Trabajadores de la Salud en Mendoza: jugarse la vida por $16.000
Federica es enfermera del Hospital Humberto Notti de Guaymallén desde hace un año y medio. Ya ganaba poco antes de la pandemia, pero con la llegada a Mendoza del Covid-19 su vida se hizo todavía más difícil. El otro día ingresó a la guardia una niña con fiebre: "le hicimos hemocultivos, la movilizamos con equipo común. Al rato, la madre nos avisó que en realidad la nena 'había tenido contacto con un caso sospechoso'", relata ella. A la mañana siguiente, un colega la llamó para informarle que la pequeña estaba aislada. "Y me pidieron -cuenta Federica- que me aislara yo también". Entonces la joven se quedó en casa, aunque ojo: comparte el hogar con otros cuatro enfermeros, porque el sueldo no le alcanza para pagar un alquiler.
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Los que viven con ella usan el mismo baño, la misma cocina, los mismos picaportes. Si uno se infecta, por más que quiera aislarse, no tiene dónde.
Federica asegura que por mes factura cerca de $24000. Paga $4000 de impuestos a la AFIP, el alquiler le sale $9500, las expensas $1000 y la luz $3500. A eso hay que sumar las garrafas de gas. Y encima es celíaca.
Esas son las condiciones de muchos trabajadores de la Salud del interior de la Argentina, cuyo sueldos de monotributistas, con suerte, rozan los 20.000 pesos. Son enfermeros, empleados de laboratorio, de kinesiología, de rayos X. Los médicos son la cara más visible del frente sanitario. Pero al lado, sin micrófonos para salir en la tele, hay miles que enfrentan al virus como pueden. MDZ salió a buscar testimonios de estas personas a las que todos aplauden pero nadie reconoce de verdad.
"Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que comí carne"
"Cuando veo cómo trabajan los enfermeros que enfrentan el coronavirus en otras partes del mundo, siento ganas de llorar -admite Federica-. Nuestros compañeros que se encargan de los casos sospechosos ni siquiera tienen botas especiales para ingresar a las habitaciones".
La fuente estima que por lo menos el 40% del personal hospitalario está compuesto por "prestadores", es decir, personas que facturan y que en muchos casos no tienen vacaciones ni aguinaldo, aparte de los sueldos bajos. "Vivimos al día", apunta, y subraya que ya no recuerda la última vez que comió carne: "nuestra dieta es puro mate, café, arroz, fideos y huevo".
Rutinas precarias
Marta está en el Hospital Carrillo de Las Heras desde el año 2015. Factura mensualmente y dice que cobra entre 15 y 16 mil pesos en mano, al "igual que decenas de enfermeros que trabajan conmigo". Con esa plata, ella sola cría a dos hijos y paga un alquiler. "Estamos preocupadas. Las que somos sostén de hogar no podemos darnos el lujo de infectarnos, porque no tenemos claro qué nos pasaría si nos enfermáramos de gravedad", reconoce.
"El trabajo se ha vuelto mucho más estresante"
Gastón es camillero del Hospital Diego Paroissien, en Maipú. En su descripción de las rutinas hay un antes y un después del virus. Ahora, si llega una consulta de riesgo, se tiene que "disfrazar" entero. "Cuando traslado a un paciente sospechoso, sinceramente, voy con pánico. Me pongo las gafas, dos pares de guantes, el mameluco y la cofia", enumera. "Y trato de no hablarles mucho, para disminuir las probabilidades de contagio". 
En cada habitación hay un paciente aislado. Gastón lo transporta en la camilla y luego se tiene que quitar todo el traje con máxima atención, para no contaminar el entorno. "El laburo se ha convertido en algo mucho más estresante que antes", admite.
Javier es técnico anestesiólogo y también trabaja en el Paroissien. Gana 19.000 pesos de bolsillo y hace cinco años que se desempeña ahí. Pide que el periodista anote textualmente una frase: "el Gobierno -señala- es el empleador negrero número uno". Destaca que reciben pocos barbijos de calidad, y que mucho de lo que llega para los trabajadores de Salud de la provincia viene de donaciones. "Además, ganamos muchísimo menos que el personal de planta, y hacemos las mismas tareas".
La vocación no tiene por qué ser sinónimo de hambre
"Y acá estamos, preocupados. A veces pienso que casi nadie toma dimensión de lo grave que puede ser esto. La gente tiene que imaginarse lo que pasó la última vez que se le enfermó un ser querido. Bueno, con el Covid-19 no vas a poder tocar ni visitar a ese pariente; y si el cuadro se complica, esa persona seguirá aislada hasta su cremación. Va a ser así, sea tu pareja o tu mamá. Hay que ser muy conscientes", avisa. 
Todos los entrevistados recalcan que siguen adelante porque tienen vocación. Pero la vocación no tiene por qué ser sinónimo de hambre o cansancio extremo. Y si bien no sería justo cargar las tintas exclusivamente sobre los gobiernos actuales -que tienen responsabilidades, sí, pero no son los únicos-, sí es preciso poner el foco en el doble discurso de buena parte de la población, que felicita y habla de "héroes" cuando la angustia ronda y luego, sin remordimientos, hace la vista gorda ante la precarización de la sanidad.
—En la tele nos repiten que estamos salvando vidas, pero yo hoy me siento como una vaca que va al matadero— resume Javier. 
* Los trabajadores de la Salud que aparecen en esta nota solicitaron no ser identificados con nombre y apellido. Ante cualquier duda o consulta, el lector puede contactarse con el cronista: [email protected].

