Triple Frontera: dar clases entre el ruido de las balas

Triple Frontera: dar clases entre el ruido de las balas

La escuela Scalabrini Ortiz está frente al asentamiento Néstor Kirchner, que en los últimos días fue noticia por una disputa entre bandas narcos. “Tuvimos que tomar examen mientras se escuchaban los tiros”, cuenta la directora. La lucha de una comunidad que no quiere resignarse.

Facundo García

Facundo García

Agustín Galdámez se inscribió en la escuela secundaria Scalabrini Ortiz a principios de 2017. A los pocos meses empezó a faltar. Al final abandonó. Su nombre desapareció de los registros oficiales hasta la semana pasada, cuando el chico falleció durante un tiroteo en el barrio Néstor Kirchner. Tenía apenas quince años.  

La vida y la muerte de Agustín revelan en carne viva la fragilidad de ser joven en la frontera que comparten Maipú, Godoy Cruz y Luján. Él quiso ir al colegio. Lo intentó. Y ahora que no está, Amanda González (56) -profesora de matemática y directora de la escuela Scalabrini- ayuda a reconstruir la historia de ese pibe, que es la de muchos otros. 

"A veces los chicos me llaman por teléfono para que les justifique la falta porque tienen un tiroteo en la esquina de su casa", suelta Amanda. Las clases empezaron el miércoles y desde el 10 de febrero había mesas de examen. No fue fácil. El inicio coincidió con el recrudecimiento de un conflicto entre bandas.

—Tuvimos que tomar exámenes con los balazos como ruido de fondo. Imaginate si un estudiante se va a concentrar sabiendo que las balas tal vez pegan en su casa o en las de sus amigos...

Una mañana en la escuela.

Morir a los 15

La escuela 4-036 resiste hace más de tres décadas sobre calle Rawson, justo frente al asentamiento Néstor Kirchner. Queda a diez minutos del centro. Literal.  Pero la distancia parece infinita. Por la mañana funciona ahí una primaria y una secundaria. Por la tarde, solo la secundaria. Los estudiantes egresan como Técnicos en Tecnología de los alimentos (6 años) o Bachilleres en Economía y Administración (5 años). Se dice rápido, y sin embargo cinco años pueden convertirse en una eternidad

—¿Tienen algún protocolo para cuando se escuchan tiros?

—Cada vez que hay tiroteo, un celador cierra la puerta del colegio, los docentes organizan a los chicos para que no se vuelvan solos a sus casas y yo llamo a la comisaría del Barrio de la Gloria. Ellos vienen y nos dan una mano. 

Cuando se escuchan balas, la Scalabrini activa un protocolo de emergencia.

Amanda resalta que, a pesar de esa rutina, son muchos los vecinos que quieren salir adelante. "Voy a ser sincera. Si vemos la noticia de un chico muerto en un tiroteo de la Triple Frontera, empezamos a escribir como locas en el grupo de Whatsapp para averiguar si se trata de uno de nuestros estudiantes".

Detrás de la indiferencia general hay cadáveres. Las políticas públicas no llegan, o llegan mal. Los docentes se quejan por la falta de coordinación entre municipios. "De pronto viene una municipalidad y levanta parte del asentamiento. A la semana viene la otra con palos y nylon y rearma las casitas. Es una locura", se lamentan.

Otros critican la ausencia de una estrategia que articule al Gobierno Nacional y la provincia. Desde que hace unos meses se demolió un búnker y se metió preso a un "capo" -en un acto donde hubo cámaras de TV y autoridades nacionales-, comenzó en la zona un antagonismo entre banditas que rompió la quebradiza paz de las esquinas

—Esto es una disputa por la venta de drogas. Te pongo un ejemplo concreto de la situación en la que estamos. Yo tengo estudiantes que se cambian de escuela porque no pueden atravesar caminando una parte del barrio. No llegan a cursar. Hay bandas que no dejan pasar a nadie.

Acá también existen las lágrimas

Amanda cuenta que si ve llorar a sus estudiantes tiene que prestar mucha atención antes de decidir lo que va a hacer. La clave es percibir si son lágrimas de alegría o de pena. Así de intensas son las emociones en este rincón de la Ciudad.

La docente relata y su voz se va quebrando a medida que avanza: "el otro día vino una alumna llorando desconsolada. Lloraba tanto que no podía hablar. No le salían las palabras. Pensamos que le había pasado algo terrible en la calle o algo así. Cuando consiguió expresarse, nos contó que era porque estaba contenta. Su papá había salido de la cárcel y ya estaba en su casa".

 

 

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