De las redes sociales a las que sostienen

De las redes sociales a las que sostienen

Sin desdeñar a la tecnología para estar en contacto a la distancia y resolver de manera más simple las cuestiones laborales, la idea es construir nuestra propia red de apoyo para los momentos en que no hay filtro ni colorido que valga.

Diana Chiani

Diana Chiani

La caída de las principales redes sociales causó emociones diversas en los usuarios pero, en líneas generales, se vivió con bastante incomodidad, con la sensación de falta de algo y mil y un pensamientos para evitar las llamadas telefónicas a las que nos hemos desacostumbrado. Para muchos, incluso, fue casi una tarde perdida a nivel trabajo. 

No niego la utilidad de las redes y el creciente aporte que hacen a nuestras formas de relacionarnos laboralmente o resolver situaciones que antes requerían protocolos más extensos y que ahora se zanjan con un mensaje al teléfono. De hecho, celebro esta manera de simplificar las cosas. 

Sin embargo, no sé si nos preguntamos acerca de la dependencia que hoy tenemos de celulares y redes sociales. En mi caso, la respuesta es bastante desfavorable al ver cómo me “dejo llevar” hacia una maraña interminable de mensajes que no exigen respuesta inmediata. 

No es nuevo el debate sobre el impacto de las redes, sobre todo en niños y adolescentes, pero esta semana se volvió sobre el mismo a causa de los documentos en este sentido revelados por una empleada de Facebook. Como si necesitáramos más pruebas que las de la propia vivencia o la que vemos en hijos, sobrinos, alumnos, etc. Porque la dependencia de los más chicos refleja, con matices y aunque no nos guste, la nuestra. 

La palabra red tiene infinidad de significados según la RAE, pero elijo quedarme con los que connotan sostén, apoyo, cuidado y –también- las que tienen que ver con multiplicar, extender, incluir, abrazar.  Aunque efectivas para encontrar personas, grupos de interés y todo tipo de cosas, información o noticias; no estoy segura de que las redes sociales sirvan para contenernos en el sentido afectivo del término.

Más bien hoy funcionan como grupos de pertenencia cerrados bajo la dictadura del like y de miles de reglas que las corporaciones ponen y que ni siquiera conocemos. Pueden ser espejos o más bien vidrieras de las que solemos quedarnos afuera con la pregunta válida de por qué todos se ven tan felices y nosotros no lo somos tanto. Ni hablar cuando nuestra cantidad de “me gusta” no llega a 2.

Me hizo sentido la idea de alguien que equiparaba las redes y su “perfeccionismo emocional” con el físico escultural que solo se ve en las revistas, ya que es ahí cuando nos quedamos solos en medio de “miles” de seguidores. Porque si bien estas reflexiones apuntan más a los chicos que hoy priorizan dichas redes para relacionarse, creo que muchos adultos podemos vernos reflejados ahí. Hoy pareciera que no queremos de verdad a alguien si no lo proclamamos en Instagram, Face, Twitter, el Estado y todas las aplicaciones que seguro desconozco. 

No cuestiono estas nuevas maneras de demostración sino tal vez el hecho de que de a poco dejemos de lado a otras que tienen que ver con el cara a cara, el abrazo largo y la mirada a los ojos. Eso por no mencionar una conversación honesta (sin tantas defensas, filtros, ni qué dirán) o el silencio compartido en el que no hace falta más. 

Las redes fueron clave durante la pandemia pero no solo las que nos permitieron el contacto a la distancia sino, sobre todo, las que nos sostuvieron en los momentos de angustia e incertidumbre, las que nos hicieron sentir el calor del abrazo aún a lo lejos y las que simplemente estuvieron ahí como mudos testigos, listas para lo que se requiriera de ellas una vez pasada la noticia, el impacto de la publicación o el pico de compartidos. 

Esos tejidos en los que solemos cobijarnos no suelen caer del cielo ni venir de la mano de infinidad de likes sino que necesitan de nuestra construcción diaria con acciones, omisiones y con las palabras de amabilidad, cariño y cuidado que destinamos a quienes nos rodean pero también a nosotros mismos. Porque no hay red posible para otros si primero no podemos abrazar todo lo que somos (lo que nos gusta y no) y sostenernos en serio para poder apoyar, incluir, acompañar y multiplicar. 

Por Diana Chiani. Comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional  (@milyunrelatos, www.milyunrelatos.com) 

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