Mil y un relatos

La mirada de los otros

Sería hipócrita decir que nos da lo mismo un gesto de cariño o no duele una crítica pero esto no implica que  los de afuera tengan la última palabra sobre nuestra valía ya que esta siempre viene de adentro.

Diana Chiani
Diana Chiani sábado, 11 de diciembre de 2021 · 07:14 hs
La mirada de los otros

Tal vez porque nos acostumbramos a depender de la aprobación de padres, madres, adultos, docentes o pares que admirábamos, de niños y adolescentes parte de la aprobación vino desde afuera y supongo que es el modo que tenemos de aprender y de obtener un marco de referencia cuando empezamos a introducirnos al mundo en sociedad.

Sin desdeñar el hecho y la importancia de haber contado con alguien que nos mirara y en medio de los cambios que en la actualidad parecieran indicar mayores niveles de independencia y libertad; me pregunto hasta qué punto nos dejamos guiar por la opinión ajena; hoy llevada al extremo a través de los likes de las redes sociales.

Muchas veces, nuestro ánimo depende en demasía de esa suerte de palmadita en la espalda que nos reafirma, hace sentir valiosos y hasta nos cambia el modo en cómo, dos segundos antes, nos estábamos hablando por lo mal que lo habíamos hecho.

Si lo que hacemos tiene aprobación, experimentamos la sensación de haberlo hecho bien y nuestro ego se regodea un poco en esa suerte de satisfacción de tarea cumplida. ¿Podemos castigarnos por eso?

En realidad es algo que sucede sin quererlo al depender del gesto positivo que viene de afuera ya que la pasamos mal cuando no llega. Y allí redunda el castigo, el enojo o el malestar que muchas veces achacamos al otro, pero que indefectiblemente tiene que ver con nosotros. ¿Cuánto poder le damos al de afuera para juzgarnos?

Sería hipócrita decir que nos da igual un gesto de cariño, que no nos duele una crítica o una queja, que nos da lo mismo que nos feliciten o no por algo que hicimos y es fruto de nuestro esfuerzo.

Este espacio ha rescatado la importancia del reconocer y agradecer para permitirnos mirar al otro, legitimarlo, respetarlo y valorarlo. No obstante, hay una diferencia entre apreciar esos momentos, el modo en que nos reconfortan y la inmensa cantidad de puertas que abren a necesitar de esa aprobación que viene de afuera.

Cuando la única vara que tenemos para saber si lo hicimos bien es externa –en donde nunca podremos saber a ciencia cierta lo que el otro pretende, quiere o imagina- nuestra valoración y emociones suben y bajan en función de los designios ajenos.

Eso, por no mencionar el estrés que implica, en primer lugar, intentar adivinar o corresponder lo que para los demás es bueno. Claro que todo puede conversarse, explicitarse y aclararse pero no se trata de eso; sino de la ansiedad con la que a veces esperamos el pulgar hacia arriba para respirar aliviados y de la molestia o tristeza que nos invade cuando eso no pasa.

En segundo lugar, porque aunque tuviéramos la bola de cristal, sería imposible satisfacer a todos y nuestro humor fluctuaría en función de los comentarios negativos o no que aparezcan.

Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de cuánto poder personal hemos cedido al momento de valorarnos. Una manera de saberlo es prestar atención a nuestras emociones, a algo que nos molesta pero no sabemos bien qué es y desandar el camino de ese dolorcito imperceptible que apareció luego de habernos sentido rechazados.

No es sencillo empezar a poner adentro la vara desde la que nos apreciamos cuando somos nuestros peores verdugos. Tal vez, un modo sea valorar, trabajar y apostar por aquello en lo que si tenemos poder como la forma en que nos preparamos, desde dónde lo hacemos, qué damos de nosotros, qué elegimos guardar.

Saber que lo dimos todo dentro de nuestras posibilidades es una manera de abrazarnos aún cuando a alguien pueda no gustarle y hasta sentirse incómodo. Estar seguros de que hablamos desde el amor o con honestidad y trabajamos con esmero es un modo de frenar el autocastigo, la culpa o la angustia que nos da el no haber logrado la aprobación externa; muchas veces relacionada con la perfección.

Aceptar, además, que ese OK puede no llegar porque las cosas se dan por hecho o por supuesto es otra forma de no sentirnos menos cuando sucede.  

La mirada de los otros sirve, puede aportarnos y ayudarnos a mejorar, pero no porque el otro tenga la razón o sea dueño de la verdad sino porque, en definitiva, nos sirve para espejarnos y encontrarnos.

Lo que no implica, no obstante, que  los de afuera tengan la última palabra sobre lo que cada uno de nosotros realmente vale, hace o siente. Esa siempre es interna y no se trata de soberbia sino de aceptación, de apostar por lo mejor de nosotros y nuestra valía más allá y a pesar de  todo.

Por Diana Chiani. Comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional  (@milyunrelatos, www.milyunrelatos.com)

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