La comodidad incómoda y el paso que nos lleva a cambiar

La comodidad incómoda y el paso que nos lleva a cambiar

Muchas veces nos molestamos por algo, pero no hacemos nada para cambiarlo porque en realidad no nos duele tanto. Dejar de quejarnos por lo que aún no nos impulsa tanto o hacernos cargo de lo que queremos para diseñar la salida de nuestra zona de confort; son dos alternativas posibles.

Diana Chiani

Diana Chiani

Una metáfora poco agradable pero muy clara sobre la comodidad incómoda es cuando estamos acostados y tenemos ganas de ir al baño. Podemos estar mucho tiempo sin movernos al tiempo que no dormimos tranquilos. Mucho se habla de la zona de confort y de la importancia de salir de ella con el fin de realizar nuevos aprendizajes, crecimientos y vínculos. Correrse de ese famoso espacio suena a frase trillada y la verdad no es de mis favoritas.

Sin embargo, cuando en medio del cansancio el fin de año aprieta y la incertidumbre parece recargar pilas, empezamos a sentir algo que se parece a mariposas en la panza y que nos colocan casi al borde de un precipicio que sabemos que existe aunque nos resistamos a mirar.

De distintas maneras, nos quejamos de nuestro peso, relaciones, familia o situación laboral pero no hacemos mucho más porque, por un lado, no nos duele tanto como para intentar algo diferente y, por otro, tenemos la secreta esperanza de que todo eso se modifique solo como por arte de magia.  

Lo sé porque más de una vez me he sentido en esos lugares de insatisfacción (de no estar bien pero tampoco mal) que no se terminan de definir porque, en realidad, no es fácil alumbrar allí sino hasta que la incomodidad nos empuja a salir de la cama, ir al baño o sacar de allí esa vocecita que –inútilmente- intentamos tapar con todo tipo de ruido.

Hay un relato que cuenta que un hombre pasó por la puerta de una casa y escuchó a un perro aullar de dolor. Entró y vio que el animal tenía un clavo en el lomo, por lo que increpó al dueño de casa por dejar al perro en ese estado. Sin embargo, éste le respondió: “Es que le duele como para quejarse a gritos pero no tanto como para dejar que se lo saque”.

Y eso hacemos muchas veces sin darnos cuenta de que nos mordemos la cola y nos molestamos por determinada situación, pero no hacemos nada para cambiarla porque en realidad no nos lastima tanto. Es como cuando llegamos al dentista con la muela casi en la mano después de meses de ignorar las punzaditas en la boca.

En tiempos de discursos individualistas y de “querer es poder”, es bueno recordar que no existen soluciones mágicas ni cambios sin procesos o tiempo, por lo que es clave la fuerza de voluntad, el persistir y no dejarnos vencer si algo es importante para nosotros.

Cambiar costumbres o hacer algo que deseamos pero nos interpela, plantea desafíos cotidianos ya que hay que ir contra lo que hicimos toda la vida. Y eso no es sencillo para nadie y nada de malo tiene, a veces, volver a esa comodidad incómoda hasta reunir el valor y la paciencia para emprender algo que no sabemos a ciencia cierta cuándo se materializará.

Y para ello, más de una vez necesitaremos pedir la ayuda de un profesional de la salud o recurrir a un ser querido que nos apoye a dar este paso ya sea porque nos dimos cuenta de la necesidad o no y necesitamos que alguien nos la muestre.

Y –si dejamos de lado enfermedades con necesidad de tratamiento urgente y menores de edad a quienes hay que acompañar de cerca- también aquí cada uno tiene su tiempo para dar el paso de comenzar la terapia que elija, porque recién entonces –cuando vamos por elección personal- estaremos listos para hablar, escuchar e intentar nuevos modos.

Eso sí. Cuando ya sabemos lo que queremos, lo mejor es no hacernos esperar más de la cuenta y en lugar de dar un salto sin red, diseñar pequeñísimos pasos posibles y diarios para materializar las palabras guía, sin pases de factura ni arrepentimientos con nosotros por lo que ya pasó o no pudimos hacer antes.

Por Diana Chiani. Comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional  IG:@milyunrelatos www.milyunrelatos.com

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