¿De qué somos capaces cuando las emociones toman el poder?

¿De qué somos capaces cuando las emociones toman el poder?

¿Pueden las emociones tomar el control, enceguecernos y llevarnos a actuar? Seguí leyendo que te contamos.

Cecilia Ortiz

Un jubilado persigue a un ladrón hasta ejecutarlo. Una madre salta desesperada sobre el capó de su auto al percatarse de que un asaltante se lo llevaba con su pequeño adentro. “La verdad, no sé de dónde saqué fuerzas. Normalmente, levantar algo pesado es sumamente difícil para mí, pero cuando vi que esa máquina caía sobre mi hija, se me nubló la cabeza, corrí y la moví…hasta ahora estoy sorprendida”, cuenta Helena.

¿Alguien recuerda la renombrada película “Día de Furia”? ¿O la más reciente, “Relatos Salvajes”? ¿De qué somos capaces cuando las emociones toman el poder y nos conducen a actuar? “Me doy cuenta que estoy tan emocionado que apenas puedo quedarme quieto y pensar claramente”, decía Morgan Freeman desde su personaje en la película Cadena Perpetua.

La emoción es una respuesta adaptativa de un organismo, y, justamente ése es su objetivo: poner en alerta, a través de su correlato somático, de que algo está ocurriendo y es necesario realizar ajustes para enfrentarlo. Entonces, si el estímulo es novedoso, respondemos con asombro, si es peligroso, con miedo, si es desagradable, con asco, si es agradable, con alegría, si es penoso, con tristeza, si es frustrante, con bronca o furia.

Las emociones pueden “leerse” a través de sus correlatos físicos, esto significa que, necesariamente, desencadenan una serie de reacciones químicas que alterarán la homeostasis y se manifestarán a través de la conducta. No las podemos ocultar. Ahí están, visibles para que otro registre lo que nos está ocurriendo.

Las emociones se comportan como el agua que va por una acequia: en tanto el caudal es regular, circula dentro de los límites que imponen los bordes y fluye tranquila y pacíficamente, ofreciendo un sonido agradable, satisfacción a la sed de algunos animales y refrescando el ambiente.

Si, por algún motivo colocamos una compuerta, el agua comienza a agolparse, procurando continuar su camino. Si, transcurrido un rato, quitamos la barrera, raudamente el líquido avanza, sobrepasando los límites de contención, inundando las zonas linderas, provocando un ruido fuerte, y, a veces, esa marcha puede llegar a ser tan violenta que destruye lo que hay alrededor.

Si no dejamos fluir las emociones callándolas porque “para qué discutir”, “si lo digo se van a enojar”, “mejor no digo nada”, etc., entonces, se agolpan y, ante la mínima situación, explotan, sumergiéndonos en una experiencia en la que, luego, nos cuesta reconocernos y nos arrepentimos.

En nuestro cerebro existen dos centros vinculados con el manejo emocional. Uno está situado a nivel interno, precisamente en la región conocida como sistema límbico. Allí, la amígdala (una estructura pequeña con forma de almendra que es nuestro “radar de situaciones potencialmente emocionantes”, sobre todo, las vinculadas con el miedo) examina el entorno preguntándose constantemente: ¿Esto es peligroso?, ¿Corremos peligro de vida?, ¿Nos puede hacer daño?, ¿Nos puede hacer sufrir?, si la respuesta es afirmativa, activa sus conexiones para hacernos actuar inmediatamente, sin la posibilidad de contemplar alternativas.

Si yo me encuentro caminando sola a las 12 de la noche y escucho pasos detrás de mí, lo más probable (y adaptativo) es que corra hasta un lugar seguro, no que intente constatar si ese ruido proviene de alguien que conozco. Luego meditaré acerca de los peligros de caminar sola de noche.

La respuesta emocional no medita, actúa para que yo esté a salvo.

Por otro lado, si tengo que decidir si cambiar de trabajo o no, voy a evaluar opciones, descartar otras, ponderar expectativas, ofertas, etc. En ese momento, interviene mi área frontal del cerebro, encargada justamente de la racionalidad. Porque en esa circunstancia, no me sirve ser “impulsivo”.

Durante un secuestro emocional, respondemos desde el primer circuito: es un rapto amigdalino: nos sentimos amenazados y actuamos para preservamos. No pensamos, no medimos, no evaluamos, nos transformamos en acción pura. Cuando el momento pasa y meditamos acerca de lo que pasó, nos desconocemos: “¿Cómo pude hacer eso?”, “Yo jamás hubiera sido capaz de hacerlo en otras condiciones”, “Parece que no era yo”, “Estaba como poseído/a”, etc. Aparece, la mayoría de las veces, la culpa.

Las características del secuestro emocional son:

  • Dejar de pensar con claridad
  • Sensación de embotamiento
  • Pérdida de control
  • Conductas impulsivas
  • No consideración del otro
  • Vivencia de desesperación

Los hechos aislados de secuestro emocional no son raros, de hecho, que levante la mano quien nunca explotó y no pudo controlarse ante una situación determinada. Hay que prestar atención cuando estas reacciones son frecuentes y nos acarrean alteración en los vínculos afectivos, laborales y sociales. En este último caso, siempre aconsejo consultar con un especialista.

No debemos perder de vista que el contexto influye. En circunstancias de privación, necesidad, estrés, inseguridad, incertidumbre, es mucho más probable que se observen secuestros emocionales, porque nuestro sistema de alerta se encuentra sobreactivado.

¿Qué hacemos frente a un rapto emocional? Daniel Goleman, Psicólogo y padre del concepto de inteligencia emocional, nos propone los siguientes pasos:

  1. Observarse: Atender a qué situaciones frecuentemente nos llevan a perder el control. El autoconocimiento es fundamental. Podemos decirnos: “esto me está irritando/dando miedo/asustando….sé que puedo explotar”.
  2. Tomar contacto con las señales del cuerpo: Notar si el corazón comienza a latir más rápido y se acelera nuestra respiración, si sentimos adormecimiento en manos o pies, escalofríos. El cuerpo da señales previas, a veces, las ignoramos.
  3. Hacerle un cortocircuito al secuestro: Intentar respirar, contar hasta 10 (como decían nuestras abuelas), pensar en alguna melodía que nos calme, o en algún recuerdo agradable. El cerebro necesita de 1 minuto para pasar desde el circuito amigdalino al circuito frontal de respuesta. Una vez que pasó ese tiempo, lo más probable es que no actuemos irracionalmente.
  4. Tener en cuenta que, por lo general, las respuestas emocionales se aprenden. Si tenemos hijos o hay niños presentes, incorporan y luego repiten por imitación. Les estamos enseñando a reaccionar impulsivamente.

La tradición del pensamiento filosófico durante años intentó quitar protagonismo a la emoción, endilgándole la responsabilidad de las peores bajezas humanas. Hoy sabemos que la emoción es significativamente importante en nuestras vidas, porque nos dirige a la supervivencia. Si sabemos escucharlas y darles cauce, serán adaptativas y garantizarán nuestro ajuste y satisfacción.

Si les ponemos compuertas, las ignoramos y no tomamos contacto con ellas, estemos atentos, porque un desborde será inevitable.

Porque nuestras reacciones no dependen sólo de la situación en sí, sino de cómo elegimos enfocarlas.

Lic. Cecilia C. Ortiz /Neuropsicóloga/ licceciortizm@gmail.com

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