La caída

La caída

La caída de Facebook, Instagram y WhatsApp generó un caos comunicacional y hasta pánico. Un repaso y el análisis sobre los fenómenos alrededor de las redes y la ansiedad que generan.

Francisco Albarello

Por Francisco Albarello/ Doctor en Comunicación Social. Profesor investigador de la Universidad Austral.

El lunes 4 de octubre de 2021 será recordado por la caída de Facebook, Instagram y WhatsApp durante casi 7 horas, una de las interrupciones más prolongadas de las que se tiene registro. La explicación oficial atribuyó la falla a una errónea configuración de los routers, y muchos vincularon la caída con la inminente declaración de una exempleada de Facebook que comprometía a la empresa. Asimismo, se supo luego de resolverse la contingencia que quedaron vulnerados los datos de nada menos que 1.500 millones de usuarios. La red social sufrió una fuerte caída de sus acciones en la bolsa, y todos recordamos el escándalo de Cambridge Analitycs en 2016, en la cual Facebook fue denunciada por robo de datos e interferencia en la política de Estados Unidos.

Más allá de las razones que llevaron a esta desconexión digital de tres de las principales redes sociales, que no casualmente pertenecen a la misma empresa, el hecho puso de manifiesto el grado de dependencia que tenemos con las plataformas. Los medios periodísticos no escaparon al clima de apocalipsis que sobrevino a la caída: era el fin del mundo digital. De pronto, los usuarios volvieron a los “viejos” medios como las llamadas telefónicas o los SMS, y agradecieron que Twitter o Telegram no hayan sufrido la misma suerte: la red ofreció caminos alternativos. La sensación de estupor y de alarma que se disparó en esas 7 horas generó las más diversas lecturas distópicas que advertían sobre los efectos negativos de la dependencia hacia las pantallas, y nos recordó el corte de luz global del día del padre de 2019 en Argentina, a raíz del cual la gente volvió a leer libros a la luz de las ventanas y disfrutó de unas horas de apacible apagón digital.

Algo de historia

La historia de la evolución mediática nos enseña que cada vez que un nuevo medio se vuelve masivo, se disparan los diagnósticos apocalípticos sobre sus supuestos efectos sobre la gente, que los usa ingenua y acríticamente, y que es víctima pasiva de sus consecuencias devastadoras. Sucedió antes con los libros, la radio, el cine, la TV, Internet; y más recientemente, con los smartphones y los videojuegos. Lo que desconoce -o no quiere ver- esta mirada apocalíptica es que el entorno en el que nos movemos -lo que ahora llamamos cultura digital- está moldeado de tal forma por las tecnologías que usamos que no nos podemos pensar fuera de ellas.

El mensaje subyacente de esta mirada es el siguiente: antes vivíamos mejor sin estas cosas. Precisamente, una de las enseñanzas que nos ha dejado la pandemia es que no es lo mismo sobrevivir el aislamiento social con o sin conexión a Internet. McLuhan lo había predicho allá en los años sesenta: los medios generan un entorno sensorial que pasa desapercibido por fuerza del hábito, y lo demostraba con una metáfora bien gráfica “el pez no sabe lo que es el agua”.

Vivimos en la pecera digital, las redes sociales son el aire -o el agua- que respiramos, y cuando por algún motivo se corta el flujo constante del entorno que habitamos, tomamos conciencia del modo en que este nos moldea. Entonces, abandonemos esta mirada infantil en la que nos percibimos como víctimas de un sistema que nos explota y asumamos con responsabilidad cada una de las micro decisiones que tomamos cada día al dejar nuestra vida pública en las redes o utilizarla para expandir nuestras relaciones sociales y laborales. Y asumamos también, de paso, que ese flujo constante es frágil, que depende de una infraestructura falible que sigue parámetros principalmente económicos en buscan del lucro y que los efectos que producen estas tecnologías en nuestra vida cotidiana son mucho más complejos y contradictorios de lo que parece. Entonces, la caída no va a ser tan dolorosa, la podremos asumir con menos ansiedad y también como una oportunidad para dar lugar a la capacidad de adaptación y a la imaginación creativa que siempre nos ha sacado a flote ante los entornos adversos.   

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