Miedo y angustia: La salud mental de los mendocinos más necesitados

Miedo y angustia: La salud mental de los mendocinos más necesitados

Cómo enfrentan la pandemia quienes padecen necesidades económicas. Cómo la crisis pone en juego su integridad psicológica. Te contamos.

Cecilia Ortiz

Es duro todo esto”, dice Nati, que vive en un barrio lejano de Luján, “se cierran muchas puertas”.

¿Cómo reaccionamos ante la amenaza de un peligro externo? Con miedo. ¿Cómo respondemos a un peligro interno? Con angustia. ¿Cómo nos sobreponemos a una situación que combina lo anterior con necesidades básicas insatisfechas, viviendas precarias, falencias en la trama social de contención y en políticas de estado que propongan soluciones de base, no piedritas de colores que tapen agujeros y garanticen esclavitud al sistema? ¿Cómo superamos la discriminación, la pérdida de trabajo, los paréntesis en la educación, las experiencias de ser los últimos orejones del tarro de una sociedad que altanera y cínicamente mira para un costado? Con desesperación, con hipoteca de la salud mental, con esperanza, con fe, con alquimia.

La OMS nos explica que la salud mental es “un estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, trabajar de forma productiva y contribuir a su comunidad”. Se enfatiza el hecho de que no implica mera ausencia de enfermedad, sino que el concepto es mucho más abarcativo: incluye la sensación de bienestar del individuo para consigo mismo, su producción y su comunidad.

“Estamos sobrellevando la cuarentena con mucho miedo”, agrega lastimosamente Nati, “más si tenés hijos”.

Con esa angustia tañendo las cuerdas de las sinapsis de mis neuronas y con la convicción de que hay tantas realidades como observadores, me acerqué a Mariana, que atiende un merendero en Drumond y a varios vecinos que, desinteresada e impetuosamente estuvieron dispuestos a compartir sus vivencias.

Bajo ningún punto de vista esto pretende ser una encuesta ni un estudio estadístico. La intención es mostrar otra cara de la pandemia: la salud mental de quienes tienen bajos recursos económicos, de quienes cargan necesidades insatisfechas.

“En este merendero trabajamos 5 personas y les damos de comer a 45 niños. La mayor necesidad en este momento es la alimentación. La mayoría de la gente de acá está muy ansiosa, tenemos mucho miedo de que esto no pare y empeore porque hay gente que no toma las precauciones necesarias”, cuenta Mariana.

Para hablar de Salud Mental necesitamos adoptar una mirada multidimensional. Existen factores de riesgo biológicos, psicológicos y socioambientales, que, además, deben contextualizarse, teniendo en cuenta el momento histórico, la coyuntura política y socioeconómica y las subculturas.

Pero, ¿qué es un factor de riesgo? Un elemento eventual y previsible que coloca a una persona o grupo en situación de vulnerabilidad, en este caso, ligado a la salud mental. Cada uno de nosotros, desde nuestra historia, desde nuestra particular forma de estar en el mundo, desde nuestra personal manera de “leer” la realidad, desde nuestro contexto familiar, social y cultural, desde nuestras contingencias económicas y vitales, somos más o menos susceptibles de desarrollar alguna patología mental a lo largo de la diacronía de nuestra existencia.

La eterna crisis política y económica de nuestro país conforma un polo de angustia que, a modo de factor externo, amenaza la salud mental de cualquier mortal. Ni hablemos de la bendita pandemia. Pero existen factores que coadyuvan conformando un menú peligroso para la salud mental:

- Dificultad para obtener ingresos

- Dificultad para pagar servicios

- Malas condiciones de vivienda (construcción precaria, hacinamiento, falta de servicios básicos)

- Deficientes condiciones de higiene

- Enfermedades físicas (hipertensión, diabetes, cardiovasculares, etc.)

- Frustraciones crónicas

- Condiciones climáticas adversas

- Cantidad de personas a cargo

- Escaso soporte social

- Inseguridad

- Futuro impredecible

Los factores psicológicos como angustia, inestabilidad emocional, sentimientos de culpa, fracaso e impotencia, baja autoestima, alteraciones previas, colaboran con la acentuación o el surgimiento de un cuadro de patología mental.

“El aislamiento, el encierro, la falta de aire libre, el aburrimiento me ponen muy mal”, me cuenta una vecina. “Yo tengo mucha ansiedad, tristeza, pienso mucho en mis seres queridos, en las necesidades que pasamos, en la falta de trabajo y de comida”, apunta otra; “esta situación acá ha causado problemas económicos y familiares”, “esto es muy duro, hay gente que no tiene para comer, tengo mucho miedo de lo que va a venir”, “bronca, siento mucha bronca, no hay alimento, no hay trabajo…”, “cuando te quedás sin trabajo y tus hijos tienen hambre, el virus y la pandemia te importan una mierda, te desesperás”. Fragmentos de diálogos que te golpean bajo, porque es la realidad de muchos, porque sus miradas, sus tonos de voz te transparentan lo que pasa más allá de la zona de confort.

Miedo, tristeza, bronca, emociones, que, si como vimos, se conjugan con factores ambientales, sociales y personales, pueden desembocar en alteración mental. Es un sector de la sociedad altamente vulnerable, porque están sujetos a la coacción de varios factores de riesgo.

“En los hospitales nos dan turnos para dentro de mucho tiempo y no podemos pagar un psicólogo”. Confesión que desnuda una necesidad urgente: la gente de bajos recursos económicos requiere contención social y emocional, sus angustias deben ser oídas y consideradas.

Porque el hambre se calma con comida, pero la angustia y el miedo no deben tragarse, precisan materializarse a través de lo simbólico, la palabra, y eso, sin ayuda profesional, es difícil.

Sería bueno que la pandemia cuestione las ideologías de abordaje de salud mental en los sectores menos pudientes, pero no por ello, menos necesitados de atención. Porque hambre no connota solamente escasez de comida. Hay hambre de mirada, de sujeción, de consideración.

La salud mental de todos hoy está en juego, y cuando digo de todos, digo de TODOS.

Personalmente, agradezco a Mariana, a Nati y a los que con confianza se abrieron a una desconocida. Una vez aprendí que más allá de mi anatomía, el dolor ajeno duele y la desesperación ajena conmueve, pero el cambio es posible, de otra manera, sus sonrisas no seguirían adheridas a mis retinas. 

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com

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