Un drama invisible que duele: Mendoza no alcanza para todos los niños

Un drama invisible que duele: Mendoza no alcanza para todos los niños

Los adolescentes de clase media se quieren ir del país, los niños de familias pobres no tienen cómo vivir. La crisis en la vida de una mujer que vivió en la calle, fue una "chica del Buci", y que hoy teme repetir su historia: muchas veces tiene que salir a pedir o trabajar con sus hijos.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

Anita se arrodilla para pegar los cerámicos. Ha desarrollado una habilidad: puede calcular cómo colocarlos de manera prolija, a pesar de los problemas en la vista que tiene y la falta de anteojos. De hecho adaptó toda su vida a esa y otras carencias mucho más dramáticas. Por eso no solo tiene su propia técnica para pegar cerámicos, sino también para haber saltado obstáculos desde que nació. Anita es una superviviente. “Me canso de que me digan cosas porque soy mujer y hago esto”, dice y se enoja. Trabaja en la construcción. Pero también en la calle, donde no está sola.

Cuando no puede más, junta a sus tres hijos y recorre el centro de Mendoza para vender lo que sea; ahora son colines en pequeñas bolsitas. Es como mirarse a un espejo que viaja al pasado y duele. “No quiero repetir la historia. Estoy harta”.

Anita tiene 30 y una “familia tipo” de las zonas vulnerables de Mendoza. Madre sola que se hace cargo de sus hijos por hombres que abandonan. En su hogar son ella, sus tres hijos y dos sobrinos. Algunos son parte de los grupos de niños y adolescentes que recorren durante las noches las calles de la provincia para vender lo que sea pidiendo ayuda. Parte de las escenas más dramáticas de la crisis. 

Los jóvenes de la clase media mendocina se quieren ir del país porque no les gusta cómo viven. Los niños y jóvenes de la clase económicamente menos favorecida, no pueden vivir porque Mendoza no alcanza para ellos.

El cementerio de la infancia

Pasaron casi 20 años desde que Anita era parte de un grupo de niños que vivía en un edificio hediondo y a medio hacer que fue el cementerio de su infancia. Le decían “el Buci”, está en calle Necochea, a pocos metros de la plaza San Martín, y era una caverna con recovecos tenebrosos que usaban de refugio. La rutina estaba alejada de las tareas de niños. Droga, escondites y supervivencia en pleno centro de Mendoza. El lugar hoy está tapiado y buena parte de las historias silenciadas.

Pero la realidad no cambió. Muchos de los niños del Buci ya murieron. En enfrentamientos, en la cárcel, por las adicciones. Otros, siguen marginados, ahora como adultos. 

Anita resiste, pero la idea del bucle temporal la atormenta. “Más allá de que salimos a la calle nos la rebuscamos para salir adelante. Estamos tratando de sobrevivir. No quiero repetir la historia. Mis hijos van a la escuela. Están contentos, les gusta ser mis hijos”, repite. "Los del Buci la mayoría están muertos", recuerda. 

Pasaron casi 20 años y no hubo década ganada. Si la crisis del 2001 generó una marginación social enorme, los años de bonanza posteriores no sembraron desarrollo ni ninguna estrategia sustentable que le mejor la vida a las personas. Menos, a los niños. 

Hoy 6 de cada 10 niños viven en hogares pobres. Las carencias estructurales no cambiaron en más de 20 años. Hay una frase hecha que repugna, sobre todo en tiempos de construcciones discursivas políticas: los niños son el futuro. Justamente lo que ocurrió es lo contrario: la mala política condicionó a los niños de hace 20 años y ocurre lo mismo hoy. "Los niños/as y adolescentes constituyen una de las poblaciones más vulnerables de la sociedad argentina y si bien la pobreza afecta a más de la mitad lo hace de modo desigual. Es decir, que la pobreza infantil presenta heterogeneidades y tiene efectos adversos tanto en el momento que se experimenta como en el curso o trayecto de la vida posterior", explican desde el Observatorio de la Deuda Social.

La pobreza infantil condiciona el resto de la vida de quienes lo viven. Le ocurrió a Anita y le ocurre a varias generaciones de argentinos.

La habitación en la que viven Anita y sus hijos se divide para que los seis tengan algo de intimidad. Están en riesgo de ser sacados de la villa de Las Heras donde viven. Como les ocurre a muchas madres, si sale a trabajar, no tiene con quien dejar a los más chicos. Si se queda, no tiene cómo conseguir recursos. El laberinto no tiene salida sin que haya otro problema, como salir juntos, aunque Anita sabe que la calle es un mal lugar porque ya lo vivió

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