Crónica de un viaje inolvidable a las entrañas del mundo Stone

Crónica de un viaje inolvidable a las entrañas del mundo Stone

La gira No Filter 2021 fue diferente por la ausencia de Charlie Watts, pero con un poderoso significado para quienes encuentran refugio en su música día a día. Tampa y Dallas: las dos paradas de quien cumplió un sueño y escribe estas palabras.

Diego Gubinelli

Diego Gubinelli

Que están viejos, que ya no tocan como antes, que no vale la pena: afirmaciones completamente falsas acerca de lo que rodea a The Rolling Stones, la banda que muestra su grandeza, tras casi 60 años de lucirse en los escenarios, y que continúa erizando la piel de sus fieles oyentes.

Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood finalizaron anoche su gira No Filter -la cual fue pospuesta por la crisis sanitaria global- y dejaron a más de un fan sorprendido por su incuestionable vigencia. Steve Jordan fue quien tuvo la difícil tarea de sentarse en el set de batería del recientemente difunto Charlie Watts. Sin embargo, cumplió con creces su tarea, emulando y reviviendo el legado del legendario músico que tan recordado es por toda la comunidad rockera.

No quedan dudas de que el tiempo no pasa para “sus majestades”. Mick Jagger (78) corre por el escenario cual adolescente en una plaza de barrio mientras juega un partido de fútbol por la gaseosa. Hasta puede ser que Jagger tenga más estado físico que ese joven. Keith Richards (77) disfruta de cada canción como si fuese la primera vez que la toca en vivo. Ronnie Wood (74), quien hace poco tiempo venció al cáncer, conecta de forma impecable con sus compañeros y amigos de toda la vida en cada riff. Una clara simbiosis musical.

Fueron 14 conciertos en 13 ciudades estadounidenses, durante dos meses. Los Stones -como era esperado- no fallaron y éste cronista estuvo en dos oportunidades para comprobar que la magia sigue intacta y que la mejor forma de homenajear a Charlie Watts es tocando para el público, porque así lo quiso él antes de partir y porque así lo querría de cara al futuro.

Tenerlos a dos metros es realmente una caricia al alma. El mundo se detiene por un par de horas y ya nada más importa. Que tres tipos de casi 80 años emanen tal poderosa energía mediante su música es un regalo del universo.

Mick Jagger en Tampa, Florida.
Foto: Paul Henessy photography

El viaje sagrado

En una Argentina donde todo cuesta el quíntuple, hacer un viaje a Estados Unidos representa nada más y nada menos que un plan a largo plazo mediante un ahorro constante y arduo. Desde trabajar en las viñas en épocas de Vendimia hasta atender mesas en locales gastronómicos, por así nombrar algunos ejemplos que nula relación tienen con la labor en la prensa gráfica. Pero no va al caso, lo que importa es destacar la sensación de pasar de observar a tres ídolos a través de un póster viejo en una habitación a, tras una larga espera, tenerlos a dos metros de distancia.

El primer round de este viaje es en Tampa, Florida, ciudad ubicada a pocos kilómetros de Clear Water, donde Keith Richards compuso Satisfaction en la década de 1960, y Miami, locación donde Charlie Watts dio su último concierto el 30 de agosto de 2019.

Comienza el camino al Raymond James Stadium, hogar de los Tampa Buccaneers y lugar elegido por la banda británica. Allí, la multitud se acerca. El rango etario es sumamente amplio, desde adultos mayores con bastón a jóvenes de no más de 25 años. Tocan los Stones y el universo es consciente de dicha fiesta.

La gente tiene la posibilidad de entretenerse en los stands de juegos, donde regalan bandanas y remeras a cambio de participar en trivias. Mientras tanto, se escucha ligeramente la prueba de sonido. La sangre hierve y cada vez falta menos.

El destino juega sus cartas y en la fila se encuentra Jason, fan proveniente del Estado de Carolina del Sur y que sigue a los Stones desde la década de 1990. Me hago amigo de él sin saber que posteriormente se transformaría en una especie de “ángel de la guarda Stone”. “No te preocupes. Vamos a estar en la parte de más adelante, el PIT (el sector más cercano al escenario)”, dice con seguridad. Encantado, apoyo la idea y sin saber detalles sobre el método, Jason responde que “es cuestión de intentarlo y que rara vez falla”.

A lo lejos se ve que mis acompañantes en la travesía pasan sin problemas por los controles de seguridad. Por lo que, con una cuota de fe, me atrevo a hacer lo mismo. Allí, cruzo la primera barrera y, entre nervios, me voy a un costado, puntualmente del lado donde se ubica Keith Richards. Con los ojos en la espalda me quedo sentado, hasta que en un momento Jason reaparece. Faltando pocos minutos para el comienzo y con  la posibilidad latente de ser echados, ingresamos al sector VIP. Allí, ocurre un hecho digno de reconocer: Jason "se sacrifica", y gracias a que a él lo paran, ingreso al campo que permite que se aprecien hasta las arrugas de Jagger, teniendo en cuenta la poca distancia que separa a a la banda de la valla. Llegar a estar tan cerca es nada más y nada menos que una consecuencia del heroico acto de Jason, que se "sacrificó" por un completo desconocido.

Apagan las luces: llega el momento tan ansiado. Keith Richards sale primero mientras con mucha potencia suena Street Fighting Man. Detrás de él, un Mick Jagger danzante que hace vibrar a quien lo mira, como si de un hechizo se tratara. Nos separan menos de cinco metros. Momento de éxtasis total. La realidad supera la ficción, y por ficción podrían ser consideradas esas fantasías que en algún momento parecían inalcanzables.

El público americano es un tanto frío y reacciona mal al fervor que caracteriza a los argentinos, pero no importa porque la euforia es inevitable. Suenan perlas como Far Away Eyes y Beast of Burden, ambas del álbum Some Girls 1978. No faltan los clásicos como Start Me Up, Miss You, Gimme Shelter, etc.

Se acerca el final típico con I Can’t Get No (Satisfaction) y Argentina dice presente con su característico pogo que ya es marca registrada, como si de una secta se tratara.

Concluye el show, pero no la emoción. Arrojamos la bandera argentina, la cual es agarrada y revoleada por Ron Wood, quien posteriormente confirmó a través de su esposa, Sally, que el símbolo patrio terminó en su cuarto de hotel. Argentina para el mundo.

Luego de un viaje de 1800 kilómetros por el corazón de Norteamérica, el segundo round es tres días después en la ciudad de Dallas, donde fue asesinado el expresidente norteamericano John F. Kennedy, entre otros datos. La cita es en el Cotton Bowl Stadium, lugar recordado por Argentina por representar el fin del sueño mundialista de la mano de Diego Armando Maradona, a quien "le cortaron las piernas" un 25 de junio de 1994 en ese mismo campo de juego.

Los Stones salen a la cancha con lluvia, lo cual agrega más valor y crea una mística entre los fans. Allí, abren otra vez con Street Fighting Man y siguen con un setlist similar al de la gira, pero con gratas sorpresas como You Got Me Rocking (Voodo Lounge 1994). Richards, vestido con un sobretodo que lo equipara con un verdadero pirata, se luce -como es de costumbre- y deleita al público con una de sus baladas más icónicas: Slipping Away, del álbum Steel Wheels. Verlo sonreír mientras acaricia su guitarra cura todo mal.

Termina el show y se consuma el sueño. Alguna vez escuché "que suene Satisfaction en Dallas y que caiga un meteorito". En un principio es entendible. Pero si existe algo certero después de ver a los Stones es que nunca es suficiente y que siempre se quiere y se puede ir por más.

Un largo camino

"Pierde tus sueños y perderás tu cabeza", dice la letra de Ruby Tuesday, canción lanzada en 1967. Muchas veces, en el afán de no permitirse a uno mismo volar y creer que las fantasías más descabelladas pueden cumplirse, se tiende a pinchar la ilusión al pensar que esa misma frase común y corriente no vale la pena de ser repetida. 

Un día tenés 16 años y simplemente por curiosidad decidís entrar a una Rockería ubicada en el corazón del microcentro de la Ciudad de Mendoza y comprar un póster de una banda británica, pero sin saber que a partir de ese momento se generaría un giro de 180 grados en tu vida.

Cinco años después el tiempo estaría de mi lado y serían solo cinco metros de distancia los que me separarían de mis ídolos.

Agradecimientos: Franco Fernández, Agustín Cuesta y Essolorollingstones

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