Regreso a Isidris: ¿puerta cósmica o delirio colectivo?

Regreso a Isidris: ¿puerta cósmica o delirio colectivo?

Hace un par de décadas, miles de personas empezaron a hablar de cierta piedra ubicada atrás del Cerro Arco. Unos decían que era la puerta hacia una ciudad secreta. Otros, que se trataba de una base extraterrestre. El retorno personal al lugar que marcó a una generación de mendocinos.

Facundo García

Facundo García

Lo que voy a contar pasó durante una época remota, cuando en Mendoza no había Internet ni celulares. Como en Stranger Things, pero en el subdesarrollo. Yo tenía quince años y me invitaron a una fiesta en los cerros. Al principio dudé, porque a la juntada iban a ir solamente niños y “grandes”. Ningún joven, ninguna chica con quien charlar. ¿Qué iba a hacer? Al final dije que sí —más por evitar las quejas de mi madre que por otra cosa— y fuimos mi vieja, mis hermanos y yo.

Avanzamos campo adentro, en el jeep de un vecino que se ofreció a conducirnos hasta el sitio. “Es acá”, dijo, y las ruedas frenaron haciendo ruido contra el ripio de un valle pedregoso. Vi que alguna gente ya estaba armando mesones, poniendo los platos y cortando las ensaladas. Para ellos iba a ser un lindo día de sol y asado. Para ellos. A poco de bajar del jeep, los nenitos de cada familia empezaron a correr y a tirarse pelotitas de moco entre sí, mientras que los adultos, como siempre, se pusieron a hablar de sus asuntos. Yo no sabía con quién ir. Los niños me trataban como a un grande y los “grandes” me trataban como a un crío.

Así que quedé solo, pero por suerte no era el único. A un costado, vi al paisano que armaba el fuego: también él parecía solitario. Nadie le hablaba, nadie lo miraba. De puro curioso fui a llevarle un vaso de vino y él me saludó con un apretón de manos. Un gaucho viejo, con la piel más arrugada que la leña. Tenía un semblante como de perro de pelea, cicatrices que le poceaban la cara y una mirada estrellada, fuera de órbita, con ojos de haber visto lo que los demás ni sospechaban.

Cuando me contó que vivía cerca, le pregunté por la famosa Piedra Isidris.

—Existe. Es aquí cerca.

— ¿Y qué hay ahí?

El gaucho avivó las llamas y el fuego se agrandó. Miramos a los demás, que seguían conversando. Los niños también seguían en su reino de juegos. El paisano le pegó un trago largo al vaso y después soltó:

—Como haber, en Isidris hay cardos, cactus, pajaritos. Y también visitantes…si se puede decir así. Yo he visto figuras blancas, con brillos. Son bajas, como de un metro. Tienen la cabeza alargada y una risa que no se sabe si es buena o mala. Si andás distraído no las ves: podés tenerlas un rato largo al lado hasta darte cuenta. Les gusta espiar. Una noche, andando solo, vi un coso de esos, saqué el cuchillo y lo empecé a perseguir. Él iba rápido, flotando; y yo iba a los tropezones, enganchándome con las espinas...

Real o no, la anécdota me pareció fascinante. Sin embargo alguien se acercó con una guitarra y el paisano se puso a cantar con voz aguda de tonadero cuyano, de modo que nuestra charla se interrumpió para siempre.

***

Volví a mi casa. Durante las madrugadas que siguieron a aquella conversación me costó dormir. Hoy casi nadie se acuerda, pero entonces la tele terminaba a las doce y media, con un cura que hablaba sobre el cielo y el pecado. Era lo último que mostraba la pantalla. Después no había más nada. Podías dejar la tele encendida, pero solo se veía la luz mortecina de los puntitos negros titilando sobre un fondo gris. Era toda la programación que ibas a encontrar hasta que llegara la mañana.

"En aquellas madrugadas de insomnio, yo me quedaba largos ratos mirando la montaña..."

Únicamente quedaban algunas radios que transmitían tangos. Eso y el frío al otro lado de la ventana. En aquellas madrugadas de insomnio, yo me asomaba y me quedaba largos ratos mirando la montaña, como esperando escuchar algún llamado. Paso a paso, un horror sin motivo crecía hasta opacar mi curiosidad. Me volvía a la cama, me tapaba hasta la nariz y me quedaba a oscuras, con los ojos abiertos. Los enigmas se acumulaban.

¿Qué era la Piedra Isidris? ¿Una puerta hacia otra realidad? ¿Una broma de aquel paisano chispeado por el vino? Esa semana, en la escuela, mi amigo Pablo —el nerd del curso— me pasó información fundamental en uno de los recreos: “Isidris parece una piedra, aunque es, en realidad, la entrada a una ciudad intraterrena”.

Una ciudad intraterrena, según la imaginación de un artista.

— ¿Qué es “intraterrena”?— pregunté.

—Intraterrena quiere decir "de adentro de la tierra", ¿entendés? O sea que la ciudad existe, pero no podemos verla porque a) está debajo de nosotros o b) está en otra dimensión. Ahora mismo podrías tener al lado a uno de estos tipitos brillantes y tal vez no lo verías. ¡Viven en un universo paralelo!

—No entiendo. ¿Cómo sería “un universo paralelo”?

Pablo suspiró. Agarró una hoja en blanco y dibujó una figura humana de esas que se hacen con unas cuantas rayitas. “Este serías vos”, dijo señalando a la figura. Luego dio vuelta la hoja y se puso a diagramar en el otro lado. Dibujó hombrecitos con cuatro brazos, lagartos, arañas. “Vos estás de un lado de la hoja, y los que están de este otro lado son los habitantes del mundo paralelo —me explicó—. Pero pará, que falta lo mejor”

Acto seguido agarró el lápiz y lo clavó en la hoja. Sacó el lápiz, levantó el papel a la altura de nuestras cabezas y me miró por el hueco que acababa de hacer. “Y este agujero que ves acá es un espacio que conecta ambos lados. En el caso de Mendoza, ese agujero es la Piedra Isidris”.

"Podían ser bajitos o muy altos, felinoides o indistinguibles de cualquiera de nosotros..."

Pablo me contó que a veces “los del otro lado” se colaban por ese agujero y salían a pasear por los cerros mendocinos. Nadie sabía bien por qué. Y tenían diferentes formas. Podían ser como los que había "visto" el paisano, bajitos y brillantes; o podían ser muy altos, barbudos y con pinta de sabios. Hasta podían ser felinoides, es decir, “personas que tienen la contextura de los seres humanos y la cara similar a la de un gato”. El último dato fue el que más me perturbó: “Ojo —susurró mi amigo— hay algunos que pueden ser exactamente iguales a nosotros. No podrías distinguirlos si los vieras caminando por la calle”.              

***

El tiempo pasó. Meses, años, décadas. Estas memorias habían quedado en el fondo de mi cerebro hasta que hace unos días me pidieron que hablara en MDZ Radio sobre alguna leyenda mendocina. Pensé en Isidris y le mandé un Whatsapp a mi amigo Pablo —que ahora vive en Buenos Aires y ya peina canas— para que me contara lo que recordaba de aquella historia que nos había vuelto un poco locos.

Pueden representarse a Pablo tipeando los mensajes desde su departamento de soltero, saturado de muebles ingleses, lámparas tenues y tableros de ajedrez. Yo sabía que en algún momento —cuando ya no nos veíamos tan seguido— él había armado un pequeño grupo expedicionario para pasar la noche al lado de la piedra. Podía tener información interesante. Transcribo aquí parte de lo que me relató cuando lo consulté sobre Isidris:

—¿Me contás qué pasó?

—Era el año 2000. Febrero, para ser más preciso. Un sábado a la tarde nos mandamos hasta la tranquera de la que nos habían hablado. La cruzamos y caminamos casi dos horas hasta la famosa piedra. En el camino, había pinturas con un símbolo que, más tarde lo supe, significa "arco astral".

—¿Y encontraron algo?

—Armamos la carpa a lado de la Piedra Isidris, que tenía unos dibujos medio raros. Cando atardeció, vi unos brillos que pueden ser nada o pueden ser todo. No lo voy a saber nunca...

—¿?

—Lo más notable de la noche fueron dos cosas: el poder de la sugestión y el terror que puede producirte la humanidad en sí misma.

—¿Terror? ¿Por qué?

—Yo era un creyente con ganas de ver. Entonces, ¿pueden dos luciérnagas volando juntas hacerme creer que son dos ojos espiándome en la oscuridad? ¿O fue al revés?

Pablo escribía rápido, con el entusiasmo que yo le conocía de sus épocas de nerd. A medida que chateábamos, me parecía que volvíamos a ser dos pibes en el recreo. El tiempo se doblaba, se volvía para atrás.

En el chat me confesó que su visita a Isidris fue una experiencia horrible. Eran tres pibes. Tenían miedo de todo. Más que nada, temían que subieran por el cerro los miembros de alguna secta delirante y les cortaran la cabeza. “No la pasé bien. Quién sabe qué grupo de dementes podía andar por ahí a esa hora. Tuve tanto miedo que cuando bajé a la ciudad, ya en casa, me miré al espejo y noté que tenía la cara repleta de granos. Debe haber sido por la adrenalina”.

Antes de despedirnos, Pablo me contó que había seguido investigando el tema. Me advirtió que la de Isidris no es la única ciudad que existe en dimensiones paralelas. “En teoría hay otras puertas, y no están lejos. Algunas contienen seres buenos, otras agrupan fuerzas malignas”.

Yo le pregunté lo que sigue:

—Che, ¿y cómo se puede saber si los que están en la ciudad de Isidris son buenos o malos?

—No sé. Supongo que no hay manera.

—¿Cómo que "no hay manera"?

—No sé...¿Cómo hacés vos para distinguir a la gente buena, la mala y todas las variaciones que hay en el medio?

***

Ahora es sábado, apenas unas pocas semanas antes de que vos, lectora o lector, te hayas puesto a leer estas páginas. Decido armar la mochila y convenzo a Agus, mi novia, para que salgamos a conocer la célebre Piedra Isidris. Ella llama a su madre para avisarle que no nos va a encontrar en casa:

—Mami, te llamo ahora porque no sé si tendremos señal más tarde… ¡a lo mejor pasamos a otra dimensión, jaja!— bromea ella.

A mí no me causa gracia. Después de todo, marchamos a una cita con uno de los grandes miedos de mi adolescencia.

Nos encaminamos por el pedemonte, detrás del Cerro Arco, rumbo a la Quebrada del Durazno. Hora y media más tarde, tras seguir a pie el rastro de un río seco, empiezan los símbolos. Hay dibujos, runas y un mensaje con iniciales fechado en 1895. Cada tanto nos cruzamos con deportistas: grupos trotando, fans del trekking. Cuando llegamos al lugar, lo que vemos nos descoloca un poco. Hay dos paredones rocosos…pero la famosa piedra no está.

Uno de los mensajes en el camino a Isidris.

Hay una piedra pintada, sí, aunque los lugareños aseguran que no es la que había antes. ¿Qué habrá pasado? ¿Se chorearon la verdadera Isidris? Con mi novia Agus nos sentamos a almorzar unos sánguches y charlamos sobre la roca que no está.

Igual hago el intento de ver algo: me acuesto en la piedra pintada que queda y cierro los ojos. En mi mente aparece la cara de aquel gaucho que preparó el asado en algún mediodía de 1995. Ya debe haber muerto. Aparece también la voz de mi amigo Pablo. Lamentablemente, no veo ningún extraterrestre ni nada parecido.

Nada de puertas astrales ni tipitos. Mientras volvemos a la ciudad zigzagueando por el cauce del río seco, dedico unos pensamientos a las dos personas que en cierta forma nos han llevado hasta ahí. El gaucho y Pablo. Ellos son los seres que mi mente recordó cuando fui a la Piedra Isidris. A lo mejor porque los gauchos cantores y los buenos amigos tienen cada vez menos lugar en este mundo. ¿Se estarán yendo a vivir otras dimensiones?

* Desde hace tiempo, el Mendo viene recuperando para MDZ diferentes creencias sobre el pedemonte mendocino. 

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