

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