Seguir a la manada: Cuando la presión del grupo pone en riesgo a los adolescentes

Seguir a la manada: Cuando la presión del grupo pone en riesgo a los adolescentes

El “efecto manada” es la tendencia que tenemos los humanos a hacer lo que hace la mayoría al entender que tanta gente no puede estar equivocado. Y la adolescencia es la época primordial en la que se da este fenómeno.

Lic Magdalena Clariá y Mercedes Gontán

Es sabido que los adolescentes se mueven en manada y lo importante que es para ellos la pertenencia a su grupo, los afirma en su ser, en su autoestima y los ayuda a seguir construyendo su estructura psíquica y de personalidad, pero esto ocurre en un contexto donde la fragilidad propia de una personalidad en desarrollo, los hace a veces tomar malas decisiones, justamente por seguir la marea, y no animarse a navegar contra corriente.

Este tipo de comportamiento tiene su origen en épocas primitivas, en donde era necesario el grupo como “protección”, pero ahora que ya no lo es, puede eliminar nuestra capacidad de criterio y de ponderar opciones mejores.

¿Cómo podemos como padres acompañarlos en esta etapa? En primer lugar dándoles su espacio y su autonomía, y al mismo tiempo manteniéndonos muy cerca de ellos, porque nos necesitan y mucho, y aunque nos doblen en altura, e ignoren nuestro saludo, y ni que hablar besos y abrazos, les hace mucho bien nuestra presencia.

A partir de la primera infancia comenzamos a inculcar valores y principios en nuestros hijos, que van calando en ellos y desarrollándose a medida que crecen. Nos encanta cuando en las consultas de orientación familiar, los padres logran linkear que sus intervenciones de hoy con este pequeñito o esta pequeñita, van a tener impacto directo en el modo de vivir su adolescencia.

Si el cuarto de nuestra hija adolescente es un caos, pero desde chiquita promovimos el valor del orden, seguramente será más sencillo encauzar su comportamiento, y motivarla para que al menos de vez en cuando, doble la pila de ropa que es más alta que el Himalaya.

Los amigos y el grupo de personas que los rodean, son claves en su caminar adolescente. Muchas historias comprueban esto que intuimos, y vemos como las llamadas “buenas compañías”, son muy positivas mientras que a veces, otros entornos favorecen las conductas de riesgo.

La diversión adolescente es lo que primero aparece cuando pensamos en los desafíos, ya que justamente con la excusa de “pasarla bien”, perdemos de vista los peligros y aparecen los excesos.

Alcohol, droga, promiscuidad, accidentes de tránsito, trastornos de alimentación, adicción al juego o a las redes, y hasta conductas delictivas (a veces disfrazadas de bromas pesadas) son moneda corriente, y tanto los padres resignados como los propios chicos cuando son interpelados por su conducta, responden con la famosa frase “todos lo hacen, no podía decir que no”.

Juan estaba muy entusiasmado porque el sábado a la noche finalmente podría celebrar su cumpleaños después de un año de pandemia. Su abuela le prestó la quinta para que puedan aprovechar el aire libre, y sus padres accedieron con la condición de que ellos estarían allí para cuidarlos. La lista de invitados comenzó a incrementarse y, como el lugar no era una restricción, a todos les pareció buena idea que Juan “se diera el gusto” de hacer esta gran celebración:

Juan cumplía 13 años. Fueron llegando los invitados, música de fondo, un metegol, un tejo y un inflable con forma de canchita de fútbol fueron el escenario ideal para divertirse y pasarla bien. Los padres contentos con la idea, y agotados por toda la organización, cuando terminaron de servir la comida, se encerraron en el escritorio a ver una serie, un poco aturdidos por la música. Luego de un rato, algunos amigos de Juan propusieron saltar el cerco de atrás, y hacer una expedición por el jardín de al lado, que resultaba muy atractivo porque tenía una gran casita de madera construida en el árbol. Los vecinos no estaban así que no habría problema. Algunos más reflexivos dijeron en voz alta que no sabían si esa era una buena idea, mientras que otros solo lo pensaron y ni se atrevieron a oponerse. Clara, que era la mejor amiga de Juan, insistía con desistir de la misión. Por un momento logró que todos dejaran de avanzar, pero enseguida la callaron con un “Vos siempre aguafiestas Clara, no pasa nada”.

Lo que sucedió de aquí en adelante no queda muy claro ya que los mismos chicos manifiestan tener recuerdos borrosos. Versiones contradictorias y muchas dudas, pero también varias certezas: la puerta del quincho abierta, la bodega desvalijada, algunas copas rotas, y Federico internado en la guardia esperando que lo operen porque se cayó desde lo más alto de la casita, y se fracturó el cráneo, entre otras heridas.

¿Por qué lo hiciste?, preguntaban a cada uno de sus hijos los padres en los pasillos del hospital. “Porque todos lo hacían”, respondían compungidos.

Cuando hablamos de ponerles límites a los niños pequeños, siempre recalcamos la importancia del no, y cómo se consideran una seguridad para el propio chico. Podemos representarlo con aquella imagen del precipicio, donde gozamos mucho más del paisaje cuando tenemos una baranda que nos limita el camino, y que nos sostiene si tambaleamos

De la misma manera, el no que deben aprender a decir los chicos, también los protege, los contiene, los cuida. Aunque a su manera de ver los avergüence ante sus amigos o los deje afuera de la movida de moda.

Si a los adultos nos cuesta decir que no, imaginemos cuánto más a un adolescente que como decíamos, aún tiene su cerebro en construcción. Conciencia de los riesgos, del peligro, se desdibujan cuando el programa se presenta como “lo más divertido que podemos hacer, lo imperdible”.

El relato que compartimos recién tuvo un desenlace complicado, pero sin llegar a los extremos, tenemos que tener consciencia que los adolescentes coquetean con el precipicio mucho más a menudo que lo que caen, por lo que no debemos dejar de estar alertas, y más aún darles las herramientas.

Algunas pautas que pueden ayudarlos y ayudarnos a nosotros también son:

  • Anticiparnos. Cuando estamos en la situación en la que todos quieren hacer algo, resulta muy difícil pensar en el momento y reflexionar. Dialogar mucho con ellos acerca de los potenciales riesgos a los que se enfrentan, y sobre todo empatizar con sus cabecitas adolescentes, sin escandalizarnos con sus decisiones, pero sabiendo que podemos acompañarlos a aprender a elegir mejor.
  • Roleplaying. Esta técnica sirve muchísimo, y aunque se resistan a lucir sus dotes actorales, de verdad lo valoran mucho. Ponerlos en la situación concreta, no en la teoría. En lugar de decirles no tenés que tomar alcohol, sos menor. Cuánto más productivo sería que les dijéramos: Imaginemos que estás en lo de tu amiga Paula, y que todos ponen sobre la mesa las botellas de alcohol. ¿Qué podés hacer? No es sencillo resistir a las presiones de grupo, por ello es importante que acompañemos su entrenamiento.
  • Bloque. Como decíamos, el grupo de pertenencia es clave en esta etapa, por lo que siempre es muy favorable para los chicos, contar con un grupo de amigos que comparten sus valores y criterios. Esto puede ayudar mucho, pero no puede ser el único argumento, porque en el medio del camino, el bloque se desarma, y pueden quedar solos. Sus decisiones son personales e individuales, si las comparte con amigos, mucho mejor y más sencillo.
  • Sana diversión. Los adolescentes quieren divertirse, y ese espíritu aventurero que los caracteriza también tiene que ser encauzado. Ayudarlos a pensar con creatividad programas, entornos sanos y alegres, donde puedan pasarla bien, compartir con amigos, conocer gente nueva, explorar distintas actividades.
  • Presencia Es cierto que un adolescente no requiere una supervisión constante como el pequeño de 1 año al que no podemos quitarle la marca personal. Sin embargo, nuestra mirada atenta muchas veces previene situaciones que podrían haberse evitado.

Consensuar con los demás adultos, generar grupos de padres donde se turnen para ofrecer las instalaciones de la casa, cuidar en determinada fiesta, etc. No es falta de confianza en ellos, y no se trata de estar en una actitud vigilante, pero sí cerca.

Tengamos siempre presente que ellos continúan creciendo, su lóbulo prefrontal continua en desarrollo, y por lo tanto, está madurando su capacidad de raciocinio (tomar decisiones), y su control emocional.

Todos los padres coinciden en que quieren preservarlos, protegerlos, pero a veces no tienen tan claro el camino para hacerlo. Oscilan entre un permisivismo absoluto bajo el lema “ya son grandes”, “no podemos estar al lado de ellos” “tienen que ser responsables”, y del otro lado del péndulo, una rigidez absoluta que prohíbe todo sin dar lugar al diálogo, en modo burbuja. Desde ya que ninguna de estas opciones es positiva, ya que la clave está en encontrar el equilibrio entre darles autonomía y confianza, sin dejar de estar atentos y alertas para cuidarlos, para que puedan disfrutar de estar en manada, tomando cada día decisiones que los hagan felices.

 

*Magdalena Clariá es Licenciada en Psicología y Mercedes Gontán, abogada, Mediadora y Orientadora Familiar. Juntas hacen Apuntes de siembra

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